[Historia] Hijos del bosque, hijos del viento [finalizado]

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22/09/2015
Predeterminado [Historia] Hijos del bosque, hijos del viento [finalizado]
Algo distinto, pero con el mismo espíritu. ¡Mi boli ha vuelto a la vida!

Autor: yo.
Persona gramatical: 3ª.
Agradecimientos: a mis amigos del VI Campus de Profundización Científica, por impulsarme a hacer esta historia.

Capítulo 1


1. Travesía
Los pálidos rayos del sol de la mañana atravesaban el mar y bañaban los muelles. Sobre ellos, algunas blancas nubes y gaviotas sobrevolaban el suelo, llenando el aire con sus sonidos. A pesar de lo temprano de la hora, por todo el puerto resonaban conversaciones diversas: los pescadores habían vuelto de faenar por la noche y estaban vendiendo el pescado, "¡tan fresco que puede salir nadando!".
En uno de los puestos, un chico que parecía esclavo inspeccionaba una gruesa rodaja de salmón.
- Si está tan al sur es por la migración- discutía.- No está tan rollizo como dices. No te ofrezco más que tres argens.
- Por eso mismo no es grasiento. Tiene el doble de sustancia que cualquier salmón que te pueda vender el mejor pescador del norte- rebatió el pescador-. Cinco.
El chico pensó un momento.
- Hecho.
Metió la mano en el bolsillo de su raído pantalón y sacó cinco discos plateados. Se los dio al pescador, metió la tajada de salmón en una bolsa de áspera tela y se metió corriendo en las callejuelas de la ciudad. Poco después, el pescador soltó una maldición al percatarse de que las monedas no eran de plata, sino círculos de hierro especialmente brillante.
El chico se adentró en la ciudad hasta llegar a una estrecha calle donde había cinco jóvenes de su edad sentados en toneles y tablones. Le miraron cuando llegó.
- ¿Qué traes, Fellek?- preguntó un chico musculoso.
- Os dije- mostró el salmón en la bolsa- que hacer que nos forjaran esas monedas falsas era una buena idea.
Los cinco miraron la carne roja, ahogaron una exclamación y empezaron a felicitar a Fellek.
- ¿Qué hacemos?- dijo una.- ¿Nos lo comemos o lo vendemos?
- Nos lo comemos- respondió Fellek al instante.- Los ricos ya mandan a sus esclavos a comprar al puerto, y los pobres no compran cosas de tanta calidad.
Los demas se llamaban Lork, Vendic y Regan, y las chicas, Jonna y Slina. Todos eran musculosos en mayor o menor grado, y de pelo oscuro. Fellek destacaba entre todos ellos, con su pelo de color blanco fantasmal y su piel, muy morena. Eran esclavos huidos, huérfanos expósitos o simplemente hijos de familias tan pobres que no se podían permitir un miembro más. Habían crecido en las calles de Puerto de Esandell, y hacía año y medio habían descubierto que era mejor sobrevivir en grupo. Al principio habían pensado en abandonar a Fellek: era flaco y pequeño, y en vez de tener las manos rápidas y los pies ligeros del ladrón, tenía la lengua y mente afiladas del farsante. Sin embargo, el tiempo había demostrado la utilidad de esa diferencia.

Esa noche, Fellek entraba al sótano abandonado donde dormía cuando oyó algo. Pensó que sería un gato y entró.
Encontró a un hombre cubierto por una túnica marrón, de barba gris y rasgos afilados. Al chico le invadió el miedo.
- ¡Buenas... buenas noches, señor! Si viene... porque le haya robado algo, estaré contento de pagárselo... como sea necesario.
- No te preocupes. Sólo has robado mi curiosidad: desde que descubrí tu existencia, soy incapaz de centrarme en nada más. Ponte esto.
Le dio un colgante con un hilo de cuero que se unía a un medallón de cierto metal que Fellek no supo identificar. Brillaba como el cielo. Con desconfianza, el chico cogió el colgante y se pasó el hilo por el cuello.
- Ya veo...- dijo el hombre.- En ese caso, hasta la próxima, Fellek el Albo.
Salió del sótano dejando al chico tembloroso de miedo.
Fellek pronto se olvidó de aquel incidente, y durante los siguientes días intentó vender el medallón a distintos anticuarios. Sin embargo, a pesar de su extraño material y sus grabados, ninguno se lo compró. Por eso, decidió conservarlo y llevarlo bien oculto, bajo sus raídas ropas. Fellek creía que la normalidad había vuelto. Pero en realidad estaba a punto de acabarse.

Era de noche. Los seis estaban en una plaza, representando un espectáculo que habría fracasado varias veces de no ser por el público que tenían: gente desesperada por escaparse de sus vidas, aunque fuera sólo un minuto. En cierto punto, en el público se instalaron dos encapuchados, completamente cubiertos por embozos grises. Esperaron sin moverse hasta que el número acabó. Entonces se acercaron a los chicos.
- Os compramos a Fellek el Albo.
El aludido enseguida se estremeció: era el mismo epíteto que había usado el hombre que se había colado en su refugio.
- No está en venta- dijo Vendic.- ¿Quiénes sois?
Uno de ellos, con un solo movimiento fluido del brazo, sacó una daga de su holgada manga y la colocó sobre la garganta de Vendic. Este no se asustó y golpeó la muñeca que sujetaba el arma. Esta salió volando, y Vendic se lanzó al encapuchado. El encapuchado se movió a una velocidad sobrehumana y de pronto Vendic estaba en el suelo, sangrando por la sien. Los otros cinco empezaron a correr hacia los desconocidos, pero estos sacaron un arco cada uno de las profundidades de sus túnicas, y en un parpadeo los tenían tensos, apuntando a los jóvenes.
- Si apreciáis vuestros ojos y el cerebro que hay detrás, dadnos a Fellek. Ya.
Dudaron un segundo, pero Fellek dijo finalmente:
- No puedo dejar que muráis por mi culpa. Intentaré escapar.
Por alguna razón, uno de los embozados soltó una risita.
Fellek se puso a su lado. Le ordenaron que les siguiera y empezaron a andar. De pronto el chico se dio cuenta de que estaba dejando atrás toda su vida, y unas lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.
- No llores- ordenó un encapuchado.
- Le estamos arrancando de todo lo que conoce. Al menos déjale llorar- se dirigió al chico, y preguntó con voz suave- ¿Tienes el colgante?
Fellek se llevó la mano al pecho y sacó el círculo de metal.
- Perfecto.
Se percató de que sus voces tenían unas cadencias extrañas, como si hablaran en otra escala musical.
- ¿Qui... quiénes sois?
- Yo soy Tréngol, y ella es Dréngle, mi melliza. Somos arqueros.
Eso no le ayudaba mucho, pero desde luego esos nombres no parecían de la Lágrima, la isla donde estaban, quizá ni siquiera del Imperio de Inlar.
Los mellizos le llevaron al puerto, donde le hicieron subir a un barco. Allí estaba el hombre de la otra noche.
- Buen trabajo, jóvenes. No hay nadie en el puerto, podéis descubriros.
Se quitaron las capuchas.
Fellek abrió los ojos y la boca. Por supuesto que esos nombres le parecían extraños.
Bajo las capuchas había dos caras con rostros afilados, como de felino o halcón. La piel era del color de la madera de roble, y los largos cabellos, cobrizos. Sus ojos no tenían blanco: eran todo iris y pupila. El iris de Tréngol era verde, el de Dréngle, gris. Y ambas pupilas eran del color del vino más tinto.
No podía ser.
Los hijos del bosque. Allí. Frente a él.
La sorpresa hizo que sus lágrimas desaparecieran.
- ¿Cómo... cómo puede ser esto cierto?- preguntó a nadie.- ¡Todos los de vuestra raza estaban muertos! ¡Y vuestro reino estaba en la otra punta del continente!
- No, Fellek- dijo el hombre.- Las leyendas tienen tantas verdades como mentiras. Los señores dragón nunca exterminaron a los hijos del bosque.
- Mataron a nuestro rey y usurparon el trono- Dréngle tenía furia fría en sus palabras.- Y ahora, casi todo nuestro pueblo vive esclavizado, viven con miedo.
Cuanto más pensaba Fellek, menos entendía. ¿Leyendas vivas? ¿Un reino usurpado?
- ¿Qué tengo que ver yo?
Los hijos del bosque y el hombre se miraron incómodamente.
- La idea fue tuya. Tú sé lo explicas- dijo Dréngle al hombre.
- De acuerdo. Mañana- miró a Fellek,- otros te explicarán las sutilezas de nuestro plan. Pero, de forma muy resumida, vamos a ir a Lastenn, arrebatárselo a los señores dragón y devolverlo a su legítimo rey. Tú representas una ventaja táctica importante.
"¡Están locos!", pensó el chico. El hombre estaba hablando de enfrentarse al mejor ejército del mundo, la alianza entre hombres y dragones, como si no fuera más difícil que ir al mercado. Sin embargo, disimuló su alarma y preguntó de nuevo.
- ¿Y si me niego a colaborar?
- No puedes- respondió Tréngol.- Somos tus dueños ahora.
¿Le estaban llamando esclavo?
- No tengo dueño. Soy libre como el viento.
Los tres se miraron, o más bien, el hombre del cabello de plata fue fulminado por las miradas de los otros dos.
- Aprenderás cosas de tu familia- vio que Fellek no se inmutaba.- Volverás colmado de riquezas. Más que para vivir toda tu vida sin preocupaciones.
- No me interesa.
- Claro, claro... Tienes compañeros, ¿no? También serán suficientes para ellos. Y si quisieras comprar y liberar a todos los esclavos del Puerto de Esandell, podrías, y aún tendrías más oro del que pudieras contar.
Eso tenía que ser mucho. Sin embargo, lo que decían era peligroso...
Fellek miró a Tréngol. Después a Dréngle. Y el hombre había insinuado que eran más. Fuera lo que fuera que ganara, Fellek no iba a dejar pasar la ocasión de ver a esas leyendas.
- Iré.
Al instante se arrepintió de haberlo dicho, cuando el hombre ordenó que zarparan. Fellek palideció. El estrecho que separaba la Lágrima del continente era tan turbulento de noche que ni siquiera los más grandes navíos se atrevían a cruzarlo. Y eso era una diminuta barca de pescadores... Pero no podía hacer nada, así que se sentó a un lado, esperando lo peor.
Pero lo peor no llegaba. En vez de eso, llegó Tréngol, que se sentó junto a Fellek.
- Siento lo de antes. Quizá fuimos un poco bruscos... Pero merecerá la pena, ya verás.
Fellek no dijo nada.
- Sé cómo te sientes, Fellek. Dejar atrás todo lo que conoces para lanzarte a lo desconocido... Es lo peor que hay.
- No lo sabes.
- Sí. Llevo desde que puedo recordar huyendo, huyendo de algo invisible y mortal. Quieren asesinar a toda mi familia sólo por nuestra sangre. Por nuestra ascendencia.
Estuvieron callados un rato. El barco se balanceaba con una lenta cadencia: babor, estribor, babor, estribor...
- ¿Cuántos años tienes?- preguntó Fellek al fin.
- Veintiuno.
Se sorprendió: si fueran humanos, los mellizos no aparentarían ser más mayores que él. Entonces recordó que en las leyendas, los hijos del bosque envejecían lentamente, y su vejez no era deteriorante ni mortal.
- ¿Y él?- señaló al hombre, en la proa.
- No me corresponde a mí revelarte su nombre, ni su identidad. Te he visto actuar. Si eres la mitad de listo que pareces, sabrás qué es.
Fellek le miró. Estaba sobre la proa, concentrado y erguido. Parecía que estuviera doblegando el mar. Su pelo era plateado, pero no por las canas, sino porque ese era su color natural. Y no había ningún signo de la edad en su rostro ni sus manos...
Entonces comprendió. Sí estaba doblegando al mar. Por eso estaba en calma.
- Un hechicero...
- Y de los mejores.


Capítulo 2


2. Los compañeros

Fellek estuvo un rato más conversando con el hijo del bosque, pero el suave y monótono balanceo de la barca acabó por dormirle. Tuvo un sueño agitado, en el que caía hacia las fauces de un dragón y después abría unas ruinas de miles de años de antigüedad.
Empezó a oír gritos. Se despertó pero no abrió los ojos: necesitaba saber qué pasaba.
- ¿De verdad? ¿De verdad desciende de él?- gritaba alguien.- ¡Es débil, lenoto e inexperto! ¡No será más que una carga, si no muere antes!
- Tranquilo, Saelar- dijo el mago.- Guarda mucho más de lo que aparenta. Dale una oportunidad.
- ¡No pienso hacerlo!
El mago resopló.
- Saelar, no estás en condiciones de negarte. Estás en deuda conmigo. ¿Acaso te tengo que recordar tus días en los Reinos Fragmentados, cuando estabas borracho día y noche? Abandonado por tu familia, por toda tu gente, y urdiendo planes sin sentido para acabar con los señores dragón. Yo te saqué de ahí. Y ahora que tenemos un plan decente, no lo eches a perder. Fellek se queda.
Ese fue el momento en el que el chico decidió abrir los ojos y hacer que se despertaba.
Estaba tumbado en el suelo de una habitación atestada. En el centro, de pie, estaban el mago del pelo de plata y un hijo del bosque adulto, de pelo color bronce y ojos azules, que Fellek identificó como Saelar. Apoyados en una pared, sentados, Tréngol y Dréngle dormitaban. Al otro lado, otros dos hijos del bosque adultos, hombre y mujer, comían queso.
- Buenos días, Fellek- saludó el mago.- Te presento a Saelar, rey legítimo de Lastenn, su hijo, Dyogun- señaló al que comía queso, que levantó la mirada y saludó,- la mujer de su hijo, Nerya- la que acompañaba a Dyogun- y sus nietos, a los que ya conoces. Saelar y yo estábamos discutiendo... los detalles del viaje- "Sí, claro", pensó Fellek,- y creo que aún tardaremos un poco. Lo mejor será que alguien te ponga al día. ¿Quién quiere?
Hubo un silencio, y el chico vio que era tan apreciado entre los hijos del bosque como en Puerto de Esandell. Tampoco le importaba mucho: estaba acostumbrado a ello.
- Venga, iré yo- dijo Dyogun.
Se levantó y salió de la habitación. Fellek le siguió. El pasillo era estrecho y sucio. Miró a Dyogun: era alto, de ojos verde bosque, y muy musculoso.
- Encantado, Fellek.
Este se sorprendió: era la primera vez que le trataban así, como si fuera un noble merecedor de respeto. Recordó que se lo había dicho un miembro de la realeza y le invadió la vergüenza. Intentó responder desesperadamente:
- Lo... Lo mismo digo.
- A ver, el plan... De momento lo único seguro es que iremos a pie un día hasta la Ciudadela de Engol, allí compraremos caballos y provisiones, y atravesaremos el resto del Imperio de Inlar cabalgando. Mi padre y el mago no se pueden poner de acuerdo en nada más.
- ¿Pensáis todos igual que tu padre?
- ¿A qué te refieres?
- A... A vuestra opinión sobre mí.
Dyogun pensó unos segundos.
- Lo que piensa mi padre está claro. Desconozco lo que piensan los demás.
- ¿Y qué piensas tú?
Pensó algo más.
- He recorrido más mundo del que puedes imaginar, y de todos los que he conocido, ninguno era como tú. Tienes el pelo blanco, y no es por la vejez; y el sol puede tostar tu piel, y tus ojos no son rojos, así que no eres albino. Hay algo en ti que no sé identificar, y eso es raro, muy raro. ¿Sabes luchar?
- Pues... Más o menos.
- No digo una pelea a puñetazos en un callejón. Me refiero a sujetar el acero, herir, matar e impedir que te maten. No sabes, ¿verdad?
Fellek negó con la cabeza.
- Lo sospechaba. Yo te enseñaré.
- No hace falta. Puedo aprender solo...
- ¡Jajajaja!
La risotada, fuerte y alegre, asustó a Fellek.
- Claro que no lo entiendes. Esto es una costumbre nuestra. Algún día te la explicaré, y si la entiendes, me lo agradecerás de por vida. Ya casi es hora de salir, vamos a hacer que el rey y el hechicero aplacen sus debates. ¡Adentro!
Costó mucho hacer que Saelar y el mago dejaran de discutir, aunque los otros tres hijos del bosque y Fellek se esforzaron al máximo por separarles. Y no lo consiguieron. Pero eso importó poco: accedieron a salir, y aunque siguieron discutiendo, lo hacían en voz baja y sin apenas gesticular. Antes de salir, los hijos del bosque se embozaron con los mismos ropajes que Tréngol y Dréngle la noche anterior. Claro, pensó Fellek, no podían permitirse que los reconocieran. Además, se pusieron unas mochilas a la espalda en las que llevaban provisiones, ropas y armas.
La entrada y comedor de la posada eran tan pobres como el pasillo o más, y todo el mobiliario estaba cubierto por una fina capa de polvo y manchas de diversos tipos.
Cuando salieron a la calle, vieron un cielo encapotado por nubes grises: probablemente llovería pronto. La poca luz del sol que se filtraba entre las telas de gotitas de agua hacía que la hora pareciera más temprana.
La ciudad tenía aire de nueva, y se notaba que se había construido por interés económico y en poco tiempo: las casas eran bajas, de dos pisos como máximo, las calles tenían un empedrado que no variaba y su trazado era recto, digno de los mejores geómetras del Imperio de Inlar.
Siguiendo una única avenida, ancha y recta, y tras atravesar una gruesa muralla de granito, salieron al exterior de la ciudad. Fuera, los campos de cultivo cubrían la tierra, casi plana excepto por unas pequeñas ondulaciones y escasas granjas.
El camino que conducía a la Ciudadela de Engol parecía transitado: la tierra estaba endurecida y había dos surcos paralelos en él, causados por las ruedas de los carros que lo recorrían cada día.
Los hijos del bosque empezaron a conversar quedamente en su extraña y esbelta lengua, dejando a Fellek y al hechicero en un incómodo silencio. Al principio el chico no se preocupó mucho por ello, pero tras ver todo lo que el monótono paisaje tenía que mostrar, el ritmo monótono del caminar hizo que su mente empezara a desviarse a Puerto de Esandell, su refugio en ese sótano, su grupo, Jonna...
Cuando las lágrimas empezaron a llenar sus ojos y empezó a odiar a los que le habían empujado a esa empresa suicida, tuvo un arrebato de razón en el que pensó que no había vuelta atrás y la única manera de eludir esos sentimientos era entablar conversación con el mago. Pero no sabía cómo... Intentando encontrar el comienzo adecuado, sus ojos fueron de los cereales cultivados, a las granjas, al camino. Y entonces se le ocurrió. Fue al lado del otro humano.
- Si este camino es tan importante como parece, ¿cómo es que está vacío?
- Se avecina una buena tormenta, Fellek- respondió con toda naturalidad.- Pocos se atreven a viajar con la lluvia cerca.
- ¿Y por qué nosotros sí?
- Las ropas que llevan puestas ellos son impermeables. Tienen para nosotros también. No te preocupes por el agua.
En ese momento, Fellek se rindió a la acuciante curiosidad e hizo dos preguntas que le habían estado royendo la mente desde la noche anterior:
- ¿Quién eres? ¿Por qué estás tan interesado en mí?
- Esas preguntas requieren dos ratos distintos para recibir sus respuestas. Pero, por el momento, puedes llamarme Zakk.
A partir de ahí, la conversación adquirió un tono menos importante y, afortunadamente, más agradable. Mientras, unas altas colinas empezaban a hacerse visibles en la lejanía.

A lo largo de la mañana, las nubes se fueron oscureciendo. Llegado cierto punto, parecían odres llenos a reventar de agua, tanto que cualquier pinchacito en su superficie podría liberar el líquido. Mientras, las colinas se iban haciendo más y más altas según el grupo se iba acercando a ellas, y entre las elevaciones se empezaban a intuir destellos blancos.
Tras varias horas andando pararon a comer. Apenas tomaron unos bocados de pan y queso, pero para Fellek fue suficiente, ya que estaba acostumbrado a pasar hambre. Sin embargo, lo peor vino después de la comida. Dyogun dijo a Fellek que debería empezar a entrenar la lucha con armas. Fellek accedió, y Dyogun buscó entre las mochilas de los hijos del bosque hasta encontrar una espada de longitud media, no muy pesada, tan básica como eficaz.
- Esta para ti- dijo, dándosela.
Después, se quitó su túnica impermeable. Fellek se sorprendió: llevaba a la espalda, cruzadas, dos hachas de guerra de aspecto letal. ¿Cómo podía ocultarlas tan bien sólo con esa túnica?
- Esta prenda está hecha para ocultar las armas que vayan pegadas al cuerpo, además de para abrigar- explicó el hijo del bosque, adivinando sus pensamientos. Agarró las hachas y las sopesó.- No, obligarle a luchar contra esto sería muy cruel- dijo para sí, y fue a buscar una espada como la que había dado al chico.
Cuando la hubo encontrado, se pasó gran parte de la siguiente hora enseñando al humano las poses y movimientos básicos de la lucha. Era un maestro paciente, pero iba demasiado rápido y su forma de explicar era algo confusa. Fellek pensó que para entenderle tendría que usar el alma: mucho de lo que decía su maestro era: "Tienes que cambiar tu postura hasta que sientas que..." y cosas parecidas.
Después, Dyogun se alejó, se puso en guardia y dijo simplemente:
- Desármame.
Fellek no lo pensó dos veces: fue corriendo hacia él, bajó la espada y la subió rápidamente, para dar un fuerte golpe en el mango de su contrincante.
Pero la otra espada ya no estaba allí.
Cuando quiso retroceder, notó una pequeña presión en el pecho. Miró y vio la hoja de Dyogun.
- Muerto- dijo.- Fellek, recuerda que cuando luchas sin escudo no puedes dejar desprotegido el pecho.
En los demás asaltos, Fellek perdió por cometer errores semejantes. Acabó agotado y dolorido, y se sentó junto a su mochila para recuperar el aliento.
- ¿Y nos arriesgamos a ser descubiertos por ti?- dijo Dréngle.- No sirves para nada, humano. Y, hechicero, estoy empezando a...
- ¡Dréngle!- la interrumpió su hermano.
- ¿Qué? No me negarás que es un inútil. Es débil, enclenque, no sabe ni usar una espada... ¡Y por si fuera poco, ni siquiera aprende!
Al chico le invadió la ira. Apretó los puños y se dispuso a ir a por ella.
-No- oyó.
¿Cómo se había acercado tanto Zakk? Miró a su lado y vio que seguía donde había estado, sentado a unos cinco metros de él.
Se acercó.
- ¿Cómo has hecho eso?
- Magia del viento básica. El viento transporta el sonido. Pero eso no importa. Fellek, no puedes perder así los estribos.
- ¿Y ellos sí?
- Por ilógico que sea, sí. Tú, nosotros dos, estamos aquí porque Saelar nos deja. Dale un mínimo motivo para enfadarse más de lo que está, y a saber cómo puedes acabar. Es de furia rápida, y no sabe ver los beneficios que nos traes.
- Yo tampoco los veo.
El mago río.
- ¡Levanta el ánimo, hombre! Yo sí, y eso es lo que importa.
- Perdón...- se oyó tras ellos.
Fellek se giró.
- ¡Ah, hola, Tréngol!- exclamó el mago.- ¿Qué quieres?
- Nada... Mira, Fellek, lo siento por la actitud de mi hermana. No suele ser así. Y no te preocupes por lo de tu entrenamiento. Al principio es difícil- hablaba cada vez más atropelladamente.- Y somos más rápidos y fuertes que los humanos, así que no creas que eres tan malo. Y para demostrar a mi familia que eres muy listo... me gustaría enseñarte nuestra lengua.
La propuesta le sorprendió. Miró a Zakk, que asintió levemente con la cabeza.
- Será... será un placer.
- ¡Gracias! Cuando quieras empezar... avísame.
Se alejó.
- ¡Bueno! Te lo han ofrecido antes de lo que pensaba.
- ¿Qué? ¿Enseñarme su idioma?
- Sí. No pongas esa cara. Para los hijos del bosque, que alguien de otra raza sepa su idioma es... No sé, casi una ofensa. Pero si te lo enseña alguien de esa raza, pasas a ser uno de ellos ante las leyes de sus reinos, y eso...
Fellek lo entendió.
- Es un honor.
- De los mayores regalos que te puede conceder un hijo del bosque.
Mientras empezaban a caer las primeras gotas de lluvia, el chico empezó a pensar que quizá no hubiera empezado tan mal, después de todo.


Capítulo 3

3. La Ciudadela de Engol

Cuando reanudaron la marcha, Fellek ya sabía qué pensar de cada uno de los hijos del bosque: Tréngol y Dyogun estabam dispuestos a ayudarle, mientras que tenía que tener cuidado con Dréngle, y sobre todo con Saelar. Y Nerya…
Nerya.
La miró.
Iba cargada con su mochila, la mirada fija en el camino. Apenas la había visto hablar. Con nadie.
Se tropezó con una piedra y sus pensamientos se desviaron. Miró al frente y vio que el camino ascendía, subiendo una de las colinas que había visto antes. Se repuso y dio un paso.
Una losa de cansancio cayó sobre él. “¿Por qué estoy tan cansado?”
Ignoró la fatiga y siguió andando. Ninguno de sus compañeros parecía afectado, así que él no iba a mostrar su cansancio. Siguió y siguió subiendo la cuesta, aunque cada vez le fuera más difícil caminar.
Cuando por fin llegó a la cima de la colina, alzó la vista. Parpadeó un par de veces: aunque tuviera el sol de espaldas, algo frente a él brillaba. Eso era la Ciudadela de Engol.
Estaba sobre una colina solitaria, frente a ellos, circundada por una muralla de piedra grisácea. Dentro de ella y a sus pies se extendían desordenadamente casas y calles. Y más allá había otra muralla, más alta, más gruesa y de un blanco inmaculado. Los edificios y vías en su interior eran más bellos y se alzaban de forma más ordenada. Estaban hechos del mismo tipo de piedra que el muro. Y en la cima de la colina se erguía, alta y recta como una lanza, una enorme torre, de blancas piedras y amplias ventanas. Fellek miró a la punta de la torre, preguntándose si en ese momento el emperador estaría tomando la cena.
- Engol en nuestro idioma significa blanco.
Fellek se sobresaltó: no se había dado cuenta de que Tréngol se acercaba.
- ¿Y por qué blanco y no blanca?- preguntó mientras empezaban a descender la colina.
- Porque Engol era un emperador.
- ¿Qué? Pero el Imperio de Inlar es humano…
- Engol no era el nombre de ese emperador. Es un apodo que le pusieron nuestros bardos, por el color de su armadura y su caballo. Cuando supo qué significaba, le pareció divertido, y quiso que su fortaleza estuviera a la altura de su nombre.

Descendieron rápidamente, y mientras se acercaban a las puertas vieron que los dos guardias que habían estado frente a ellas traspasaban la muralla y empezaban a cerrarlas.
No necesitaron ponerse de acuerdo para echar a correr.
Llegaron resollando al portón. Los dos guardias les miraron y se miraron. Uno dijo:
- Señores, llegan justo a la hora del toque de queda. Me temo que no pueden entrar.
Zakk insistió, en vano. Los hijos del bosque se miraron, abatidos. Y Fellek tuvo una idea.
- Por favor, déjennos entrar. De ustedes depende si comemos o no mañana.
El guardia mordió el anzuelo.
- ¿Por qué?
- Somos una compañía de cómicos, e íbamos a actuar esta noche en una posada.
- ¿Ah, sí? ¿Y esos embozos?- señaló a los hijos del bosque, que iban completamente cubiertos por su ropa.
- Son parte de la función. Verá, no cabían en las mochilas, por eso los llevan puestos.
- ¿Y esas dagas?- esta vez señalaba al cinto de Fellek.
- También son parte del espectáculo.
- ¿Y por qué están envainadas? ¿Acaso no están embotadas?
Fellek se quedó un segundo sin saber qué decir. Entonces se le ocurrió algo. Era muy, muy peligroso, pero podía hacerlo. Debía hacerlo si querían entrar.
Se llevó la mano al cinto y sacó las dagas. Echó una al aire, después la otra, y las cogió con la mano opuesta. Repitió la operación dos o tres veces hasta que ganó algo de seguridad.
- Dadme otra- pidió a sus compañeros.
Con cierta reticencia, Nerya se la dio. Fellek colocó dos armas en su mano izquierda y una en la derecha. Lanzó una de las de la izquierda al aire, y antes de agarrarla con la otra mano, lanzó la daga que tenía ahí al aire, e hizo lo mismo antes de recogerla. Estuvo así casi un minuto antes de parar.
- Si no hay filo- dijo al concluir,- se pierde parte del espectáculo.
Tanto los guardias como Zakk le miraban con asombro. Fellek rezó por que hubiera convencido al guardia.
- Pasad- dijo este finalmente.
Entraron a la ciudad, aliviados.
- ¿Sabías hacerlo?- le preguntó el mago.
- Solo con palos. Nunca lo había hecho con armas.
Ascendieron por las tortuosas calles empedradas hasta que el mago señaló un edificio, que era sin lugar a dudas una posada. Fellek no sabía leer, así que no pudo averiguar el nombre del establecimiento por el cartel, pero lo pudo intuir por los dos cuchillos de caza cruzados que había sobre la puerta.
Entraron. La sala era amplia, con suelo y mobiliario de madera. Había una barra al fondo, donde el posadero, un hombre musculoso con los brazos llenos de cicatrices, llenaba unas jarras de cerveza. A la derecha había unas escaleras que subirían a las habitaciones. A la izquierda, un músico tocaba una alegre melodía con su laúd. En las mesas ocupadas, grupos de hombres hablaban animosamente.
- Voy a pedir dos habitaciones- dijo Zakk.- Poneos de acuerdo sobre los grupos, yo subiré luego.
- ¿Por qué?- inquirió Saelar.
- Sabes que vamos a discutir arriba. No sé tú, pero yo prefiero hacerlo habiendo bebido algo.

Así pues, en cuanto supieron cuáles eran sus habitaciones subieron. Nada más llegar a la planta superior, Saelar dijo que quería que Fellek durmiera en su habitación. Nada más oír eso, el chico repasó mentalmente todos los trucos que conocía para no dormir. Pero no hicieron falta: Tréngol y Dyogun se opusieron férreamente a su rey, y consiguieron que la disposición fuera de Fellek, Tréngol y Nerya en una habitación y el resto en la otra. Fellek, aliviado, se giró hacia la puerta de su habitación.
- Espera- le dijo Dréngle.- Antes te dije que eras inútil. Lo siento. Ahora sé que sirves como oso de feria.
- ¿Quieres callarte, Dréngle?- le replicó Tréngol.
- ¿Quieres callarte tú?- se unió a la discusión Saelar.- No sé en qué estaba pensando el mago al reclutarle. ¡Reclutar a un humano!
- Los señores dragón también son humanos- respondió Tréngol.
Esa frase hizo que Saelar se convirtiera en la viva imagen de la furia contenida. Se tensó, empezó a respirar fuertemente y en su cuello empezó a palpitar una vena. Fellek no necesitó nada más para entrar a la habitación, ocultarse tras la puerta y agarrar fuertemente sus dagas. Respiraba rápidamente, estaba sudoroso y su corazón latía como los cascos de un caballo al galope.
Alguien entró dando un portazo.
Fellek vio, aliviándose, que era Tréngol. Después, Nerya abrió la puerta y entró.
- Ya te estás pasando de la raya, Tréngol.
- Se lo merece, madre.
- No lo dudo. Pero a veces es mejor comerse el orgullo. A fin de cuentas, es nuestro rey.
- Lo haría si solo fuera mi orgullo- su tono de voz subió hasta casi convertirse en un grito.- ¿Pero qué pasa con la justicia?
Nerya suspiró.
- Voy con ellos a cenar.
Volvió a irse.
- ¿Tú no cenas?- preguntó Tréngol a Fellek, aún malhumorado.
- No soy tonto. Sé para qué quería estar en la misma habitación que yo. No aceptaré comida suya si no es la única opción. Si quiero cenar, conseguiré unas monedas y compraré algo.
- Sí… Haces bien.
- Una cosa… ¿Por qué te empeñas tanto en defenderme?
- El mago confía en ti. Para mí es suficiente.
- Espera… ¿Estás diciendo que confías más en Zakk que en tu propio abuelo?- Tréngol asintió con la cabeza.- ¿Por qué?
- Lo puedes intuir si conoces la historia de Saelar. De todas formas, te lo diré. Pero hoy no. Buenas noches.
- No serán buenas. No dormiré bien. Y creo que tú tampoco.
Tréngol no dijo nada.
- ¿Puedo empezar a aprender vuestro idioma?
El hijo del bosque clavó su mirada en él.
- ¿De verdad?
- Bueno… Me lo ofreciste, ¿no?
- Claro, por supuesto. Pero antes de empezar… A ver, para acreditar que te he enseñado a hablar como nosotros y no has aprendido por medios ilícitos, tengo que grabar mi nombre en tu antebrazo.
- ¿Cómo?
- A sangre o a fuego. Y aquí fuego no hay…
Desenvainó su daga. Fellek inmediatamente cruzó sus brazos para protegerlos.
- Tranquilo… No te haré mucho daño… O lo intentaré.
No sin cierta reticencia, el chico extendió el brazo a su nuevo tutor, que le cogió la muñeca delicadamente y se la giró, de modo que la palma de la mano apuntara al techo.
Entonces, con trazo leve pero preciso, empezó a cortar la pálida piel de la parte interior del antebrazo del chico. Este hacía una mueca de dolor con cada pinchazo.
- Ya está- dijo Tréngol tras un par de minutos.
Fellek retiró el brazo, aliviado. Ahora no sentía los pinchazos, pero sí un dolor sordo y lacerante, el de una herida abierta.
- Lo tendré que repasar cada vez que cicatrice- pensó Fellek en voz alta.
- No. En nuestra lengua hay cierta magia, que se hace evidente en un par de detalles. Uno de ellos es que nuestra escritura nunca desaparece con el tiempo.
- ¿Tendré esta herida siempre abierta?- se alarmó el chico.
- ¡No!- respondió Tréngol riendo.- Pero quedará una cicatriz indeleble.
Solo entonces miró Fellek su herida.
Las sangrientas líneas hacían una forma abstracta, tan distinta de las ristras de signos que el chico estaba acostumbrado a ver que no pudo evitar decir:
- Esto no es tu nombre, ¿no?
- Sí lo es. No sabes ni leer ni escribir, supongo- Fellek negó.- Tendré que enseñarte eso también. Los humanos para escribir usáis un sistema en el que los signos, las letras, representan un sonido cada una. Nosotros usamos glifos. Están compuestos de trazos, que son partículas de palabras. Y algunas otras lenguas usan otros sistemas de escritura.
- ¿Cuáles?
- ¡No soy un experto lingüista!- se quejó Tréngol, sus ojos reluciendo de diversión.- Pero creo que el desaparecido pueblo Elenth usaba runas. Cada runa puede ser un sonido, una palabra o un concepto. ¡Pero volvamos a mi lengua!
Era un idioma extraño, lleno de sonidos exóticos y con una lógica completamente distinta al de los humanos. Pero los dos jóvenes repetían cada palabra, cada partícula, cada estructura, tantas veces como fuera necesario.
- Se hace tarde- dijo Tréngol tras un rato,- y no quiero que nadie sepa esto. Mi madre debe de estar a punto de entrar. Estaré satisfecho si dices: “Mi nombre es Fellek y vengo de Puerto de Esandell”.
Fellek buscó las palabras en su memoria y las ordenó. Abrió la boca.
La cerró. Algo de la frase que había construido estaba mal, muy mal. Reordenó las palabras hasta que esa inquietud desapareció y pronunció la frase.
- Bastante bien- aprobó Tréngol.- Bastante, bastante bien. ¿Por qué no lo has dicho a la primera?
- Por…- Fellek lo pensó.- No sé, sonaba mal.
- Es otro de los detalles mágicos de nuestra lengua. No quiere ser hablada incorrectamente. Eso hace que mentir en ella sea más difícil.

Un rato más tarde, Fellek se tumbó en el suelo y por primera vez en muchos días sacó de entre su ropa el regalo de Zakk, ese colgante hecho del extraño metal azulado. Miró sus signos. ¿Eran letras humanas? ¿O glifos lastennos? También podrían ser runas elenthis...


Capítulo 4

4. Hojas gemelas

Al día siguiente Fellek conoció el plan definitivo: irían a pie hasta Lastenn, intentando pasar desapercibidos. Atravesarían el Imperio de Inlar y cruzarían los Reinos Fragmentados bordeando los Picos Vínteos, para entrar en Lastenn desde el norte. El mago insistió tanto en hacer un desvío de menos de cuatro días que Saelar se lo tuvo que conceder.
Antes de salir de la ciudad, Saelar le dio a Fellek un fardo de tela: “Un obsequio de mi parte”, había dicho con una ironía prepotente. Tras ponerse en camino, Fellek desenvolvió el paquete con el máximo cuidado: podía esconder su muerte.
Pero lo que había dentro eran dos extrañas armas: espadas cortas, con una hoja de unos setenta y cinco centímetros, y una hendidura ascendente en su base. Las revisó una y otra vez hasta que se convenció de que la única manera por la que esas armas pudieran matarle sería por algún hechizo que llevaran. Por eso se adelantó corriendo (la actividad había ralentizado su andar) hasta el mago y formuló su pregunta. Este dijo:
- No te las habrá dado Saelar.
- Sí…
- Orgulloso malnacido- Fellek se estremeció.- Es una burla. No puedes manejar bien esas armas. Casi nadie puede. Solo un guerrero en toda la historia las ha dominado. Tengo que hablar con él.
Lo hizo, solo para volver malhumorado y refunfuñando. El chico decidió no preguntar nada, simplemente caminar.

- ¿Por qué comes tan lento, Fellek? ¿No tienes apetito?
Por supuesto que lo tenía, de hecho, antes de comer había sufrido un hambre canina, pero solo estaba comiendo aquello que Zakk probaba después de que lo hiciera; así se aseguraba de que no había veneno en el pan, el queso o la carne salada.
Como esa mañana el tiempo había sido más apacible, se habían cruzado con muchos carros que iban y venían de la capital y los pequeños pueblos de su alrededor. Según el mago, sin embargo, en unos días entrarían en otra región, no tan poblada y mucho más boscosa.
Acabaron de comer, y llegó el temido momento de la práctica con Dyogun. Cuando el fornido hijo del bosque le pasó la espada, Fellek dijo:
- No, gracias.
Sacó las suyas, cuyas vainas se había atado a la espalda con unas correas de cuero que tenían enganchadas. Dyogun las miró.
- No, Fellek, no… Es muy difícil usar eso. Muchos guerreros luchan con dos armas, pero tienen que ser distintas, porque no usan las dos manos igual. Te recomiendo que no uses esas espadas.
Fellek miró a Saelar, que sonreía maliciosamente. De pronto le invadió el orgullo.
- Las usaré, Dyogun. Quiero demostrar que merezco este regalo.
- En fin… Habrá que modificar muchas de las posturas que te enseñé ayer. ¿Qué mano usas mejor?
Esa pregunta dejó al chico en blanco, como su pelo. Era la primera vez que se lo preguntaban. Era la primera vez que se lo preguntaba.
- No lo sé- respondió sinceramente.
- Vale… Pues habrá que verlo.
Según su maestro le enseñaba las nuevas posiciones de guardia, defensas, y a moverse con esas espadas gemelas, Fellek se sentía mucho más cómodo. Era todo más natural, más equilibrado. Y por fin, Dyogun dijo:
- Desármame.
Felle avanzó hacia él. Cuando estuvieron frente a frente, Dyogun hizo un rápido movimiento. Fellek levantó la espada derecha. El metal chocó contra el metal, produciendo un agudo tañido. El chico lanzó su espada izquierda al pecho del hijo del bosque. Este se giró rápidamente, quedando de lado. Fellek saltó hacia atrás. Y Dyogun le siguió, saltando de frente, enarbolando su espada por encima de su cabeza. Descargó el golpe con gran fuerza. Fellek cruzó sus espadas por encima de él justo antes de notar el impacto. Por unos segundos se quedaron así, una tensa figura.
Y Fellek vio cómo desarmarle.
Se encogió y retrocedió. La espada de Dyogun bajó y volvió a subir. Fellek saltó hacia su maestro, las dos hojas hacia su corazón. Dyogun cruzó su espada frente a su pecho para protegerse.
Pero al tocar tierra Fellek no atacó. Retrocedió medio paso y velozmente puso una de sus espadas bajo la hoja de Dyogun y la otra por encima. Empezó a presionar la hoja con ls suyas. La sorpresa hizo que el hijo del bosque descuidara un poco si agarre.
Y por eso se le escapó el mango. La espada voló por los aires girando, y se clavó en el suelo a unos tres metros.
- Muy bien- musitó Dyugun.
Pero no parecía que lo que acabara de hacer estuviera muy bien. Zakk miraba al resto del grupo, triunfante. Dréngle miraba a Fellek, con incredulidad en su rostro. Tréngol y Dyogun se miraban, preocupados. El rey sin reino tenía el rostro rojo de furia. Y Nerya, ajena a todo, afilaba uno de sus puñales.

Se habían puesto en marcha poco después. Fellek solía entender las cosas a la primera, pero eso se le escapaba. De hecho, todo el grupo se le escapaba. ¿Por qué esa división entre Saelar y Zakk? ¿Y por qué le habían reclutado? No entendía nada. Echaba de menos el mundo simple de las calles. Pero al menos de esto había sacado algo: un par de armas que podía manejar y una especie de abalorio.
- Fellek-onet- dijo Tréngol, y se le acercó.- ¿Te importa que sigamos ahora con mi lengua?
- ¿Onet?
Le había sorprendido mucho. Tréngol le había dicho que ese sufijo denotaba enorme respeto y sólo se usaba con la alta nobleza o la realeza.
- Perdona… Me he acostumbrado tanto a usarlo con mi familia que ya creo que todos en esta compañía tenemos sangre real. Pero te lo mereces.
Ignoró eso.
- ¿Por qué ahora y no por la noche?
- Luego quiero enseñarte a leer.
Después empezó a hablar, y Fellek empezó a perderse en un mar desconocido de palabras extrañas. Pero se consoló pensando que al final de las tres horas de conversación entendía una palabra de cada diez y sus torpes incursiones en ese territorio extraño eran más frecuentes.

La noche les sorprendió en el camino y se apresuraron para llegar al siguiente pueblecito. Allí se metieron en la única posada que había, una sucia fonda que por alguna casualidad del destino dejaba a los borrachos dormir ahí. Lo más limpio de esa taberna era el fuego que ardía en una esquina alrededor del cual los lugareños hablaban y bebían.
El tabernero les informó de que solo había cinco camas. Nada más oír eso, Fellek se ofreció para dormir en la planta baja, en el suelo. Saelar no se reduciría a eso, y cuanto más alejado estuviera de él, mejor.
- Dormiré abajo también- dijo Tréngol rápidamente.
Cuando los demás hubieron subido, Tréngol dijo:
- Vamos a la barra.
- No hace falta, no tengo…
- Sí hace falta. ¿Te crees que no te he visto? Hoy apenas has probado bocado, y ayer tampoco. En dos días, has comido menos de lo necesario para medio. ¡Y has estado andando todo el rato!
Así que se sentaron frente a la barra. Tréngol pidió algo de carne y una copa “de lo más fuerte que haya”. El posadero frió dos generosos trozos de cerdo en un oscuro aceite y se los sirvió en platos de barro cocido. Mientras los dos jóvenes los devoraban, el hombre bajó por unas escaleras que deberían llevar a la bodega y volvió con un vaso lleno de un líquido transparente, con un ligero color morado.
- Es increíble- dijo al ponerlo frente a Tréngol.- Un hijo del bosque me pagó su estancia aquí con esta receta.
Tréngol se quitó la capucha, revelando sus rasgos afilados y sus ojos sin blanco.
- Pues veamos si eres digno de ella, humano.
Todas las miradas se habían concentrado en él. Alzó el vaso, se lo llevó a los labios y dio un traguito.
- Nunca llegarás a la altura de uno de los míos, humano- anunció,- ¡pero no lo haces nada mal!- puso una moneda de oro en la mesa.- ¡Un trago para todos!
Los hombres empezaron a vitorearle. Él volvió a alzar el vaso y dio un trago largo, profundo.
- Dioses, cuánto tiempo llevaba sin probarlo. Bebe un poco, Fellek.
Fellek tomó el vaso medio vacío y bebió un sorbo.
En Puerto de Esandell había probado la cerveza, incluso el aguardiente. Pero eso era muy distinto. La boca se le llenó de sabores que no conocía. El líquido estaba frío como el mar, pero le calentaba, y le hablaba de bosques profundos y noches tan viejas como el tiempo. Cuando lo tragó, se quedó en su estómago, un rescoldo que le calentaba suavemente.
- ¿Qué te ha parecido, Fellek?
- Increíble… ¿Qué es?
- Aterz. Es un licor que se hace con arándanos fermentados en agua con azúcar,pero cada uno lo hace distinto, poniendo más cosas a fermentar junto con las bayas.
- ¿Lleva magia?
- Algunos lo hacen con magia, sí. Pero yo creo que no la necesita. Es magia.
De pronto, los hombres empezaron a cantar. Tréngol se les unió, y Fellek después. Cuando los hombres acabaron, Tréngol empezó a entonar una cancioncilla en su idioma de un ritmo alegre e impredecible, y antes de darse cuenta, estaba cantando el estribillo con el hijo del bosque:
“¡ Y esta es la historia de Lat,
el peor rey de Lastenn,
al que la suerte maltrató
y su pueblo le mató!”
Después cada hombre cantó una canción, y finalmente le llegó el turno a Fellek. Conocía cientos de canciones y retahílas de taberna, pero cuando abrió la boca, solo se le vino una canción a la mente. Era una triste balada que su madre le cantaba antes de morir, cuando él era muy pequeño. Estaba en su lengua materna, un idioma extraño y seseante hablado sólo por su familia. Nadie le entendería. Tenía que cantarla.
“Hay en lejanas comarcas unas montañas
de hielo y de viento que ocultan
un valle de nieve. Su gente eran versos
bellos y frágiles. Siempre sufrían,
forjaron por eso alianza compleja
con los grandes seres de viento
que pueblan aquellos lugares.
Y fueron guerreros y sabios y bardos,
níveo fue su cabello.
Mas algo rompió su cálida alma
y murieron, murieron a cientos:
padres mataron a hijos,
hermanos mataron hermanos.
La nieve se volvió roja, el verso
perdió su alma.
Si alguna vez esas montañas
llegas a ver, recuerda a los muertos,
promete que no sufrirás de sed de poder, pues solo
lágrimas tendrás de beber.”

Poco después la gente se fue yendo. Cuando estuvieron solos, Tréngol inició la conversación.
- Bonita canción, Fellek.
- Gracias.
- ¿Cuál es esa lengua?
- No lo sé. Solo la hablaban mi madre y su hermano.
Se quedaron callados.
- No pensaba… que fueras así.
- Es porque no nos conoces.
- ¿Por qué te preocupas tanto por mí?
- Porque mi hermana y yo somos como tú. Desde la conquista, los señores dragón han perseguido y capturado o ejecutado a cualquier hijo del bosque que saliera de Lastenn. Por eso, cuando nuestros padres nos tuvieron, trataron de ocultarse de los señores dragón durante siete años. Pero llegado ese punto, no pudieron ocultarnos más. Nos entregaron a un viejo refugiado de Lastenn en Atrok, una ciudad del sur. Después de tres años, un día nos mandó al mercado solos. Sabía que los señores dragón le habían encontrado y le iban a matar. Así nos salvó la vida. Pasamos doce años en las calles, hasta que vinieron a buscarnos nuestros padres y el mago. Dréngle te odia porque cree que podemos ganar y tú eres nuestro punto débil. Yo no. Yo te aprecio porque eres como yo hace unos años.
- ¿Por qué no confías en Saelar?
- Ya te dije ayer que aún no es el momento para eso. Y si me notas distinto, es porque con los demás tengo que ser distinto. Como me ves ahora, así soy. Bueno, ¿vamos con la lectura?


Capítulo 5

5. Distintos

A Fellek eso le resultó tan lógico y simple que tras un rato no entendía cómo no había podido aprender por sí mismo. En tres días podía identificar todas las letras y leer, aunque con esfuerzo.
Los glifos de los hijos del bosque eran más complicados. Había que identificar las partes del glifo y relacionar cada una con una partícula de la palabra. Y había cientos de partículas…
Durante varios días que transcurrieron sin incidentes, Fellek pensaba casi únicamente en ese extraño pero fascinante idioma. Tampoco es que hubiera mucho más en lo que pensar, una vez que Fellek se acostumbró al paisaje boscoso en el que se iban adentrando. Ese fue el único cambio, aparte de que Dyogun empezó a usar sus hachas en los entrenamientos. Era más duro, y Fellek acababa mucho más dolorido, pero de alguna manera eso le gustaba: era un desafío que superar.
Aunque había un par de cambios más, de los que Fellek casi no se dio cuenta hasta aquella noche. El primero era que Saelar era cada vez más duro con él. El segundo era Dréngle.
Aquel día se habían adentrado en lo que Zakk había llamado “el gran bosque Odegu”. En él se veía a los hijos del bosque más animados: era un gran bosque salvaje, como los de su hogar en Lastenn. Pero además de esa ventaja había un inconveniente: las poblaciones eran escasas, y se verían obligados a dormir a la intemperie. Tendrían que hacer guardias.
Esa era la primera noche en la que se dio esa situación. Después de cenar, mientras Fellek seleccionaba un sitio al margen del camino, bajo los altos árboles, para dormir, Tréngol se le acercó.
- Hoy no podré enseñarte nada, Fellek. He intentado que nos dejaran montar guardia juntos, pero nada. Te toca la primera con mi hermana.
Fellek se alarmó.
- ¿Dréngle? ¿Por qué?
- No lo sé. Melo ha pedido ella.
Fellek lo pensó. No se llevaba bien con Dréngle. A lo mejor era peligroso. Pero ella nunca había intentado nada así. Era Saelar el que hacía eso
De todas formas, Fellek no esperaba nada bueno. Sacó de su mochila el embozo y las espadas, se las puso a la espalda y las tapó con el embozo. Esperó a que los demás se tumbaran. Después fue al fuego en el centro del campamento, donde la joven le estaba esperando.
Un trocito de luna asomaba entre las oscuras copas de los árboles. Las estrellas eran copos de nieve en el cielo de ala de cuervo.
Fellek se sentó con la espalda hacia el fuego. Ni él ni Dréngle dijeron nada.
- Lo siento- dijo ella de repente.
Fellek no respondió.
- Fui una tonta al creer que no eras nada. Y tú me has demostrado que estaba equivocada una y otra vez. No debería haberte tratado así, Fellek.
Fellek supo que tenía que decir algo.
- No… no importa.
- También te odiaba porque odio a cualquier ladronzuelo de…- se calló.- Tréngol te lo ha contado, ¿no?
El chico asintió con la cabeza. No entendía nada.
- Un humano de tu edad, o algo más mayor, estuvo a punto de… de matarme en Atrok. Porque sí. Pensaba que eras como él.
- Yo… Yo no…
- Lo sé. ¿Me puedes perdonar?
- Eh… claro…
Dréngle pareció aliviarse. Fellek seguía igual de confuso. Pero acababa de ganarse otra aliada. O eso parecía. Si la hija del bosque le estaba engañando, le bastaba con no bajar la guardia para hablar con ella.
- ¿Por qué hacéis esto? Tu… hermano y tú. ¿Por qué intentáis liberar Lastenn…?
Calló a tiempo las palabras que acababan la pregunta.
- Yo también pienso que es imposible, Fellek. Pero… Nuestro abuelo nos habría matado si nos hubiéramos negado a ir con él. Se cree que todos los hijos del bosque lastennos deben obedecerle como su legítimo re.
- Pero… ¿no lo es?
- ¿Ves su corona? ¿Su cetro? ¿Su trono? Saelar no tiene reino, y sin reino, no hay rey.
Esa era la misma actitud que había visto en Tréngol. Quiso averiguar el porqué de esta aversión de los mellizos hacia su abuelo. Tuvo que emplear tiempo para tejer una pregunta que le permitiría averiguar algo más sobre ese asunto. Durante esse tiempo, Dréngle estuvo también en silencio. Solo cuando tuvo la pregunta lista, cuando Fellek cesó su concentración, se dio cuenta de que ese silencio no había sido incómodo.
- ¿No debería ser Saelar el rey legítimo de Lastenn?
- Lo sería si hubiera luchado por ello.
La respuesta era tan distinta de lo que Fellek esperaba que se quedó en blanco.
- ¿Qué? Pero… ¡Está luchando ahora!
- Solo ahora lucha. Creía que ya lo sabías, Fellek. Pero no te preocupes- miró para asegurarse de que todos dormían y bajó la voz.- Saelar es un traidor cobarde. Cuando los señores dragón se rebelaron, mientras su padre luchaba y moría, él huyó. No sufrió por su pueblo. Ahora quiere, ahora, cuando ya no sirve de nada, porque los señores dragón son mucho más poderosos. Este viaje no es para liberar Lastenn, Fellek. Es la empresa de redención personal de Saelar.
Fellek no respondió. Era demasiada información para asimilarla al instante. En unos segundos su imagen mental de saelar había cambiado radicalmente. Y cuando hubo reflexionado sobre todo, una vieja pregunta cobró nueva fuerza:
- ¿Qué hago aquí?
Dréngle estuvo callada varios momentos.
- Sé que eres más de lo que pareces, Fellek. Pero yo no sé más. El mago y Saelar saben qué eres… supongo. Pero el mago no ha dicho a nadie por qué te ha traído con nosotros.
- No sé qué soy, Dréngle.
- Estoy segura de que lo sabrás. Es tu naturaleza.
A partir de ahí la conversación derivó a temas menos profundos, y cuando llegó la hora del cambio de guardia, despertaron a Dyogun y Nerya y se acostaron.

Los días siguientes transcurrieron sin ninguna novedad. Progresaba en el idioma de los hijos del bosque y en el manejo de sus espadas. Dréngle le hablaba poco, pero cuando lo hacía, era amigablemente. A pesar de ello, Fellek siempre entraba en estado de alerta al hablar con la hermana de su maestro.
Cierto día, avanzada ya la tarde, Dyogun se acercó a Fellek. Se aseguró de que el resto del grupo iba delante, de modo que no les oyeran, y dijo:
- Fellek, estás en peligro.
- Ya lo sé.
- No lo entiendes. ¿Sabes por qué Saelar te odia?
- Claro, cree que…
- Por eso te despreciaba. Eso era antes. Ahora te odia porque… te teme. Cree que quieres usurpar su puesto.
Fellek tuvo que contener la risa.
- ¿Yo? ¿De verdad? ¿Yo, rey? No es algo que me interese, enfrentarme a Saelar.
- Pero podrías.
- ¿Qué?
- Todos nos hemos humillado ante ti, Fellek, mis hijos y el mago se arriesgaron al ir a buscarte, yo te ofrecí ser tu maestro, Saelar te ha hecho un regalo que has podido aprovechar, y Nerya… no te odia.
Fellek lo pensó.
- No entiendo vuestra cortesía.
- Por eso la rompes tan despreocupadamente. Saelar te teme, y eso le hace más peligroso.
“¿Más aún?”, pensó el chico. Tomaba todas las precauciones posibles para protegerse del rey sin reino, y a menudo sentía la funesta sensación de que no eran suficientes. Temía más al hijo del bosque que a los dragones que habitaban Lastenn.

- ¿Quiénes montan guardia hoy, Zakk?
- Los de más edad. Saelar, Dyogun y yo, creo.
- ¿Qué? ¿Por qué?
- Sus tradiciones. Mira al cielo.
El manto negro estaba horadado por puntitos blancos.
- No hay luna. Los hijos del bosque dicen que está cansada de estar ahí arriba, sola, y por eso baja al mundo. Para entretenerla cuentan historias.


Capítulo 6

6. Leyendas y ladrones

Asentaron el campamento a un lado del camino sobre la hierba, y encendieron una hoguera. Cuando hubieron recogido suficiente leña para alimentar el fuego toda la noche, se sentaron alrededor del fuego. Saelar sacó comida de su mochila, tomó algunos bocados de casi todo y lo fue pasando alrededor del círculo. Los demás fueron comiendo. Poco después sacó un pellejo con líquido de su mochila y lo alzó.
- A la salud de la luna y de Lastenn- bebió un trago.
Se lo pasó a su hijo.
- A la salud de la luna y de mi familia- hizo lo mismo, y le dio el pellejo a Nerya.
- A la salud de la luna y de los que me hicieron feliz.
El siguiente fue Tréngol.
- A la salud de la luna y de mis hermanos.
Después fue Dréngle.
- A la salud de la luna y de mis hermanos.
Tras ella recibió el pellejo Zakk.
- A la salud de la luna y del otro mago.
Sonrió y bebió.
Fellek sabía que él era el último. Dyogun le había dicho lo que tenía que hacer: dedicarle el trago a la luna, para ganarse su atención, y a otra cosa, la que se quisiera. Esta última parte de la frase era personal y absolutamente libre. Pero no sabía qué decir. Le debía demasiado a los mellizos, Dyogun y Zakk, pero quería recordar a su grupo en Puerto de Esandell.
Recibió el pellejo.
- A la salud de la luna y… de todos los que alguna vez me han ayudado.
Bebió un corto trago.
A pesar de que era muy distinto, reconoció el aterz desde el primer instante. Este era algo distinto. Además del sabor de los arándanos, notó manzana en el licor.
Cerró el pellejo tras tragar y cruzó el círculo para devolvérselo a Saelar.
Él fue el primero en contar una historia. Fue en su idioma. Kellek entendió algunas palabras sueltas, pero no la historia en sí. Lo mismo pasó con Nerya y Dyogun. Le llegó el turno, y contó la historia de uno de las obras que solía representar antes de embarcarse en ese viaje. Después iba Tréngol.
- Ya se han contado muchas historias, pero solo una ha podido ser oída por todos. Por eso yo voy a contar la mía en el idioma que todos podemos entender.
“Esto ocurrió hace tanto tiempo que los humanos no habían llegado a este continente. Los hijos del bosque eran los únicos segundos hijos, y apenas ocupaban la mitad de lo que hoy es Lastenn. El resto de esa tierra era de los primeros hijos.
“Nuestro territorio no era ni siquiera un reino. En él vivían muchas tribus que se disputaban continuamente y sin razón cada árbol, cada arroyo, cada trozo de tierra. La guerra era tan frecuente y natural como el amanecer y el ocaso.
“Una de estas tribus destacaba porque guerreaba como las demás, pero lo hacían honrosamente y perdonaban a los que se rendían ante ellos. Su jefe era Logerö, y su mujer, la hermosa Itanue. Cuentan las leyendas que con solo verla el corazón se calmaba, ya que su belleza era el alba tras la noche tormentosa, la luz en las tinieblas. Ella era lo que hoy llamaríamos maga, pero en aquel entonces los segundos hijos no conocían mucho de magia, y los que tenían ese don solo podían utilizarlo con sentimientos muy fuertes.
“ Aquella tribu tenía un enemigo mortal: Roput, el líder de otra tribu vecina. Era cruel y despiadado: bajo su mando, los hombres solamente comían si ese día habían matado a alguien de otra tribu.
“ Pocos años después de subir al poder, Roput consiguió conquistar completamente a una tribu vecina, y tras eso le costó poco la segunda. Quiso que la tercera fuera la de Logerö. La guerra que siguió fue mucho más reñida de lo que se esperaba: sus guerreros, motivados por el miedo, no podían acabar con los rivales, arengados con palabras valerosas de Logerö y sabiendo que su familia y su hogar dependían de su victoria.
“Así que después de quince años de cruenta guerra, Roput decidió hacer lo que mejor se le daba: la traición. Una noche, tras una batalla ganada por Logerö y sus guerreros, estos festejaban. Él se adentró en banquete enmascarado, como un bailarín, y aprovechando la guardia baja de los rivales, envenenó el aterz de Logerö.
Los meses que siguieron fueron tan agónicos para él y su tribu que tuvieron que pedir tregua a Roput. Las condiciones que él impuso fueron injustas y desleales, pero la tribu rival no podía permitirse negarlas. Roput creció y medró, mientras que Logerö mermó dolorosamente. Itanue intentaba curarle desesperadamente, pero como no conocía la causa del mal, solamente podía mitigar el dolor. Como he dicho, entonces no se sabía de magia.
“Llegó un día en que el veneno había llegado hasta los ojos de Logerö, y ya no podía ver. Llorando, le dijo a su esposa:
- Quería que lo último que viera mi vida fuera tu rostro, mi amor, pero hasta eso me es imposible…
E Itanue, también llorando, respondió:
- Pues desafiaré a la muerte que te ciega y haré que me veas de nuevo, mi vida, aunque no sea con los ojos.
Y empezó a cantar. El lamento que entonó fue una melodía de profunda tristeza, que describía la enorme guerra de sentimientos que tenía lugar dentro de ella. Se dice que hasta los dioses la oyeron, y todo el mundo se lamentó por su pérdida. Cuando acabó, Logerö habló:
- Quería ver tu rostro, bella Itanue, pero me has mostrado que tu alma es más hermosa. Me voy… Recuérdame…
Y murió, pues sabía que tras el lamento de Itanue ya no podría sentir nada más bello en el mundo- Tréngol dejó de hablar. Su hermana siguió:- Cuando supo de la muerte de su adversario, Roput se presentó frente a Itanue y dijo:
- Como consorte del jefe tienes el poder hasta que se elija el nuevo jefe. Tenéis hasta mañana para que vuestro nuevo líder me diga si os rendís o lucháis.
“ Pero Itanue había visto que tras la muerte de Logerö, su piel se había vuelto del color de la ceniza, como ya estaban así todas sus entrañas, y supo que le habían envenenado. Ya no era un pozo de tristeza, sino un volcán de ira.
- Yo soy el nuevo jefe de esta tribu.
Se acercaron muchos a objetar, pero cuando lo hicieron el sol se oscureció un poco y el viento dejó de soplar. Y supieron que en Itanue había una fuerza profunda y dolorosa que la haría imparable. Pero Roput no se mostró impresionado.
- ¿Y bien? ¿Luchas o te rindes?
- Lucharé, lucharemos hasta que no quede una gota de sangre en nuestras venas, y cuando te mate, Roput, será atravesando tu corazón y disfrutando tu agonía, no con cobardía, envenenándote, como hiciste tú.
Y Roput se asustó por primera vez en su vida.
Fue entonces cuando Itanue volvió a cantar. Esta vez era un ritmo furioso, que hablaba a los elementos de la deshonra de Roput y los pedía ayuda. Surgió de la tierra roca uqe formó un edificio, tumba de Logerö y fuerte de Itanue, la primera construcción de roca a este lado del mundo. Y subida a las almenas, Itanue gritó:
- ¡Al ataque! Valientes míos, ¡venguemos a Logerö!
Y con un salto, impulsada por el viento, echó a corresr al corazón del ejército enemigo. Sus guerreros la siguieron , pero no pensaba en ellos. Siguió cantando, y mientras caían relámpagos sobre los guerreros de Roput, ella corría hacia él.
No iba armada, pero acudiendo a su canción una gran esquirla de piedra surgió del cielo a su mano, y cuando llegó hasta Roput, como había jurado, le atravesó el corazón.
Después de eso muchas tribus se unieron a la suya y unos siglos después solo quedó esa, que se hizo el reino de Lastenn. De igual modo ese fuerte de piedra es la base de Liakgens, nuestra capital.

Se hizo el silencio alrededor de la hoguera.
- Así que ahora tengo que contar yo una historia...- dijo Zakk.- ¿Qué os cuento? No tengo patria de la que sacar las leyendas, ni inventiva para improvisarlas.
Quedó pensando un rato.
- ¡Ya sé! Os contaré la historia del héroe Hyul, que es extranjera en todos sitios, como yo, pues el país del que proviene ya no es.
"Esta historia sucedió en tiempos tan antiguos que ni el más viejo de los hijos del bosque había nacido en esa época. En aquel entonces, existía el reino de Elenth. Estaba situado en un valle fértil y grande. Las montañas que lo rodeaban eran altas e inhóspitas, prácticamente imposibles de cruzar. Por ello, los elenthis nunca habían sufrido guerras, y no había entre ellos ni un guerrero.
"Cierto día un viajero llegó hasta Elenth, y fue recibido con hospitalidad. Cuando volvió a su tierra, sus relatos de ese reino despertaron poderosas codicias. Desde entonces el reino de Elenth sufrió muchos saqueos: no se puede llamar guerra a un conflicto tan desigual.
"En esta época, Elenth estaba completamente invadido por Annun, uno de los Reinos Fragmentados. Los elenthis eran tratados como esclavos, y sus tierras, explotadas sin miramientos. El rey de Annun se sentaba en el trono de Tirs, capital de los elenthis.
"En esta época nació Hyul. Era un niño enclenque y enfermizo, hijo de dos esclavos. Cuando tenía once años sus padres fueron vendidos, pero no quisieron a su hijo, por ser tan débil. Quedó abandonado en su ciudad. Tras llorar y lamentarse por haber perdido a sus padres, decidió seguir el último consejo de su madre y conseguir ser aprendiz de algún oficio.
"Entró en una herrería, donde fue rechazado por no ser fuerte. Fue con un galeno, que no le quiso por no haber recibido enseñanzas. Finalmente acabó frente a la puerta de un alquimista. Tras llamar, salió de la casa una áspera voz:
- ¿Quién eres y qué quieres?
- Me llamo Hyul. Quiero aprender. No soy fuerte ni he sido educado.
- Eso no me interesa. Yo sólo necesito una mente despierta.
- Eso lo tengo, señor.
- ¿Ah, sí? Pues demuéstralo.
Hyul podría haberse ido, pero no quiso. Algunos dicen que para impresionar al alquimista descubrió el método para transmutar cualquier sustancia en oro, pero el viejo lo rechazó por ser mundano. Pero eso son mentiras. Lo que en realidad hizo fue un anestésico de plantas, y el alquimista le aceptó.
"Algo de verdad tiene esa mentira, y es que el alquimista no se preocupaba por el oro, sino por la parte mágica de los elementos. Trabajando junto con Hyul, consiguió lo que nadie hasta entonces había logrado: destiló las esencias del árbol, la roca, el agua y el fuego. Sabiendo que la luz y la oscuridad eran demasiado, Hyul y el alquimista se prepararon para alcanzar su meta última: la esencia del viento.
"Durante meses trabajaron para conseguirla, y pasaron noches enteras haciendo matemática, leyendo viejos manuscritos o fabricando mejores aparatos. Empezaron a perder la esperanza, pero por tozudez continuaron sus intentos.
"Y al vigésimo, sus esfuerzos dieron su fruto. Hyul, que ya tenía quince años, estaba dormido en el taller cuando una presencia lo despertó. Miró en torno a él y vio, al final del alambique, un frasco lleno de un humo azulado. Profirió un grito de alegría y agarró el frasco.
"Y tuvo que gritar de nuevo, pues el frasco se rompió y la esencia del viento desapareció. Llegó el alquimista, al que había despertado el primer grito.
- Lo siento, maestro- dijo Hyul.- Lo he estropeado. He roto el frasco.
Pero el alquimista no creía que su genial aprendiz fuera capaz de ese fallo tan garrafal, y examinó los fragmentos del frasco. Vio que el impacto estaba en el interior y no en el exterior. Y supo por qué el frasco estaba roto.
- No fuiste tú, Hyul. Fue la esencia del viento. Salió para reunirse contigo.
- ¿Por qué, maestro?
- Porque eres mago del viento, hijo. Ya no soy tu maestro- estaba apesadumbrado.- Busca a alguien al que puedas llamar eso.
Hyul comprendió que tendría que dejar al viejo alquimista, del que se había encariñado profundamente, y dijo:
- ¡Pero los alquimistas sois magos!
- Fabricamos magia, no la hacemos. En el mago, como en el bardo, hay un fragmento de los dioses que hace que el arte salga de lo más hondo de su ser. Para el mago, el alquimista es como el copista para el bardo. No puedo enseñarte lo que has de aprender, pequeño Hyul. Tú has de volar más alto. Deja el nido.
Con pesar en su corazón, eso hizo Hyul. De los años que siguieron poco se sabe, excepto que se convirtió en un gran mago del viento y que vio tanto sufrimiento del pueblo elenthi que empezó a odiar a Annun.
Exactamente cinco años después de dejar al alquimista, Hyul entró al castillo de Etran, la capital de Elenth, gritando:
- ¡Que ese usurpador se baje del trono de mi pueblo!
El rey luchó contra el mago, y le venció por ser él un poderoso mago de fuego. Pero Hyul logró salvar su vida tejiendo un elaborado engaño de corrientes de viento.
Durante varios días estuvo pesaroso por la derrota, hasta que recordó uno de los viejos libros del alquimista. En él se decía que, en los albores de Elenth, los primeros elenthis habían hecho un pacto con una raza de antiguos poderes que habitaban las cordilleras, unos primogénitos de los dioses, llamados Selan. Así que un día partió y se internó en la cordillera que rodeaba el valle, y llegó más lejos que nadie antes de él.
Tras tres días de frío y hielo, se encontró con el selan. No era como se esperaba: era una criatura de viento, no de piedra, y estaba claramente famélica.
- ¿Qué quieres, segundo hijo?
Hyul se alegró: los primeros hijos sólo hablaban con los segundos si se interesan por ellos. Si no, les mataban.
- Hace tanto tiempo que ninguno de nosotros lo recuerda, gran selan, mi pueblo hizo un pacto con el tuyo. Juramos defendernos mutuamente. Ahora mi pueblo está esclavizado. Te ruego que me ayudes.
- No soy ningún gran selan. Soy uno de los pocos que no son tan arrogantes como para pensar que no deberíamos mantener un pacto con humanos. Pero vosotros tampoco hacéis mucho: estamos invadidos. Somos demasiado distintos como para ayudarnos.
- Podemos parecernos- dijo Hyul tras reflexionar.
Le explicó a Etharen, el selan, su idea. Y durante los dos días siguientes, crearon y pronunciaron un hechizo para quedar ligados por lo más hondo de su alma, y adquirir cada uno capacidades del otro. El selan aprendió la escritura, el poder de Hyul creció y su pelo se volvió blanco, no por vejez. En ese momento se creó el que sería el mejor ejército del mundo, los Jinetes del Viento, o, traduciendo del elenthi, las Espadas y Garras. Después del conjuro, Etharen y Hyul fueron al palacio, y derrotaron al rey en duelo. Tras ello Annun retiró a su gente del reino.
Zakk se calló.
- ¿Qué pasó después?- quiso saber Fellek.
- No se sabe. No hay más textos sobre la vida de Hyul hasta su muerte, relatada en un poema épico. Y ni ese puede ser leído con seguridad: el original está en elenthi, idioma que ya casi nadie conoce. La única copia legible es una traducción demasiado licenciosa de uno de los vuestros, hijos del bosque.

Entre todas las historias la noche había avanzado considerablemente, con lo que Fellek, los hermanos y su madre se fueron a dormir, dejando la tarea de la guardia a los tres mayores.

A lo mejor la historia de Zakk despertó un recuerdo olvidado. A lo mejor era su mejora en la lectura de los glifos. Pero esa noche soñó. Soñó que el colgante de su pecho relucía, y esa luz tenía milenios de antigüedad, pero llevaba tiempo sin lucir. Y vio plumas y armaduras y espadas y garras relucientes, pero sacó el colgante de su ropa. Y entonces sólo vio el colgante, un sol dando fuerza a un mundo. Y en ese astro de metal azul unas líneas de viento congelado se movían. Esas líneas eran unas runas que eran todas las runas, todo el saber que había tenido y había olvidado, que, como el colgante, volvía a relucir.
Se despertó. El sol había salido hacía ya rato, y los pájaros trinaban sobre los árboles. Sin embargo, todos los demás parecían dormir. Se llevó la mano a la espalda, dispuesto a desenvainar una espada para practicar algunos movimientos.
La espada.
Metal.
Un astro de metal.
Recordó su sueño, y presa de una sospecha sacó de entre sus ropas el colgante que hacía ya más de un mes le había dado Zakk.
Tras mirar los signos grabados en él, Fellek se preguntó cómo no lo había visto antes. La primera runa representaba un concepto: casa, familia. Las demás eran sonidos y formaban una palabra: Hyulaera.
Casa Hyulaera. Casa de Hyul. Ahora todo tenía sentido. Era capaz de leer runas. Todo el pelo de su cuerpo era blanco, aunque no era viejo ni albino. Nadie más hablaba el idioma de su familia.
Se habrían muerto todos, pero Fellek no podía no ser uno de ellos. Era elenthi.


Acababa de empezar a soñar cuando un contacto contra su mejilla le hizo volver a la vigilia. Lo hizo con rapidez, alerta y esfuerzo. Le costó asimilar que estaba en medio de un bosque, cubierto por árboles, en vez de en su sótano de Puerto de Esandell. Pero en un segundo agradeció haberse despertado. Les estaban robando.
Fellek se levantó de un salto. En un instante contó diez bultos en la oscuridad. Inspiró.
- ¡Despertad!- gritó tan alto como pudo.- ¡Bandidos!
Uno de elllos embistió a Fellek y le tiró al suelo. Le golpeó la cara. Sacó un puñal. Sin pensar, el chico le dio una patada en la rodilla. Se llevó una mano al hombro para desenvainar una de sus hojas. El fornido hombre se inclinó sobre él. Alzó el puñal. Con su arma, Fellek le atravesó el hombro. Apretó los dientes al oír el desgarrador aullido de dolor. El hombre le volvió a mirar y, sin darle tiempo a levantarse, empezó a apretarle el cuello con el brazo ileso.
La presión pronto se relajó. El bandido cayó al suelo.
Fellek miró la flecha que le traspasaba el cuello y después a Dréngle, que enarbolaba su arco como una legendaria cazadora. La luz de luna se reflejaba en sus ojos y hacía sus pupilas plateadas.
- ¡Gra… Gracias!
- A ti- respondió ella.- Nos has despertado.
El chico miró a su alrededor. Tréngol peleaba con su daga y su puño contra otro bandido. Con gritos salvajes y un gesto aterrador, Dyogun hacía bailar sus hachas contra sus dos pobres adversarios. Logró golpear a uno, que aulló de dolor mientras sus huesos se rompían, crujiendo. Nerya y una mujer se movían silenciosamente, atacando sin dañar, esperando ambas a que la otra bajara la guardia. El mago movía su vara, envuelta en llamas carmesí, que se reflejaban en sus ojos,rojos de furia. Y con un mandoble, Saelar también combatía.
A pesar de todo, Fellek solo contaba ocho bandidos. Los otros dos…
Entre las sombras de los árboles vio a un arquero. Se sacó una flecha del carcaj. Apuntaba a Saelar.
Fellek tomó una decisión. Corrió hacia el rey de los hijos del bosque y le embistió con el hombro derecho.
La flecha se le clavó en el izquierdo. Cortó tela, piel y músculo hasta que su punta asomó en la espalda del chico.
Saelar era más alto que Fellek, que se dio cuenta de que, sin ese empujón, la flecha estaría ahora en el corazón del rey.
“Debería doler”, pensó. Pero no se preocupó por ello. Corrió hacia el arquero.
Y hasta que acabó la escaramuza, Fellek fue una figura de sombra con cabello de plata, que repartía muerte y derramaba sangre, sin importarle la herida que sufría.
Sacó la hoja del pecho del último bandido, sin contar al que huía.
- ¡Esto ha ido demasiado lejos, humano!- Saelar se acercaba a él, gritando.- ¿Cómo te atreves…?
- ¡Te ha salvado la vida! Saelar- replicaba el mago,- ¡la flecha iba a tu corazón!
Llegó hasta Fellek y miró su herida.
- ¡No sangras! ¿Qué…? ¿Te duele?
Fellek se sorprendió de nuevo por la falta de dolor.
- No…
- La anestesia de batalla- anunció el mago.- Había oído de ella, pero pensaba que eran habladurías de viejos. Vale, Fellek… Necesito que respires hondo y te relajes. Es la única forma de curarte.
- Vale…- el chico inspiró hondo y soltó aire.- ¡Aaaaaah!
El final de la expiración se había convertido en un grito. Al mismo tiempo que la sangre empezaba a manar abundantemente de la herida, Fellek cayó de rodillas.
Zakk agarró el asta de la flecha. Y tiró.
La visión de Fellek se volvió roja mientras su hombro ardía. Y todo se oscureció.


capítulo 7

7. A traición

Cuando abría los ojos todo era confusión, luces y sombras, siluetas danzando sin orden ni sentido; y un dolor bermellón que debería estar en su hombro pero le mordía todo el cuerpo. Cuando cerraba los ojos veía la muerte tras sus párpados, pero esta era burlona y le perdonaba por aquella vez. Tras demasiado tiempo volvía a abrir los ojos. Todo era cada vez más difuso y el carmesí más insistente. Todo era dolor y claroscuro, rojo dentro y gris fuera.
Entonces notó el azul, empapando sus labios, invadiendo su boca, limpiando sus entrañas.
- Menos mal, Fellek. Pensábamos que no aguantarías.
Tardó unos segundos en descifrar el significado de esas palabras y quiso responder.
- Ni siquiera la muerte me quiere…
Rompió a llorar sin razón. Y le pareció que esas lágrimas no lo eran, sino bilis y sangre corrupta.

Abrió de nuevo los ojos. Estaba mirando el sucio techo de una habitación. Sintió un duro lecho bajo su espalda. Su hombro latía con un dolor sordo, constante. La luz venía de detrás de su cabeza.
- La próxima vez no nos engañes y muere de verdad, ¿te importa?
Era la voz de Nerya. Aunque no sabía si la hija del bosque bromeaba o no, se echó a reír.
- Espero que sea en Lastenn, abrasado por un dragón. Es una muerte de epopeya. Morir por una herida que has recibido luchando contra un bandido solo está bien para historias de taberna.
Para su sorpresa, Nerya rió.
- Las epopeyas son largas y lentas. Las pequeñas historias están más vivas.
Fellek cerró los ojos. Esta vez no desapareció.
- ¿Dónde están los demás, Nerya?
- En distintos sitios. Mis hijos estarán abajo, cantando y probablemente borrachos. Saelar y Zakk estarán discutiendo sobre algo, y mi hombre ha salido a buscar comida. Tienes que moverte, no creo que pase nada bueno si Saelar ve lo que tienes en el brazo.

Fellek no comprendió a qué se refería al principio, pero recordó lo que había hecho Tréngol en su primera lección con él. Todo su sopor desapareció.
- ¿Lo sabes?
- Lo sabía. Era más que obvio, Fellek. Pero no creo que Saelar se haya dado cuenta. Está tan centrado en pensar lo que debe hacer que no ve lo que hacen los demás.
Fellek hizo un esfuerzo y separó el brazo izquierdo del lecho. Al instante el dolor se agudizó. Apretó los dientes y siguió moviendo el brazo hasta que quedó cruzado sobre su vientre. Tenía la extremidad desnuda y vio sobre ella las finas blanquecinas cicatrices que escribían el nombre de Tréngol. Giró el brazo y dejaron de ser vistas.

- ¡Fellek! ¡Eh, Fellek!
El chico abrió los ojos. Era de noche. Vio los cabellos plateados de Zakk sobre él.
- Menos mal, estás bien…
- ¿Cuánto tiempo ha pasado, Zakk?
- Cuatro días desde la pelea. La flecha te dañó un pulmón y varias venas importantes, y tu cuerpo no reaccionaba bien cuando intentaba curarte. Has estado a punto de morir.
- Pero no he muerto.
- Saelar dice que mañana tenemos que estar de nuevo en marcha. Voy a intentar mejorar tu herida esta noche. Si no, mañana podría empeorar mucho con la caminata.

Fellek se desabrochó dos botones de su camisa para mirar la huella que había dejado la flecha en su piel a la luz de la hoguera. Debajo de la clavícula, entre el hombro y el pecho, había una depresión en su piel, que estaba mucho más blanca. La textura parecía más áspera que la de la piel circundante y extendía tentáculos pálidos por sus alrededores.
- No tiene buen aspecto- dijo Dréngle tras engullir un bocado de pan.
- Al menos no duele- respondió Fellek.
- No creo que se cure del todo. Pero es bonita a su manera. Muestra tu valentía.
Fellek se avergonzó ligeramente sin saber por qué.
- ¿Te importa montar guardia conmigo?- preguntó.
- Saelar no quiere que montes guardia. No estás curado del todo, y eso te podría afectar.
Fellek recordó cómo había sanado el mago la herida. Le había dicho que le transmitió energía, y que tenía que confiar en que el cuerpo del chico la usara de la forma adecuada. No era sanador, no podía hacer nada más. Por eso no le había ido nada bien al principio.
- ¿Por qué soy el último en enterarse de todo?
Dréngle se rió.
- ¡Como si pudieras enterarte de algo interesante!
Esa risa se fijó en su mente y no la pudo ignorar durante el resto de la cena, ni cuando se durmió, pues siempre estaba rondando entre sus esquivos sueños.
Finalmente se calló. Y esa ausencia, ese vacío, hizo que Fellek se despertase.
Vio sobre él un trozo de metal. Era brillante y estaba increíblemente afilado. A lo largo de él había finísimas líneas hechas de someras hendiduras que formaban glifos. Leyó unas palabras: “Corazón de Tarusk”. El metal se ensanchaba hacia su pico, donde cambiaba y se hacía otra cosa. Y más arriba aún, una cara de hijo del bosque le miraba, las pupilas dilatadas en sus ojos sin blanco debido a la oscuridad.
No.
Expulsó de sí el sueño como si fuera veneno. Rodó a un lado. Mientras bajaba con mortífera velocidad, el metal le cortó unos pelos antes de clavarse en la hierba que cubría la tierra. Fellek se levantó, más despejado que nunca, y desenvainó sus dos espadas mientras que Saelar sacaba su mandoble del húmedo suelo.
El cuarto de luna les alumbraba. Los altos árboles, negros de noche, les respaldaban. Fellek tuvo que admitir que Saelar lo había hecho bien: solo las brillantes estrellas habrían sido testigos del asesinato a traición.
Fellek y Saelar se miraron de nuevo, esta vez de igual a igual.
Fue Saelar. Se lanzó hacia el humano lanzando un golpe lateral. Fellek se agachó y saltó tras el paso de la espada. Con sus dos filos apuntaba al costillar de Saelar. Con esa reacción vencería a cualquier hombre.
Pero Saelar no era un hombre. Se lo recordó con un puñetazo en el pecho. Inmediatamente su mandoble describió otro arco.
Sobre él. A su alrededor. En su interior.
El mandoble golpeó una de las espadas. La imposible fuerza del impacto hizo volar a Fellek. Cuando cayó, Saelar corrió hacia él. Pero el chico se repuso de la caída y se movió a un lado. ¿Qué había visto? Fuera lo que fuese, había pagado cara la distracción.
Saelar volvió a lanzar su espada, y Fellek puso todas sus fuerzas en sus brazos mientras los recolocaba para bloquear el movimiento.
El choque le pareció el tañido de míriadas de campanarios.
Y mientras ambos aguantaban la posición, Fellek comprendió que había tenido suerte. Había resistido gracias a la sorpresa y a que Saelar no estaba acostumbrado a luchar contra sus armas. Su única esperanza era despertar a alguien, pero estaban demasiado lejos…
Estaba sobre él y a su alrededor. Se colaba en su interior. Y también estaba dentro de Saelar. Los titánicos árboles oscuros, de alguna manera, se nutrían de él y lo transmutaban. Era simple, pero a la vez antiguo, poderoso y casi infinito. Era el viento. Y entre el entrechocar de las espadas, Fellek vio que estaba dividido en pequeñas partes. A partir de una, qué fácil sería manejar muchas…
Con un vigoroso golpe, Saelar le arrancó ambas armas de las manos y se preparó para asestar el golpe de gracia. Pero cuando la espada volaba hacia él, Fellek comprimió los fragmentos de viento en la trayectoria de la espada.
Al instante se cansó. Notó algo húmedo que salía de su nariz y fluía hasta sus labios. Era sangre. La espada se ralentizó cuando Saelar encontró una inusitada resistencia en el aire. Esto le dio tiempo a Fellek para salir corriendo y agarrar una de sus espadas. Pero al volverse vio a Saelar prácticamente sobre él, furioso. El mandoble serpiente reptaba como el rayo hacia su corazón.
Fellek hizo acopio de fuerzas y se concentró en el poco aire que había entre el puño de Saelar y su espada. Hizo que se expandiera rápidamente y que después entrara aire de fuera.
La mano de Saelar se abrió y la espada cayó al suelo. Fellek empezó a sentirse como si no hubiera dormido en cinco días, pero no podía ceder. Clavó la punta de su arma en el cuello del rey sin reino aprovechando su sorpresa, pero apenas traspasó su piel.
- Si no le dices nada a nadie- le dijo en el idioma de los hijos del bosque para mostrarle que no mentía- yo tampoco lo haré.
- Antes dime cómo es que hablas mi lengua, humano.
Fellek hundió la espada un milímetro más en el cuello del rey mientras descubría el brazo que la sujetaba. El rey vio la cicatriz que escribía un nombre: “Tréngol”. Pareció enfurecerse y se tensó. Fellek movió la espada para hacer que la notara.
- ¡Dilo, Saelar!- susurró el chico.
- Me has ganado, humano de mierda- murmuró este.- Lo prometo.

Fellek intentó no dormir el resto de la noche y así vigilar a Saelar, pero prácticamente cayó al tumbarse. Su sueño fue profundo y vacío de ensoñaciones.

Se levantó como si la noche anterior cinco hombres le hubieran dado una paliza hasta cansarse. Le dolía todo el cuerpo y era aún peor cuando intentaba moverse. En el desayuno vio que Saelar rehuía su mirada. A saber si eso era bueno o malo.
Cuando se levantó para reanudar la marcha, Zakk le miró.
- Te mueves raro, Fellek. ¿Te pasa algo?
- Me duele…
- Todo, ¿verdad?
Asintió con la cabeza.
- ¿Se puede saber por qué no me has dicho que has descubierto tu magia?
Al oír esto todos se giraron hacia ellos.
- ¿Y por qué no me lo has dicho tú antes?
- La habrías intentado usar, y eso no es bueno. Tiene que salir sola la primera vez. Has tardado, ¿eh? ¿Piensas averiguarlo por ti mismo o también tengo que decirte que eres elenthi?
- De la casa Hyulaera. Eso ya lo sabía.
Se puso la mochila y siguió el camino.
No pasó mucho tiempo hasta que se le acercaron los mellizos.
- Fellek, ¿eres elenthi?- preguntó Tréngol con sorpresa.
- Sí…
- ¿Y cómo lo has sabido?
- Sé leer runas. ¿Te acuerdas de la canción que canté en la posada? Ese idioma, el idioma de mi familia, es el elenthi.
- ¿Y eres mago?- preguntó Dréngle.
- Eso parece…
- ¡Sabía que eres más de lo que parecías, Fellek! ¡Te lo dije!
- ¿Qué os traéis entre manos, Dréngle?
- ¡Eh! Solo porque hayamos empezado a hablar no significa que…
- ¿Segura?- a Tréngol le brillaban los ojos.
- ¡Oye!- su hermana le empujó riéndose.


Capítulo 8

8. Wïnt

Después de comer vio que Zakk y Dyogun hablaban. Tras eso se le acercó el mago.
- ¿Hoy no entreno?
- Oh, ya eres muy bueno con la espada. Has aprendido rápido y ya no no necesitas. Por eso le he pedido a Dyogun que a partir de ahora me deje enseñarte a usar tu magia. Ha accedido. Bueno, vamos a un sitio donde podamos concentrarnos mejor.

Dejaron el camino y se adentraron en el bosque. Allí anduvieron un rato hasta que Zakk encontró un claro de su agrado. Era amplio y rodeado de amplios robles, a través de cuyas hojas se filtraba la luz del sol. Esto hacía que la hierba que cubría su suelo pareciera aún más verde.
- Aquí estaremos bien. Antes que nada, Fellek, ¿cómo ves el viento?
- Es… como… No sé, un mecanismo hecho de piezas muy pequeñas.
- Como se nota que lo llevas en la sangre. Muy bien. Esto nos ahorra mucho tiempo.Supongo que ya lo has modificado, ¿no?
- Sí…
- Bueno, pues eso no necesita más maestro que el entrenamiento. Cuanto más lo hagas, lo harás mejor y te costará menos. Sin embargo, manipular tú mismo todo lo que quieres usar es difícil y costoso. Por eso te estoy enseñando. La primera lección es que toda acción tiene su reacción, es decir, cualquier modificación que hagas en el viento tendrá sus consecuencias. ¿Qué significa esto, Fellek?
- Que… si abuso de mi magia puedo causar problemas.
- Bueno, es una interpretación... Pero el viento es un elemento muy estable. El mayor daño que puedes hacer sin querer es a ti mismo. No.
- Entonces... - ¡Eso era!- Puedo aprovechar esas reacciones a mi favor.
- ¡Sí! Bien, Fellek. Pasemos ahora a la práctica.

Acabaron dos horas más tarde. Fellek estaba cansado por el esfuerzo.
- ¿Empiezas a entender por qué estás con nosotros?
- Sí. Los dragones vuelan, pero el viento no es su elemento natural.
- Eso es.
- Pero, aún así… Hay cientos de magos del viento que me superan.
- Que aún te superan- corrigió el mago.- Sí, admito que todo sería más sencillo con uno de ellos. Pero tú eres único.

Se animó por la tarde, y estuvo hablando con los mellizos y su padre. Vio que por el norte unas formas abultadas empezaban a asomar. Cuando le preguntó a Dyogun qué era eso, la respuesta fue:
- Son los Picos Vínteos. Ya nos aproximamos a las grandes cordilleras.
Fellek se sorprendió.
- ¿Ya estamos tan lejos?
- Sí. Al principio casi no avanzábamos por ti, pero ahora vamos bastante rápido.
Fellek comprendió lo lejos que estaba de su isla natal: muy pocas historias de viajeros hablaban de tierras tan lejanas como aquellas por las que caminaba. De hecho, si esas historias eran ciertas, pronto llegarían a Wïnt, la ciudad al pie de los Picos Vínteos.
- ¿Wïnt está cerca?
- Bastante. A este ritmo no tardaremos mucho en llegar.

La guardia de esa noche le tocó de madrugada. Nerya le despertó, y tras desperezarse se sentaron junto a los rescoldos de la hoguera.
- Cada vez te pareces más a Zakk- dijo Nerya.
Fellek no sabía qué quería decir con eso.
- ¿Por qué?
Pero Nerya no respondió. Estuvieron un rato en silencio.
- ¿Me odias, Nerya?
- Te han dicho que odio a los humanos. No, a ti no. Te pareces mucho a Zakk.
- ¿Y eso qué tiene que ver?
- No sé… Bueno, sí. No sé por qué no quiero contártelo. Desde que recuerdo… los humanos me han usado como una bestia de feria, han pisoteado mi persona y se han mofado de mí. Son todos iguales. Solo miran por su propio provecho, no ayudan a los demás si eso les perjudica mínimamente- pausó. Miró a Fellek.- Perdona…
- No pasa nada… A mí tampoco me han tratado muy bien. Oye… ¿Tú cómo luchas?
- Soy como una lechuza. Me centro en ser silenciosa y que no se fijen en mí para luego golpear fuerte.
- ¿Has estado alguna vez en Wïnt?
- No, pero Zakk me ha hablado mucho de esa ciudad. ¿Sabes que ahí está la escuela de magos? Creo que él estudió allí. Me ha dicho que está tan unida con el bosque como cualquier ciudad de Lastenn…

Wïnt no era una ciudad. Wïnt era una parte del bosque en la que los humanos se habían decidido asentar. Y no era normal. En su centro había un gran claro con casas bajas muy apretadas y tortuosas callejuelas entre ellas. Cercaban ese claro cuatro árboles gigantescos. La primera vez que los vio, Fellek pensó que podían rivalizar con la torre blanca de la Ciudadela de Engol. Entre las raíces de estos árboles (que sobresalían de la tierra unos diez metros) y horadadas en su corteza habían viviendas. Las hojas de estos árboles, de tres puntas, eran de un color verde apagado. Fellek se percató de que la madera de esos árboles era la misma que la de la vara de Zakk.

Y vio que la míriada de luces que alumbraban el anochecer no eran luciérnagas, sino frascos de cristal con esferas luminosas en su interior. Claro, en Wïnt había una escuela de magia.

Después de dejar sus cosas en una posada recomendada por Zakk, Fellek y los mellizos no necesitaron ponerse de acuerdo para salir por la ciudad.

De esa noche poco recordaría Fellek más tarde, excepto cuando, en uno de los tortuosos barrios situados entre las raíces de un árbol, salió Dréngle.
- ¡Tienes que entrar, Fellek!- exclamó.
Y eso fue lo que hizo.

Tras la puerta había una habitación de techo bajo, con un suelo de piedras encajadas entre sí y pulidas para suavizarlas. El resto de la estancia era de madera y estaba iluminada por antorchas, no luces mágicas. Al fondo, tras una gran mesa abarrotada de pequeños objetos, se sentaba una vieja encorvada y cubierta de telas.
- Pasa, pasa…- Fellek avanzó.- ¿Quieres algo? Estos amuletos- señaló- siempre están calientes al tacto. Son buenos si estás yendo a un sitio frío. Estas piedras de aquí iluminan. Estas otras siempre señalan a la mina de donde salieron, son las mejores para orientarse, si sabes dónde está esa mina. Esta pulsera…
Pero la mirada de Fellek estaba clavada en un colgante circular, hecho con un metal azulado, en el que estaba escrito con runas: “Casa Ethinaera”.
- ¿Y esto?- lo señaló.
- Ah, eso. Una baratija para colgar sobre la chimenea. Es bonito, pero nada más. Nadie que yo conozca puede colgárselo al cuello.
- ¿Qué es ese metal?
- Ventacero. La mitad de pesado que el acero, el doble de duro. Nunca se oxida ni pierde su forma. Aunque casi no se ve. Solo se forjaba en Elenthia- el corazón de Fellek dio un vuelco-, y desde que cayó, apenas se ve en el resto del mundo. Sí, es raro, pero no sirve para nada. No como el líquido de estos frasquitos, que sirve para no tener sueño…
- ¿Y para qué sirve eso?
- ¿Cómo que para qué? Si necesitas montar guardia toda la noche; los alumnos de la academia me lo piden a menudo cuando tienen exámenes… Está hecho de tais, una baya que, por cierto, crece poco fuera de Elenthia, pero yo…
- Deme tres.
La vieja los cogió.
- Media blanca y un cobre.
- No tengo dinero. ¿Le importa cambiarlo?
- ¿Qué tienes?
Fellek se sacó su colgante de entre sus ropas. La vieja le dedicó una rápida mirada. Después lo volvió a mirar y se enderezó en su silla. Sus huesos crujieron mientras lo hacía.
- Nunca, nunca, nunca, nunca sueltes eso.
Su voz había cambiado. Ahora era más suave, más natural.
- Llévatelos. Te los regalo. Pero ven aquí…
- Fellek.
- Ven aquí, Fellek Hyulaera.
El chico rodeó la mesa para ponerse frente a la anciana.
- Extiende las manos y mírame a los ojos.
Fellek lo hizo y tocó sus manos profundas, como la madera seca pulida; y vio sus ojos suaves, de un azul insaciable. Vio en esa anciana las nanas y cuentos de su niñez, que a su vez eran fragmentos y reflejos de algo mayor…
- No puedo. No puedo leer tu futuro.
- ¿Qué pasa?
- Hay demasiadas cosas mayores que yo en tu camino, Fellek Hyulaera, y no puedo predecirlas. Toma estos frascos. Tus amigos te están esperando. Sal.

El chico se encaminó a la puerta, más que confuso. ¿Qué significaba todo eso? ¿Y por qué esa mujer…?
- Adiós, Fellek- se despidió mientras este abría la puerta-. Y mucha, mucha suerte.


Ocurrió al día siguiente. Los mellizos y el chico estaban cenando en una posada cuando entró un hombre. Pareció que el suelo de tierra compactada tembló un poco y la luz de las antorchas dudó un instante. Pero lo que sí pasó fue que la gente se apartó de la entrada visiblemente, para alejarse de él.

Realmente imponía. Mediría dos metros y no se veía ni en su cabeza ni en sus musculosos brazos un solo pelo. Llevaba chaleco y pantalones de cuero, varios cuchillos al cinto y en las manos unos guantes reforzados con metal. En los nudillos asomaban puntas aceradas.
- ¿Quiere algo?- preguntó con aplomo el posadero.
- Que te apartes, así a lo mejor te ahorras heridas.
Miró a su alrededor.
- ¿Y tú eres Fellek?
Al oír eso Fellek condensó el aire a su alrededor para formar un escudo. Su corazón empezó a latir al galope cuando notó algo penetrar esa burbuja.
- Ya veo…- dijo el desconocido-. Mago del viento, ¿eh?
Fellek saltó para ponerse sobre la mesa y miró al hombre, que se dirigía hacia él. Reforzó la burbuja para que el hombre no siguiera avanzando, pero notó cómo se deshacía. La esperanza empezó a abandonarle cuando dejó de ver los minúsculos componentes del viento y el viento en sí, que se iba difuminando en el resto del mundo.

El hombre golpeó la espinilla de Fellek, que no pudo reaccionar a tiempo. Noró un grito de dolor según las puntas de metal penetraban su carne. Tréngol agarró su arco, que llevaba a la espalda, y disparó a velocidad de parpadeo. El hombre agarró la flecha. Dréngle rodeó la mesa con su daga en la mano. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre le dio una patada en el vientre. La derribó. Los huéspedes huían. Dejaban la comida y la bebida enfriarse sobre la mesa.

El hombre calvo tiró de la pierna herida de Fellek hasta que estuvo boca arriba sobre el suelo. Alzó su pierna y la dejó suspendida sobre el rostro del chico. Soltó la flecha. Por debajo la bota tenía clavos.

Fellek salió de su ensimismamiento y agarró la flecha. Clavó la punta en la pierna que el desconocido mantenía en el suelo.
- ¡Ah! ¡Jodido bastardo!
Fellek rodó por el suelo y se levantó. Tréngol asaltó al hombre, que le derribó de un golpe de brazo como quien se aparta a un perro molesto. Fellek desenvainó una espada y golpeó con ella al calvo. Este interceptó la hija en el aire, tiró de ella. Así la arrancó de las manos de Fellek. Y la partió contra su pierna. El sonido fue como un grito de metal. El chico, sudando y temblando, lanzó una desesperada estocada frontal con la segunda arma. Sufrió el mismo destino.
- Ya está bien para un mendigo lagrimeño, ¿no crees?
El calvo le dio un puñetazo en el vientre. Su vista se nubló mientras unos tentáculos de agujas tanteaban sin piedad sus entrañas.
- ¡Tú!- se oyó una voz tras el desconocido.
Este se dio la vuelta. Ahí estaba Zakk, la puerta abierta y el frío nocturno entrando a sus espaldas, erguido, sosteniendo su vara que se convertía en una afilada lanza metálica, y clavándola en el ojo del extraño, atravesando su calavera.


Cuando despertó, Fellek tenía el vientre y la pierna izquierda vendados. Oyó voces en la habitación de al lado y se levantó. Intentó agarrar sus armas, pero las vainas estaban vacías. Se apoderó de él una terrible sensación de pérdida.

Ignorando el dolor de sus heridas y en silencio salió de su habitación. El pasillo estaba oscuro, pero las voces combatientes le guiaron hasta la puerta de la que provenían. Eran las voces de Zakk y Saelar.
- ¿Qué quieres decir con eso, mago?
- Recapacita, Saelar. ¿Dónde estarías sin mí? Te lo digo. Seguirías emborrachándote en los Reinos Fragmentados, Dyogun aún te odiaría por huir, Nerya seguiría siendo una esclava cuyos dueños dejaban a cualquiera violarla por un par de monedas, y tus nietos no existirían. Sin mí no serías nada, ¿y te atreves a cuestionar mi decisión de reclutar a Fellek? Esta tarde el Antimago ha intentado matarle. Le tiene que haber contratado alguien que odie lo suficiente a Fellek, que haya pasado hace poco por Wïnt y sepa que el Antimago estaba aquí, y que pueda contratarlo.
- ¡Yo no he sido! Te juro sobre el pomo de esta espada, forjada por el mejor herrero de Lastenn para i bisabuelo, que he aprendido y valoro a ese chico.
- Me estás dando miedo, Saelar…
- ¡¿Dudas de mí?!
- No. Y eso significa que hay alguien que quiere matarnos…
Para Fellek todo se volvió silencioso.


Capítulo 9

9. Volviendo al hogar

Su siguiente recuerdo pertenecía al desayuno siguiente. Comía sin ganas. Todos le miraban.
- ¿Qué te pasa, Fellek?- le preguntaba Nerya.
- Ya no soy nada…- no podía llorar.- Ni magia, ni armas…
Dejó la comida. No tenía apetito.
- Lo siento. No os sirvo. Dejadme aquí.
- No puedo permitirme inútiles en mi empresa- intervino Saelar.

Se levantó, caminó hacia Fellek y desenvainó su espada. La levantó.
La ira se encendió dentro de Fellek. ¿Iba a intentar matarle otra vez? ¿Acaso no había aprendido? Se levantó y le gritó algo. Todos ahogaron una exclamación.

Fellek se calmó repentinamente. El viento estaba a su alrededor, esperando una orden. Saelar estaba tirado en el suelo, y el aire de su alrededor estaba completamente rígido. No podía moverse, ni respirar.
- ¡Para! ¡Déjalo, Fellek!- gritaba el mago, mientras intentaba liberar al hijo del bosque.
“¿Cómo de poderoso soy?”, se preguntó Fellek mientras retiraba el viento que oprimía al rey.
- De nada… Fellek- logró decir Saelar.
¿Qué? ¿Lo había hecho a propósito?
- Gracias…
- El efecto de ese hombre, del Antimago- explicó mientras se levantaba-, es temporal, después está solo en tu cabeza. Y sobre lo otro, no te preocupes. Eso eran dos pedazos de mal acero deformados en la Ciudadela de Engol. Tú te mereces dos armas forjadas en las ciudades del Sur.

Su respeto hacia el rey volvió a crecer. Esa había sido una maniobra muy inteligente. Y sería un cobarde, pero provocarle así, si manejaba el viento mejor que Zakk, que era probable, había sido muy atrevido.

Empezó a ser consciente de su entorno. Estaban a las afueras de Wïnt, en un camino distinto de aquel por el que habían entrado. Las plantas a los lados del camino empezaban a florecer. A través de las copas de los árboles la luz matinal llegaba verdosa al suelo.
Fellek, ya completamente despejado, se acercó al mayor de los hijos del bosque.
- Discúlpame, Saelar.
Lo dijo en el idioma de Lastenn, tendiéndole la mano.
- Discúlpame tú.
Se estrecharon la mano. Los demás les miraban con desconcierto al no comprender qué pasaba, y alivio al ver que la tensión desaparecía.

Se volvieron a sentar. Hubo un silencio incómodo, que se rompió cuando Zakk empezó a hablar.
- Quería pasar unos días más en Wïnt, pero creo que es hora de irnos después del incidente de ayer. Es hora de tomar el desvío del que os hablé. Vamos a atravesar los Picos Vínteos y entrar en el Reino Peligroso.
De inmediato surgió el revuelo. Los hijos del bosque hablaban rápidamente en su idioma, con sorpresa o indignación. Los dos humanos estaban callados. Fellek sabía que el Reino Peligroso era Elenth, el hogar de sus antepasados. Una parte de él quería ir, otra no. Allí moriría…

- Ningún segundo hijo sale con vida de esa tierra- tomó la palabra Dyogun.- ¿Por qué hemos de ir?
Pero Zakk no dijo nada. Se hizo un silencio tenso. Todos se miraban y miraban al mago. Y lentamente unas palabras empezaron a salir de los labios de Fellek:
- No sé por qué quiere el mago que vayamos ahí. Pero es… allí vivieron mis ancestros… Igual que vosotros queréis volver a Lastenn, yo quiero ver el Reino Peligroso… Mi madre y mi tío me enseñaron a querer esa tierra tanto como a mí mismo. Y si no morimos allí, casi seguro que morimos entre las fauces de un dragón.
- No moriremos así si decidís hacerme caso- añadió el mago.- Y podemos sobrevivir al Reino Peligroso. De ahí sale el colgante de Fellek.
- Exiges demasiado, mago- respondió Saelar.- Es una pena que hayas dado demasiado como para ignorarte. Iremos.

Durante el camino los hijos del bosque mantuvieron un silencio casi hostil. Fellek trató de refugiarse de él conversando con el mago, que pareció aliviado cuando el chico se le acercó.
- Oye, Zakk, ¿se puede ver el futuro?
- Qué fácil es esa pregunta, Fellek, y qué difícil es responderla. Hay una disciplina de la magia, la presciencia, que se dedica a intentarlo. Mira, el tiempo es como un árbol, y nosotros caminamos por su tronco. Al llegar a la primera rama, lo más probable es que no nos desviemos, pero puede pasar.Sin embargo, según avanzas hay más y más posibilidades de que tu camino deje el tronco, y llega un momento en que el tronco ya no existe… ¿Entiendes?
- Eso creo…
- Los que se dedican a la presciencia pueden, con mucho talento y práctica, ver muchos de los caminos posibles y determinar el más probable; siempre que todos los seres que haya sean iguales o menores que ellos. Tratar de predecir el futuro es como… Como mirar entre una niebla espesa: cuanto más lejos mires, menos ves; y eso si no tienes ninguna roca delante.
- Sí…
- Bueno, ¿por qué preguntas esto?- su gesto se volvió algo más alegre-. ¿Quién se ha ofrecido a leer tu futuro? Seguramente algún estudiante de la escuela de Wïnt con dificultades económicas. ¿Cuánto te pidió?
- No fue ningún estudiante, sino una vieja que tenía una tienda entre las raíces de…
- ¿Sigue viva la vieja Ivila?- preguntó Zakk con tono asombrado-. Fellek, ¡esa mujer es una leyenda andante! ¿Por qué no me lo has dicho? En mis tiempos de estudiante, si ella se ofrecía a leer tu futuro, lo más probable era que te esperaran grandes hazañas… Dioses… ¿Y qué vio?
Fellek dudó un instante antes de responder:
- Nada…

Ese día los hijos del bosque estaban callados, como reos que hubieran perdido toda esperanza de volver a respirar aire puro. El terreno se hizo desnivelado, la vegetación, escasa, y el cielo, reducido: el camino prometía, al clavar la vista en su lejanía, colinas cada vez más altas y, como colocada sobre el horizonte, la enorme silueta azul de los Picos Vínteos. Tras ellos se encontraba lo que fue Elenth, pero que se llamaba ahora Reino Peligroso, porque ningún segundo hijo que entrara allí salía con vida.

Esta vez el grupo acampó antes, a media tarde. Llevaban desde el mediodía caminando por el valle al pie de los picos, y a esa hora llegaron al pie de una montaña que Zakk llamó el “Monte Partido”. Y era verdad: era un onte ancho, pero mucho antes de la mitad de su considerable altura se dividía, creando un paso para caminantes y un cauce para arroyos idóneo. Por ahí entrarían al Reino Peligroso, pero al día siguiente: estaban cansados de la caminata entre colinas del día y el ascenso era trabajoso.

A Fellek le tocó la última guardia, antes de que se levantaran para desayunar. Había tenido un sueño agitado. Él estaba junto a Hyul, un guerrero de leyenda y ventacero. Le había mirado con desprecio, y había dicho:
- Un ladrón que ni siquiera es capaz de cuidar sus armas no merece ser mi descendiente.
Le arrancaba el colgante del cuello, y después se arrancaba la cara como si de una máscara se tratase. Debajo había un rostro espantoso cubierto de escamas y negrura, que reía y reía…
Cuando Dréngle le despertó lo primero que hizo fue comprobar que conservaba el colgante. Tras sentir el tacto del metal azulado, se sentó junto a Dréngle, con la que compartía guardia.
Sin embargo, ella seguía silenciosa, y su silencio era como un hacha que separase para siempre una rama de su árbol.
- Dréngle, ¿qué te pasa?- preguntó finalmente el chico-. ¿Qué os pasa a todos?
La hija del bosque habló algo después, reticentemente.
- ¿Tú crees que saldremos si entramos ahí?
- No sé… Tampoco creo que podamos sobrevivir a Lastenn.
De pronto comprendió algo, y eso hizo que todos sus pensamientos se convirtieran en palabras que pronunciaba sin razón.
- Tú eres una hija del bosque, pero nunca has visto Lastenn, tu tierra. Queréis verla otra vez aunque os cueste la vida, bueno, todos, pero Tréngol y tú más, porque nunca habéis estado allí. Pues yo igual. Tras esas montañas está mi tierra, la tierra de toda mi familia, lo único que me ha dejad mi familia son historias, y canciones, y recuerdos sobre Elenth… Mi madre tenía demasiadas deudas, y por eso sus acreedores decidieron vendernos a mí y a ella a unos esclavistas. Mi tío se embarcó para ganar el dinero para comprarnos y liberarnos, pero desapareció. Su barco naufragó. Mi madre me tiznó el pelo con carbón para que los acreedores no creyeran que era yo, el hijo de mi madre… Poco después de que la vendieran murió, algún hijo de puta la hizo trabajar en una mina, y… Tras esa tierra están ellos, lo único que me queda de ellos es Elenth…
Rompió a llorar. Dréngle no dijo nada, pero poco después puso su mano sobre el hombro de Fellek. Y ese contacto fue mitigando sus sollozos y acunando su alma como ninguna palabra podría jamás conseguir.

No se demoraron en desayunar y ponerse en marcha. Zakk estaba en lo cierto: subir el camino que atravesaba el Monte Partido era trabajoso. Al llegar al punto más elevado del desfiladero, todo el grupo estaba agotado: el camino era irregular y empinado, y, a la vez que los árboles, el aire se iba enrareciendo. Los hijos del bosque respiraban entrecortadamente, y Zakk, humano al fin y al cabo, tenía que apoyarse en su vara de mago para mantenerse erguido. Sin embargo, Fellek iba a la cabeza del grupo con el sol en sus cabellos: la tierra de sus antepasados, su verdadero hogar, le atraía con una fuerza que el cansancio corporal nunca podría vencer.
Se detuvieron en el punto más elevado del camino. A sus lados, los picos del Monte Partido se alzaban cientos de metros más hacia el azul.
Frente a ellos se extendía Elenth.
Tras los Picos Vínteos había muchas otras cordilleras, aunque todas más bajas, que ocupaban el territorio como si las hubiera sembrado algún dios. Entre ellas yacían fértiles valles cuyas espinas dorsales eran arroyos cristalinos; y discurrían estrechos senderos que conectaban los valles. Aquí y allá se apreciaban las diminutas ruinas de algún poblado olvidado.
Fellek miraba y miraba, y recuerdos que él nunca podría haber vivido empezaron a aflorar en su mente. Habían llegado. ¡Habían llegado!
- ¡Siiiii!- exclamó eufórico.
Fue entonces cuando lo notó, y su alegría se cortó al instante. Algo estaba alterando el viento. Lo torcía de maneras antinaturales. ¿Qué era?
La respuesta a esa pregunta se posó ante el grupo. Era un ser que se escapaba a la lógica, procedente de una raza tan antigua como el mundo. Tenía un cuerpo de tres metros de altura cubierto por un plumaje blanco inmaculado, sostenido por cuatro largas y poderosas patas. Su cuello era delgado, y lo remataba una cabeza de la que la del halcón parecía una burda imitación. Sus ojos eran del color del cielo al atardecer. Y sus alas eran gigantescas, y mientras las plegaba privó de luz solar a los siete.
- Un Selan...- murmuraban los hijos del bosque, sin atreverse a alzar la voz.
Cuando el Selan hubo acabado de aterrizar, Zakk alzó su voz:
- ¡He vuelto, anciano Íesin, como prometí!
Íesin no respondió, pero fijó su mirada en el grupo. Algo iba mal.
Fellek y Zakk lo sintieron a la vez. Comprimieron el aire alrededor del grupo para formar un escudo semiesférico.
Un segundo más tarde, lanzas de viento creadas por el Selan impactaron sobre él. Parecía que todo el cielo estaba tras cada una de esas lanzas, que cortarían acero y piedra hasta clavarse en su objetivo. La resistencia de Zakk pronto sucumbió. Pero no la de Fellek. No, no iba a dejar que nada, nada impidiera lo que su familia llevaba generaciones anhelando. Miró con sus ojos azules a los de atardecer del Selan, desafiándole.
La presión aumentó, pero Fellek no cayó. El Selan apuntó con todas sus lanzas a Fellek, que no tardó en rehacer su defensa.
No, no podía ganar. ¿Cómo podía un segundo hijo, por muy bien que manejara el viento, a un Selan? Cayó de rodillas.
Pero no iba a morir sin luchar. Notó cómo la sangre empezó a manar de su nariz, manchando sus labios y goteando hasta su camisa.
Pero Íesin hizo otro esfuerzo que quebró el escudo de Fellek. Las lanzas cortaron su ropa.
Y se detuvieron. El Selan tenía la mirada fija en el colgante que el mago le había regalado. Y habló. Su voz era el aullido y el susurro del viento, modulado y entrelazado consigo mismo de tal forma que surgían palabras. Sólo cuando se hizo el silencio comprendió Fellek que le había dicho, en su lengua materna:
“Disculpadme, rey.”


Capítulo 10

10. La Garra

Fellek se encontró de nuevo caminando junto a un pequeño pero rápido río en un valle. Se dio un momento para reflexionar sobre lo que acababa de ocurrir. La inesperada revelación le golpeó con tanta fuerza que creyó que las heridas de su último combate volvían a doler. Apenas pudo volver a hablar coherentemente imploró al Selan que dejara a sus compañeros vivir: sin ellos, nunca habría llegado hasta allí. El Selan asintió. Después le ofreció que él y algunos de sus hermanos llevaran al grupo a la vieja Tirs. Cuando Fellek tradujo la propuesta los cinco hijos del bosque se revolvieron visiblemente. Cuando se calmaron, Dyogun explicó:
- Somos hijos del bosque, no del viento. No es bueno que volemos.
Fellek lo tradujo, y el Selan le miró a los ojos. El color de atardecer hizo que el alma de Fellek se calmara, limpiándola de toda emoción excepto una profunda paz.
“De acuerdo, rey Fellek de la casa Hyulaera. Nos veremos en Tirs.”
- No sé dónde está Tirs- había respondido Fellek, las dudas volviendo a invadir su alma.
Pero la mirada de Íesin le volvió a calmar. El primer hijo murmuró unas palabras en una lengua más antigua que la que hablaba Fellek. Era la esencia del susurro del viento.
“Ahora sí.”
Salió volando tan majestuosamente como había llegado. Y sin sus ojos, Fellek se volvió a aturdir por la confrontación de emociones y pensamientos que atormentaban su alma y mente.
Solo en ese momento había vuelto a encontrar la claridad suficiente para pensar.

Durante dos días apenas habló. Estuvo inquieto por el día pero durmió mejor que nunca por la noche. Le parecía que reconocía cada ruina, cada charco, cada hoja, cada elevación del terreno.
Al final del tercer día llegaron a Tirs.

A medida que se iban adentrando en Elenth, los montes se fueron suavizando hasta que el grupo se encontró caminando por un gran valle. Y en el corazón de ese valle estaba Tirs. La ciudad tenía dos partes. La primera eran edificios bajos, muchos de ellos derruidos, a la orilla de un gran lago al que todos los ríos de esa tierra, al estar aprisionados por los Picos Vínteos, debían ir a morir.
La segunda parte de Tirs estaba sobre el lago. De sus orillas se levantaban puentes que llegaban a una isla en su centro. De esa isla brotaban construcciones de piedra que estaban hechas a la vez para Selan y humanos; y eso se notaba: sus entradas eran gigantescas, no había puertas que las cubrieran y muchas de ellas no estaban sobre el suelo
- Sus torres besan el cielo y sus muros son de agua…- recordó Fellek.
Tréngol le dio una brusca palmada en la espalda.
- ¿A qué esperas? ¡Venga, vamos allá!
- ¿Qué? ¿Por qué?
- Es tu reino, ¿no?
- Es mi tierra, sí, pero… no siento que sea mi reino. No quiero profanar ese lugar.
- Y sin embargo debes ir, Fellek- se acercó Zakk-. No iremos si no quieres, pero tú debes entrar. Esa es la isla de las Garras y Espadas, el bastión que tu antepasado Hyul, Etharen y otras parejas de humano y Selan empezaron a construir. Ahí está tu destino, Fellek, y nuestra única esperanza de éxito en esta empresa.
El chico se dio la vuelta y les miró a todos a los ojos. Por un momento se permitió pensar cuánto habían cambiado las cosas: al inicio del viaje, Zakk y Saelar habían discutido sobre si aceptarle o matarle; ahora ambos, y el resto de la compañía, esperaban una orden suya.
- Venid conmigo- dijo-. Sois mi segunda familia, y si los Selan no saben aceptarlo, me arrancaré el colgante que llevo y negaré ponerme la coorna.
Y tras un instante, añadió en el idioma de los hijos del bosque:
- Lo juro.
Eso pareció infundir seguridad a sus acompañantes, lo que reconfortó a Fellek. Se giró, miró la isla y empezó a avanzar por el puente.
Nadie dijo nada mientras cruzaban el lago, pero no por miedo a los Selan: la estructura que pisaban debía de llevar cientos de años sin arreglar, y los siete estaban concentrados en dónde ponían los pies.
Fellek se alivió al pisar la isla, ya que no tendría que temer por que cediera el suelo. Empezó a subir por las calles empedradas. Pero pronto le volvió a invadir el desasosiego. Había visto grandes cosas, como la torre del emperador de la Ciudadela de Engol o los cuatro árboles de Wïnt. Pero esa ciudad, que no contenía cosas grandes, era grande, y estaba vacía, lo que la hacía fantasmagórica. Puede que las plantas crecieran en cualquier lugar posible, y que llenara la ciudad el silencio, pero no era un silencio de cementerio. Ninguno de los edificios había caído en tanto tiempo. No, la ciudad no estaba muerta, la llenaba una vida extraña e incomprensible.
- Desconfían de vosotros- habló Fellek repentinamente-. O de nosotros, no sé.
- ¿Quiénes?- preguntó Dyogun tras unos segundos.
- Los Selan…
Sí, quizá estuvieran escondidos en esa ciudad hecha también para ellos, esperando cualquier paso en falso para aparecer…
Fellek sacó el colgante de bajo su remendada camisa: era lo que le había salvado en su enfrentamiento contra Íesin. Dolorosamente reanudó la marcha. Y reticentemente los demás le siguieron.
En el punto más elevado de la isla encontraron un edificio de una sola planta, aunque bastante alto (incluso para esas construcciones) y circular. La puerta se abría ante ellos como las fauces de algún gigantesco animal hambriento.
- Creo que a partir de aquí has de continuar solo, Fellek- dijo Zakk.
Y Fellek asintió. Entró al edificio.

Cuando sus ojos se acostumbraron al cambio de luminosidad se asustó. Muchos Selan le miraban desde los bordes de la sala.
Había humanos frente a ellos.
“No te asustes, rey Fellek. Son esculturas.”
Fellek parpadeó un par de veces y vio que era así. Miró alrededor de la sala.
Las estatuas eran ocho humanos y ocho Selan, en parejas. Rodeaban la sala. En su centro había un círculo de suelo elevado donde se encontraba Íesin.
- ¿Quiénes son?
“Los primeros Garras y Espadas. Hyul, Etharen, y los que se les unieron tras derrotar al rey de Annun.”
Fellek se paseó por la sala observando las estatuas. Parecía que fueran sus modelos petrificados, de tan logrado como estaba el retrato. Se detuvo en la estatua de Hyul. Llevaba puesta una armadura de ventacero, y sobre su casco estaba escrito en pequeñas runas: “Hyulaera”. Siguió avanzando y vio a una mujer coronada.
- ¿Quién es esta mujer?
“Es la Reina Thanla.”
- ¿Por qué no lleva Hyul corona?
“Hyul nunca aceptó ser rey. Él decía que un rey debe hacer medrar a su reino en tiempos de paz, y como él era un guerrero, no reinaría bien. Pero ven aquí.”
Fellek se acercó al estrado central mientras el blanco Selan se bajaba de él.
“Aquí estaría el trono de los elenthis. Pero era de madera, y los años lo han devorado. Mira sobre qué se alzaba el trono, rey Fellek; mira qué sostenía el reino de Elenth.”
El chico miró el suelo del estrado. Vio unas runas grabadas sobre las losas de piedra. Eran pocas, y decían…
Nada. Absolutamente nada. Era un lío de letras sin sentido.
- ¿Qué es?
“Es el hechizo que el padre Etharen y el guerrero Hyul tejieron cuando eran jóvenes con sus últimas fuerzas para atar sus almas y así salvarse ellos y salvar a su pueblo. Con este hechizo elenthis y Selan se unían para convertirse en parejas de garras y espadas. Y con él te unirás a alguno de mis hermanos. Pronúncialo, rey Fellek.
Fellek volvió a leerlo y a intentar descifrarlo. Y esa vez leyó en esas runas las nanas de su madre, los cuentos de su tío, todo el idioma en el que estaba hablando con el Selan.
- Hay demasiadas maneras de leerlo…- dijo desanimado.
“Sí. Es porque está escrito en mi idioma, del que el tuyo procede. Puedes leer todo ese idioma en estas runas. Pero hay un significado más allá de todo eso.”
- Debe de estar en tu lengua. Yo no la conozco.
“Sí. En ella te indiqué el camino que has seguido para llegar aquí.”
Fellek recordó esa frase del Selan. Y aunque no la entendiera se aferró a ella, y volvió a enfrentarse a las runas. Y esta vez leyó algo más, y supo que eso era lo que tenía que pronunciar. Al principio se perdió entre las sílabas y las palabras, ese idioma era demasiado retorcido. Pero después empezó a comprender algo de lo que decía. Hablaba de una unión tan cercana que Fellek no encontraba palabras para ella, hablaba de muerte y poder y los castigos que sufriría quien rompiera ese lazo.
- Y así, alma de viento, me uno a ti- concluyó.
Inmediatamente después se sentó en el suelo de puro cansancio. Ahora entendía todas las palabras, pero tras ellas había una fuerza inexplicable que se había liberado mientras pronunciaba el hechizo. Se sentía como si le hubiera atravesado un huracán.
“¿Os encontráis bien, rey?
- Sí… sí. Solo estoy algo cansado.
“De acuerdo. Ahora que ya está hecho lo imprescindible, ¿hay algo que desees saber?”
- ¿Qué ha sido de mis compañeros?
“Una hermana les ha guiado a un sitio con suelo de tierra, para que se acomoden. Tienen madera para hacer fuego. Están a salvo,aunque creo que aún no muy tranquilos. Eres tú quien puede calmar realmente sus corazones.”
- Bueno, supongo que podrán esperar…
La pregunta que hizo Fellek a continuación llevaba mucho tiempo rondando su mente, pero jamás se la había formulado a Zakk.
- ¿Por qué cayó Elenth?
“Es una larga historia, rey Fellek. Se remonta al conjuro que acabas de pronunciar. Para asegurar la unidad entre nuestros pueblos, poco después de la muerte de Hyul los sabios decidieron que los reyes Selan y humanos deberían estar unidos. Por ello modificaron el significado del conjuro e hicieron que uniera el poder político, además de el mágico. Pero el conjuro es profundo y retorcido,modificarlo es tarea de titanes. Esos sabios hicieron un excelente trabajo, pero el tiempo demostró que no fue perfecto.
Poco antes de la caída, Elenth era un reino próspero. No había guerras. Aquello era bueno,pero tenía su parte mala: habíamos bajado la guardia. La vieja reina humana murió y su pareja, el viejo rey Selan, cedió su puesto a su primogénito. Sin embargo, al pronunciar el hechizo, los nuevos reyes no se unieron el uno al otro. Parecía no haber problemas, pero las parejas de los reyes, ansiando poder, convencieron a los soberanos de que debían derrocar al otro rey y darle su puesto. Al declarar estas intenciones en público, las Garras y Espadas se dividieron. Así empezaron las Guerras Fratricidas.”
- Padres mataron a hijos, hermanos mataron hermanos…- el chico recordó esa canción.
“Veo que conoces la historia, aunque sea poco, rey Fellek. Sí, y el final de las Guerras Fratricidas vio la muerte del último elenthi. Se dieron cuenta entonces los Selan de lo que habían hecho, y por eso juraron que hasta que un elenthi volviera a Elenth, matarían a todo segundo hijo que profanara el reino.
- ¿Y yo?- preguntó Fellek. ¿Por qué yo soy elenthi si todos fueron asesinados en esas guerras?
“He dicho que no quedaron humanos en Elenth. No todos murieron. Una espada, Syltha Hyulaera, vio a su pareja morir asesinada por sus propios hermanos, y se dio cuenta de la atrocidad de la guerra. Viajó a ambos aspirantes a reyes y les imploró que cesaran las batallas, pero no logró nada. Entonces proclamó que se iría tan lejos de Elenth como pudiera, hasta que esa guerra absurda hubiera acabado. Algunos la siguieron y fueron a otros rincones del mundo. La llamamos la Desgarrada, pero bien podríamos llamarla la Salvadora: tú, rey Fellek, desciendes de ella.
Después de eso no dijeron nada. Fellek intentaba reflexionar. No podía. Era demasiado.
- Voy… con ellos.
Y salió.

No le costó encontrar el edificio donde se había asentado el grupo: salía humo por una ventana.
En lo primero que se fijó nada más entrar fue en que la ventana por la que había salido el humo no era una ventana, sino la chimenea, que en vez de estar abierta por el techo, lo estaba por la pared.
Después vio que los que le habían acompañado durante mucho tiempo ya le miraban como a un extraño. Y se preguntó si se conocía a sí mismo. ¿Cuánto de él había cambiado irreversiblemente tras leer ese conjuro? Demasiado, quizá demasiado.
Se sentó frente al fuego entre ellos. El interior del edificio estaba completamente desnudo. El suelo no estaba empedrado. Lastenn estaba usurpado, pero en él vivían todos los hijos del bosque. Elenth no existía. No era Saelar el rey sin reino, el rey de nada; era él mismo.
- ¿Qué tal?- preguntó Dréngle.
No respondió. Lentamente unas palabras salieron de su boca.
- Saca aterz, Saelar…
- ¿Por qué?- preguntó el verdadero rey.
- ¿Estamos a salvo?- preguntó Tréngol.
Con dificultad, él asintió con la cabeza.
Y de pronto Dyogun soltó una risotada.
- ¿A qué vienen esas caras largas? Padre, ¡haz caso a su majestad! Hemos sobrevivido al Reino Peligroso, ¡nos merecemos un trago!
No pasó mucho tiempo hasta que estuvieron bebiendo, comiendo y contando historias. Sew fueron a dormir tarde, y la sonrisa no les abandonó. Esa noche no hubo guardias.

Fellek se despertó temprano. Los demás aún dormían. Alguna fuerza tiraba de él hacia el exterior.
El sol se alzaba sobre las montañas al este de la ciudad. Fellek corrió sobre las calles empedradas hasta llegar a una plazoleta. Ahí estaba ella. ¿Pero podía estar seguro de que era una Selan? Sí, estaba claro. Era negra, muy delgada. Se miraron a los ojos un instante. Los tenía color mediodía. A Fellek le invadió el entusiasmo, pero no solo el suyo. En el fondo de su alma se estaba llenando un hueco del que hasta ahora no sabía nada.
Corrió hacia la Selan. Ella bajó la cabeza, y él abrazó su cuello.
“Fellek Hyulaera”, susurró.
- Náilze. Náilze Zuilkat- respondió el chico.
“Nunca pensé que sería yo la que sintiera tu llamada.”
- Y yo jamás pensé que sería una espada.
Entonces, lentamente, Fellek le fue contando a su nueva compañera su historia. Todo lo que no sabía poner en palabras lo recordaba, sabía que ella lo entendería.
“Eres fuerte para tu corta edad, Fellek. ¿Cuál es?”
- ¿Eh? ¿Mi edad?
Ella asintió, y él se ruborizó.
- Eh… No lo sé… Más de once años, menos de quince, creo… ¿La tuya?
“Cincuenta y ocho de vuestros años.”
- ¿Tanto?
“Es poco para un Selan.”
Fellek se sintió tonto. Los primeros hijos vivían mucho más que los segundos, y de estos, los humanos eran los que menos duraban.
Náilze miró el sol.
“Íesin quería que te presentases con tu pareja frente a la sala del trono.”
- ¿Cuándo?
“Ahora.”
Así que la recién formada pareja subió al punto más alto de la isla.
Allí, de pie sobre el tejadillo que cubría la sala del trono, estaba el Selan blanco.
“¿Náilze?”
“Así es”, respondió ella.
- ¿Qué pasa con ella?- preguntó Fellek.
“Ella… es joven.”
- También lo soy yo.
“De acuerdo, no hablemos más de esto. A partir de ahora notaréis muchos cambios. Náilze, tu mente se organizará y te será más fácil razonar. Rey Fellek, sobre lo tuyo no sé tanto. Tu magia crecerá, pero no puedo decirte más. Ahora seguidme.”
- ¿Por qué?
“Tenéis que aprender a volar y luchar como Garras y Espadas. y tú, rey, necesitas armas.”
Estas, y otros utensilios que necesitaban (como un sistema de correas para impedir que el humano se cayera del Selan cuando volaran) se encontraban en unos amplios arcones que a su vez estaban en un edificio extenso, pero de una sola planta.
Fellek encontró dos espadas que se parecían a las que había usado hasta que el Antimago las partió. Las sacó de sus vainas, y no pudo evitar una exclamación de asombro. El metal era ligerísimo, y brillante, como nuevo. Su brillo era azul. Deslizó el dedo por el borde de una de ellas. Las gotas rojas que se formaron sobre su piel le confirmaron lo que ya pensaba: en todos los siglos que llevaban sin usarse, no se habían desafilado. Así que esas eran armas de ventacero, el metal de los elenthis.
Se fijó en la parte superior de la hoja. Bajo la juntura con el mango había una runa en cada espada, y rezaban “Ala” y “Garra”.
- ¿Son estas las armas de Hyul?- preguntó a Íesin.
“No. He de hablarte sobre él. Parece que los humanos habéis olvidado muchas cosas. Tu ancestro nunca luchó con filo. Pero esas son grandes armas. Fueron del guerrero Aneth, uno de los primeros aprendices de Hyul.”
Fellek, algo desencantado, las miró de nuevo. De todas formas, él luchaba con esas armas, por lo que cogió las vainas de las espadas, se las ató a la espalda como había llevado las que le regaló Saelar, e introdujo las armas en ellas.
Y le inundó un sentimiento de seguridad:se había olvidado, o se había acostumbrado, a lo desnudo que se sentía desarmado.
Como ya tenían lo que necesitaban, la pareja y el anciano salieron al aire libre y volvieron a la sala del trono, solo para rodearla. En la parte posterior, la opuesta a la puerta, había un gran espacio vacío que no era una plaza: su suelo no estaba empedrado. A Fellek le sorprendió, aunque no demasiado: Náilze ya conocía bien este lugar.
“Aunque podamos caminar por las calles, este sitio es mejor para saltar al aire y posarnos sobre la tierra: es más amplio, y con las piedras es más fácil dañarnos.”
“Os he traído aquí”, habló Íesin, “para que voléis. Una pareja de Garras y Espadas no lo es hasta que no saben volar juntos.”

Fellek y Náilze pasaron la siguiente hora tratando de envolver bien la maraña de correas alrededor del cuerpo de la Selan. El anciano blanco trataba de darles indicaciones, pero estas eran bastante pobres: él nunca había tenido que manejar uno, y habían transcurrido siglos desde que su espada se lo puso por última vez.
Cuando por fin las correas estuvieron bien colocadas alrededor del cuerpo de Náilze, su función se hizo clara: estaban hechas para sujetar las piernas y los brazos del humano al cuerpo del Selan, y darle puntos de apoyo a la hora de subirse o bajarse.
De estos puntos de apoyo hizo uso Fellek, avisando a Náilze únicamente con un pensamiento. Ella no se sorprendió cuando el chico saltó y escaló hasta su lomo. A la hora de atar sus extremidades, vio que las correas que sujetaban las piernas estaban mucho más desgastadas que las que sujetaban los brazos: se usaban más. Además, pensó, solamente podía atar un brazo, nunca ambos. Sin embargo, los dejó libres. Cuando terminó de asegurar sus piernas, Náilze exclamó:
“¡No molestan!”
Estaba sorprendida.
“¿Dejarías que un segundo hijo se subiera a ti si doliera, Náilze?”
Ella no respondió, pero Fellek notó su orgullo. Era una primera hija, no se subyugaría así frente a un segundo. Y Fellek atisbó la grandeza del conjuro que le unía a Náilze: vencía el miedo del segundo y el orgullo del primero.
- ¿Tienen nombre?
“¿El qué?”
“Las correas.”
Fellek cerró la boca. La había abierto para contestar, pero la Selan se le había adelantado.
“Las llamábamos ligaduras. Si no vais a decir nada más, saltamos.”
Y sin previo aviso, Náilze echó a correr. Iba demasiado rápido. Saltó. Batió las alas. ¡Ya no estaba sobre el suelo! ¡No podía ser! ¡Se…!
“¡Cálmate, Fellek! Me estás poniendo nerviosa… ¿De verdad crees que vamos a caer?”
Fellek respiró hondo y trató de tranquilizarse. Sin embargo, quedó en él una tensión que no le permitía mirar hacia abajo, únicamente al frente. Solo entonces notó que, aunque Náilze había hablado en voz baja, la había escuchado perfectamente.
“Náilze, habrás notado que así eres más torpe volando. Y tú, Fellek… Siempre resulta difícil volar por primera vez. Pero tienes que estar tan calmado como ella. Y a ti, Náilze, te falta la amplitud de visión que puede tener Fellek. Por eso tenéis que acercar vuestras mentes, mucho más de lo que están ahora, y así conseguiréis volar mucho mejor.”
“¿De verdad?”, Náilze estaba incrédula.
“Si no, Étharen no habría aceptado el pacto.”
Durante varias horas Íesin les puso pruebas para enseñarles a volar juntos, y no consiguieron hacer nada bien. Sin embargo, cuando por fin se posaron sobre la tierra, estaban riendo sin razón.
- Náilze, ¿por qué Íesin te habla en mi idioma?- fue lo primero que dijo Fellek tras calmarse.
“No creo que fuera muy cómodo para ti no entendernos. También nuestra habla tiene… poder. Nos limitamos al usarla.
Fue entonces cuando Fellek recordó:
- ¡Los demás!
A la vez que lo decía notó su hambre, y empezó a pensar en lo preocupados que estarían los hijos del bosque y el mago. ¡Llevaba desde la noche anterior sin verles! ¡Y el mediodía ya había pasado!
Echó a correr por las anchas calles. Náilze trataba de seguirle. Pero en tierra era mucho más torpe. A menudo sus garras se quedaban trabadas entre las piedras.
Llegó frente al edificio donde el grupo había dormido. Nada más asomar por la puerta, los mellizos se lanzaron a él.
- ¡Por fin!- exclamó Dréngle.
- ¿Dónde te habías metido?- preguntó su hermano.
Fellek resopló unas cuantas veces: acababa de correr un buen trecho. Después no supo qué decir.
Por la calle llegó Náilze, tan rápido como podía, quejándose en voz baja del empedrado.
- Ella es Náilze- dijo Fellek como respuesta.
Los mellizos parecieron recibir ambos un golpe, y retrocedieron rápidamente. Los otros hijos del bosque tampoco pudieron ocultar su susto al verla. Únicamente Zakk permaneció impasible. Miró a la puerta y, como si solo hubiera pasado un gato por ella, volvió a centrar su atención en la chimenea, que encendió usando su magia.
Fellek se dio cuenta de que Náilze no conocía la lengua común, y rápidamente señaló a sus compañeros uno a uno y murmuró sus nombres.
“Podría haberlo sabido. Antes me hablaste de ellos.”
- ¿Qué hace este Selan aquí?- preguntó Dyogun.
- Náilze es mi vínculo- explicó el elenthi-. Soy una espada.
- ¿Qué?
- Un jinete del viento.
- ¿Por qué has tenido que hacerlo?
Saelar se había acercado a la puerta mientras tanto, pero aún así se mantenía alejado. Fellek entendió el miedo de los hijos del bosque: la primera vez que habían visto a un Selan, la única, había estado a punto de matarles.
- ¿Es que no recuerdas la empresa? Hemos estado a punto de morir por tu insistencia al venir aquí, y en cambio, ¡tú te conviertes en rey y jinete del viento! ¿Cuánto queda hasta que nos abandones?
- ¿Y qué si lo hace? Saelar- Nerya había irrumpido en la conversación-, nuestras vidas no están para servirte. Le arrancamos de todo lo que conocía, le despreciaste hasta que mostró su poder, y ahora pretendes usar al niño en tu lucha igual que usas tu espada. Lastenn será nuestro legítimo reino, pero su tierra es Elenth.
“¿Qué está pasando?”
Náilze estaba extrañada pero no sorprendida. Fellek se lo explicó rápidamente.
- ¡Deja esa lengua sibilante- exclamó Saelar en su propio idioma- y habla la de la verdad! ¿Continuarás con nosotros, o nos traicionarás?
Fellek se contuvo.
Náilze no.
Entró al edificio y encaró a Saelar. Rápidamente se irguió. Abrió las alas y produjo un sonido carente de tono pero profundo y afiladísimo.
“¡Te atreves a llamarle traidor! ¡Tras intentar matarle mientras dormía!”
- ¡Náilze!
Fellek se interpuso, tan veloz como pudo, entre el rey y la primera hija. El ambiente se volvió silencioso, pero tan tenso que casi se podía palpar. El chico se tomó un momento para pensar. ¿Cómo de fuerte era su conexión con Náilze? Ella acababa de entender lo que Saelar había gritado, o parte de ello, y la única manera posible era a través de él. Por eso agradeció silenciosamente que Náilze y Saelar no compartiesen ningún idioma.
En su mente se empezó a formar una idea.
Ceremoniosamente se empezó a subir la manga izquierda, y cuando se aseguró de que su pequeño movimiento había atraído toda la atención mostró el interior del antebrazo descubierto. La fina cicatriz retorcida que era el glifo que representaba el nombre de Tréngol se apreciaba claramente.
- Cuando esta cicatriz se borre será cuando deje de prestaros mi ayuda- hablaba en la lengua de los hijos del bosque, aquella en la que la mentira era casi imposible-. Continuaré el viaje, por mucho que me duela dejar aquí a Náilze.
Después cambió de idioma y le comunicó a Náilze su decisión, aunque quizá ella ya lo supiera.
“También iré”, dijo ella rápidamente.
Fellek lo tradujo.
- Bien, bien, bien.
La voz de Zakk adquiría ahí la fuerza de un martillo golpeando metal al rojo.
- Hay posibilidades, entonces.
- Explícate, mago- exigió Saelar.
- Solo un dios puede luchar contra dioses. Así pues, para luchar contra guerreros y dragones…- señaló a la pareja de Garras y Espadas.
- Lo tenías planeado desde el principio, mago.
El tono de Saelar se había enfriado. Zakk asintió despreocupadamente.
- ¿Y por qué no lo has dicho?
- Me aprecio.
Así empezó otra de las frecuentes discusiones entre Saelar y Zakk.


Capítulo 11

11. Una promesa carcomida

Zakk y Saelar no necesitaron discutir para estar de acuerdo en que había que dejar Elenth pronto. No había una única razón, sino que más bien era una mezcla de ellas: el Antimago,que demostraba que alguien andaba tras ellos, el hecho de que cada vez era más probable que el rey de Lastenn escuchara rumores sobre la compañía y, quizá la más importante, la extraña y casi opresiva presencia de los Selan. A pesar de lo poco que se dejaban ver, algo de ellos parecía flotar en el ambiente, y esto a Zakk parecía resultarle incómodo, y a los hijos del bosque, casi siniestro. Cada día que pasaba su estado de alerta aumentaba, al igual que sus ojeras. También su apetito se resentía.
La noche en que Zakk expuso todo esto tras la cena sería, según acordaron todos, la última en el Reino Peligroso.
“Mago”, intervino Náilze cuando este acabó de hablar.
Fellek le había estado enseñando la lengua que hablaban los grandes reinos humanos para que su pareja pudiera comunicarse con el resto de la compañía y con la mayoría de los segundos hijos, ya que esa era la lengua más hablada en ese continente. Su progreso había sido rapidísimo. Fellek no sabía si se debía a su extraña mente de Selan, a su conexión con él o a una combinación de ambas.
“¿No puede haber sido el rey dragón quien pagara a ese hombre?”
- No. Le habría sido mucho más rápido, barato y eficaz mandar a un par de sus guerreros con sus dragones- explicó-. Y ahora que estamos hablando de ello, creo que es un buen momento para contaros lo que sé de nuestro enemigo. Se le llama el Rey Sombrío. No es porque sea cruel, de hecho sus súbditos le consideran buen gobernante. A lo mejor es porque es taciturno, o se habrá ganado el apodo por algún hecho de su pasado, que es bastante largo: tiene alrededor de ciento cincuenta años. Aún así no es viejo: como ocurre con los Jinetes del Viento, su vínculo con su dragón aumenta su vida.
- ¿Cómo se llama?- preguntó Fellek.
- No lo sé…- Zakk se calló-. No me he dado cuenta. Parece como si escondiera su nombre. A lo mejor es por ese suceso de su pasado.
- ¿Y cómo es a efectos prácticos?- intervino Zakk.
- No es un guerrero. Su reinado ha sido pacífico. Todo su conocimiento como estratega debe de salir de los libros y su habilidad como luchador, de combates de entrenamiento o torneo. Su inexperiencia es una de nuestras ventajas.
- ¿Y es cierto que maneja magias prohibidas?- preguntó Dyogun.
- Qué va. Es más que improbable. Estoy seguro de que ese rumor afecta a todos los altos cargos con magia del continente, y es estúpido.
Dejaron Tirs al día siguiente. Tardaron más en salir de Elenth que lo que habían tardado en llegar a su capital: en vez de descansar, los hijos del bosque parecían haberse desgastado. Habían perdido el hambre y sus sueños eran intranquilos y frágiles.
Durante los cinco días que la compañía empleó para alcanzar las Montañas Boscosas, la cordillera que aislaba Elenth del oriente, la garra y bla espada permanecieron entrenando en Tirs. Al despedirse, Íesin les felicitó por sus mejoras.
Tras alcanzar a los demás en la frontera, Fellek se asombró de lo rápida que era Náilze: lo que habría recorrido caminando en días, ella lo había sobrevolado en una hora o menos.
“Y me lo he tomado con calma”, respondió la primera hija a sus pensamientos.

Durante los siguientes días se internaron en los Reinos Fragmentados. Eran muy distintos entre sí, y tan pequeños que la compañía podía atravesar uno de ellos en una jornada. Estaban muy densamente poblados, y eso tenía un inconveniente y una ventaja. El inconveniente era que Fellek tenía que caminar de día con el resto del grupo, y de noche, cuando el color de su plumaje impedía que llamara la atención, Náilze les alcanzaba. Esto les incomodaba mucho: la distancia difuminaba su vínculo, que en muy poco tiempo se había convertido en una parte importante de ellos. La ventaja era que casi cada día pasaban por una ciudad o un pueblo grande, y podían dormir en posadas cada noche. Además, entre tanta gente, pensaban, sería difícil encontrarles.
Se equivocaban.

Según averiguó Fellek, Annun ya no existía. Como la de todos los Reinos Fragmentados, su vida había sido corta y turbulenta. En el territorio en el que había estado se hallaba ahora una república llamada Belistra, en cuya capital se encontraban.
Como de costumbre, la compañía había entrado a una posada, y Náilze se había quedado fuera de la ciudad. Así pasarían la noche. O así la habrían pasado de no ser por lo que le ocurrió a Fellek. Estaba cenando, charlando animadamente con Dyogun, cuando sin avissar sintió un dolor intenso en su pecho. Desapareció un segundo después, pero volvió. Su vista se nubló, él vomitó y cayó al suelo. Gritaba. Era como si sus entrañas estuvieran siendo despedazadas. Cuando se alivió, vio a los demás de pie a su alrededor, formando un círculo de caras que atrapaba una porción de techo.
- Fellek, ¿qué te ha pasado?
El joven elenthi sabía lo mismo que sus compañeros, pero se percató de algo. Por muy intenso que hubiera sido, el dolor no había dejado rastro, ni lo había sentido como realmente suyo. Era esa sensación que sentía cuando le describían algo doloroso, solo que dolía de verdad…
- Nada. Pero Náilze no está bien, estoy seguro. Voy a verla.
Se puso su embozo, abrió la puerta y salió.
Apenas quince segundos después volvió a entrar, resollando.
- ¡Hay dos guerreros fuera!- intentó recuperar el aliento-. Llevan armadura pesada, y en el pecho tienen un dragón rojo. ¿Son…?
- Señores dragón, sí- confirmó Zakk.
Un escalofrío recorrió el grupo.
- Hora de luchar- afirmó Saelar.
- No- le cortó rápidamente el mago-. No saben que estamos aquí. Si lo supieran habrían subido ya. Nos estarán buscando por la ciudad. Si atacamos nos descubrirán, y antes de que lo sepamos tendremos encima a todo el ejército de Lastenn. Fellek, ¿te has fijado en ellos?
- Sí, más o menos… Uno es joven. Rubio, muy musculoso. El otro es más viejo, pelo castaño…
- ¿Tuerto?- preguntó Zakk-. ¿Cicatriz en el mentón?
Tras ver a Fellek asentir con la cabeza, el mago empezó a temblar. Un miedo viscoso empezó a trepar por las entrañas de los hijos del bosque y el otro humano.
- ¿Qué… pasa?- se atrevió a pronunciar Nerya.
- Es… overlord Sinis. Uno de los mejores guerreros de Lastenn. Un veterano. Por suerte, su dragón murió hace tiempo… Será mejor que no salgáis.
- Yo voy a ver qué le pasa a Náilze- afirmó Fellek.
- Te acompañaré- sentenció el mago.
- Pero…
- Fellek, al fin y al cabo no puedes tener más de catorce años. Voy contigo, al menos hasta que perdamos de vista al overlord y su acompañante.
Fellek se resignó, y aceptó la propuesta de Zakk. Así que los magos se pusieron los embozos, salieron de la habitación, bajaron por la escalera de madera que crujía al pisarla, cruzaron la taberna lo más rápidamente posible, salieron por fin a la plazoleta.
Respiraron lentamente, aliviados.
- Hemos salido… Bueno, yo voy a ver a Náilze.
- De acuerdo.
Zakk se alejó. Fellek se dio la vuelta y se dispuso a salir de las afueras de la ciudad.
- ¡Eh, tú!- oyó una voz por detrás de él-. ¡Sí, tú, chico! ¡Para!
Fellek giró la cabeza. Era el overlord Sinis. Su corazón empezó a galopar. Pero no podía despertar sospechas. Se detuvo, se dio la vuelta, agachó la cabeza y le esperó.
De cerca, Fellek pudo ver que el ojo de sinis que no estaba cubierto por el parche negro era marrón. Su aliento olía a vino, pero sin llegar a apestar.
- Esto puede llegar a ser tuyo si me sirves de ayuda.
Extendió la mano, en la que había una moneda de oro. Fellek fingió una sorpresa.
- ¿De qué se trata, señor?
- ¿Has visto a cinco hijos del bosque, un hombre con vara y un elenthi?
- Señor, ¿qué es un elenthi?
El sudor se escurría por el pelo de Fellek, que temblaba por la tensión.
- Pelo blanco, muy joven y no es albino.
Fellek hizo que pensaba.
- Lo siento, señor, no les he visto…
- Ya veo. Disculpa si he sido una molestia. Solo una cosa más…
El overlord desenvainó la espada que llevaba a la cintura y la dirigió al vientre de Fellek. Este se asustó, y casi sin pensar comprimió el aire que había entre el filo y él. La espada se paró en seco, detenida por un obstáculo invisible.
Con violencia, el veterano puso la mano bajo el mentón de Fellek, le alzó la cabeza y le quitó la capucha.
- Como sospechaba. Elenthi, con un don para la actuación y un mago virtuoso del viento.
- ¡Señor, se equivoca! ¡No soy yo! ¡No me mate!
- No te creo. Pero si dices la verdad, ¿qué importa? Los elenthis no sois nadie.
Alzó la mano por encima de su cabeza. “Tú lo has querido”, pensó Fellek en un momento de valentía. Se concentró en el aire que había entre la armadura y el cuerpo del hombre y…
Algo le impactó por encima de la oreja. El golpe fue tan fuerte que le tiró al suelo. Entonces llegó el dolor. El oído izquierdo le empezó a zumbar. Miró arriba y vio al otro señor dragón, el joven rubio.
- Noquéalo, Vareik.
El joven desenvainó su espada y la alzó. Sonó un crujido grave. Fellek se asustó: bajo él, el suelo había empezado a sacudirse. La tierra se abrió. El overlord se sobresaltó, y el joven guerrero llamado Vareik se tambaleó. Tuvo que agacharse y apoyar las manos en el suelo. Fellek se levantó tan rápido como pudo. Vio a Zakk, unos metros detrás del veterano, con su vara hundida en el suelo, en el centro de las grietas.
- ¡Fellek, yo me encargo de Sinis!
El elenthi asintió con la cabeza y se giró hacia el joven rubio. Este no había perdido el tiempo y ya le estaba atacando. Fellek tuvo que retroceder. Pero pronto pudo desenvainar sus espadas y empezar a bloquear sus golpes. Lo primero que notó fue lo ligeras que eran las armas de ventacero. Lo segundo fue la fuerza de los golpes de Vareik. Él no tenía que repartir su fuerza entre sus dos brazos. El chico se vio forzado a centrarse en detener los golpes. No podía hacer mucho más: el señor dragón llevaba armadura. Pero el ventacero podía perforarla. Sí, pero, ¿era tan fuerte como para hacer eso?
Un estallido de metralla cristalina en el pecho le recordó que debía acabar rápido. El señor dragón le lanzó un golpe mortal. Fellek consiguió crear una barrera de viento a tiempo, pero el golpe de la espada enemiga lo lanzó por los aires.
Lanzado por los aires…
Vareik no llevaba casco.
Funcionaría.
Se levantó tan rápido como pudo. A pesar de que el joven señor dragón aún estaba lejos, saltó hacia él.
Y usó el aire detrás de él para impulsarse. El joven rubio se sorprendió, dudó y recibió el golpe de Fellek en la cabeza. No había controlado nada bien el impulso. El golpe lo había dado una empuñadura. Pero Vareik cayó al suelo, inconsciente. Había sido un salto digno de un hijo del bosque, pensó Fellek con cierto orgullo.
Irremediablemente él cayó al suelo también.
Cayó con los ojos hacia los otros dos combatientes. El overlord hacía que el manejo de la espada de Vareik e incluso el de Saelar parecieran torpezas de principiante al lado del suyo. Zakk necesitaba menos tiempo que Fellek para usar su magia. Eso le mantenía vivo.
Antes de que Fellek pudiera levantarse para ayudar a su maestro, un arco ascendente de la espada del viejo señor dragón le levantó la capucha.
Sinis retrocedió un paso al ver la cara que ahbía debajo.
- ¡Tú! ¡Pero tú…!
- Pensaba dejaros vivir- sentenció con voz terrible el mago-. Pero no deberías haberme visto.
Tocó con su vara la armadura del asombrado y casi atemorizado noble. Un relámpago la recorrióp de arriba abajo. Cuando el hombre empezó a gritar, Zakk convirtió en metal su vara y le atravesó el cráneo.
Después caminó, dejando el cadáver atrás, hacia Fellek, no, hacia Vareik. También horadó su cabeza. Al chico eso casi le produjo náuseas. El hombre de pelo plateado limpió a conciencia su vara con su túnica antes de devolverla a la normalidad.
Debió de haber creído que Fellek había quedado también inconsciente: intentó despertarle sacudiéndole.
Fellek no sabía qué hacer. El mago acababa de matar a dos hombres. Bueno, él también había matado, pero…
Otro restallido. Tenía que ir con Náilze.
- ¡Eh! ¿Qué ha pasado?- se levantó fingiendo despertarse. Miró los cadáveres-. ¿Por qué les has amtado?
- Podrían haber avisado al rey, y estaríamos perdidos…
Ese Zakk era infinitamente distinto del que había visto Fellek un minuto antes. ¿Por qué…?
No, no había tiempo para preocuparse por ello.
- Me voy- anunció.
Y salió corriendo hacia la Selan. Las calles de la pequeña ciudad estaban mal iluminadas, y a menudo tenía que confiar en su experiencia para evitar los obstáculos y los maleantes, y la atracción que ejercía su pareja sobre él para guiarse.
Ella estaba en un claro del bosque, no muy alejada de las afueras de la ciudad. Su estado era deplorable. Estaba tendida en el suelo, derrumbada, con un charco de sangre y bilis bajo su cabeza. Aún tenía el pico abierto y un hilo de linfa resbalaba por él.
Al verlo, Fellek corrió aún más para ponerse junto a ella, y se sentó para colocar sus manos sobre el plumaje negro. Temblaba, y mucho. Fellek intentó transmitirle algo de su energía, como había hecho Zakk con él, pero él no manejaba tantos aspectos de la magia como Zakk. Se echó a llorar.
“Perdóname, Fellek…”- dijo ella.
- ¿Qué? ¿Por qué? No, no, no… No has hecho nada malo…
“Sí que lo he hecho. No te he contado nada.”
- ¿De qué hablas?
- Concéntrate en mis entrañas. Lo sabrás.”
Fellek puso sus manos sobre el vientre de la Selan. Notó un latido irregular. No, no era un latido, eran dos… Uno era su corazón, y el otro…
Era una criatura obesa, retorcida a fuerza de alimentarse de la carne de los milenios. Mascaba los tendones de Náilze, y bebía su sangre, y cada vez estaba más cerca de la fuente. Se revolcaba asquerosamente en su victoria…
Fellek no pudo evitar toser del asco.
- ¿Qué es?
“El castigo por echar a los elenthis de su propia tierra y matar a los que se quedaron. Lo llamamos la Plaga.”
- ¡Pero tú eres joven! ¡No hiciste nada malo!
“¿Y qué?”, le cortó Náilze secamente. “Para ellos todos somos iguales, y hacen sufrir a cualquiera. La Plaga sale del estómago, y nos atormenta durante decenas de años carcomiendo nuestras vísceras hasta llegar al corazón. Entonces morimos. Sin excepción. O moriré, soy la última…” Empezó a reír amargamente, de nuevo salió sangre de su pico. “De todos los Selan, la última con la Plaga… Nuestro destino es cruel, Fellek.”
- No, no, no. Te curaré. ¡Te lo prometo!
“Es inútil, Fellek. Ni siquiera Íesin me dedicó una felicitación cuando me convertí en tu pareja. Quería ayudaros, hasta los hijos del bosque me han aceptado mejor que quienes dicen ser mis hermanos. Es extraño. Llevo más de la mitad de la vida muriendo. Y ahora, en mis últimos días, con vosotros, es cuando me he sentido viva.”
Fellek echó a llorar y enterró laa cara en el sedoso plumaje de su pareja, como si las lágrimas pudieran apagar su calor febril. Y empezó a hablar. Hablaba sin motivo, casi sin lógica. Intentaba decirle a Náilze todo lo que nunca le había dicho y no podría decir nunca más. Y cuando se quedó sin palabras, empezó a cantar. Era solo una nana, pero esa noche, en ese bosque, fue tan triste y bella como el lamento de Itanue. Y el pequeño ladrón no paró de cntar hasta que su garganta estuvo seca de canciones y sonido. Entonces lloró silenciosamente. Había creído que su voz podía mantener viva a la joven Selan.
Entonces ella empezó a cantar. Su canción duró unos segundos, o unos siglos. Y al ritmo de sus notas manchadas de sangre todos los vientos del mundo nacieron entre sus plumas y les acunaron como a los niños que eran, forzados a entrar en el mundo de los juegos de la muerte. Con las últimas sílabas de su canción el cielo se volvió rojo. El sol se había desbordado.
Y cuando ella acabó de cantar, empezó a retorcerse. Fellek volvió a notar el dolor de la primera hija, y sintió al devorador llegando a su corazón…
No. Náilze no iba a morir. Fellek no la iba a dejar. Pasó una mano sobre el cuerpo lacerante de la Selan y buscó al abultado parásito. Y le dio un golpe brusco. Náilze gritó. Era un ruido que perforaba los tímpanos y doblaba los árboles. Fellek sintió que su pecho iba a consumirse. Pero la criatura había vuelto, por el camino que había cavado, al estómago de Náilze. Y sin dejarle tiempo para reponerse, Fellek golpeó el estómago de su pareja, y ella vomitó.
Lo primero que pensó el chico al verlo fue cómo había podido salir eso por el pico de Náilze. Era una masa rosada tan grande como un antebrazo, que se revolvía indefensa entre la bilis. Latía, y rezumaba un líquido transparente. Náilze empezó a jadear.
El parásito saltó al cuello de la Selan. Extendió y clavó muchos apéndices en su plumaje. La Selan empezó a revolverse asustada. Y Fellek desenvainó una de sus hojas y atravesó al ser.
Este hizo una serie de crujidos y cayó al suelo. Dejó de moverse. En el cuello de Náilze había tres heridas. Su sangre era roja, pero más clara que la de un ser humano. Ese ser era rápido…
- Náilze… ¿Te curarás?
“Sí, eso creo…” Jadeó. “Te debo la vida, Fellek.”
- Tú me tendrás que salvar muchas más veces. Cuando estés mejor, dímelo. Tengo que contárselo a los demás.
“Ve ya. Puedo sobrevivir sola.”

Fellek salió corriendo y volvió a la posada. Antes de que los hijos del bosque pudieran acosarle con preguntas él ya había terminado la historia. Omitió, por supuesto, el detalle de que había visto a Zakk matar a los señores dragón.
- Y por eso hoy me voy a quedar con Náilze. Os alcanzaremos esta noche- concluyó.
Ni siquiera Saelar objetó a eso.
Cuando ya estaba bajando las escaleras se le acercó Dréngle rápidamente.
- ¡Espera!- gritó-. ¿Te doy comida?
- No, no hace falta.
- Tu voz suena fatal…
- Es que no me he callado en toda la noche- rió.
- Los humanos sois tan delicados…- se quejó ella-. Pensaba que era algo peor.
- ¿Por qué te preocupas tanto por mí?
Ella se quedó en silencio unos segundos.
- Hasta que llegamos a Elenth tú eras el más pequeño de todos, el más débil… Era como nuestro hermano pequeño, Tréngol pensaba lo mismo. Tienes trece años, o doce, no sé. Para los hijos del bosque no serías más que un niño.
- Ya, pero… los niños no pueden sobrevivir en las calles. Yo tuve que crecer, Dréngle. Y vosotros también. Puedo estar solo.
A Dréngle se le ocurrieron unas palabras, pero en el resto de la conversación no las dijo. Y Fellek salió de la posada. Ella se quedó en el mismo sitio, y cuando se iba a ir, se acercó su hermano.
- ¿Por qué no se lo has dicho, Dréngle? Ni siquiera lo admites tú misma.
- Cada vez estamos más lejos… No puede ser… ¡Espera! ¿Has estado escuchando?
Tréngol solo soltó una risita pícara.
- ¡Te mataré, maldito fisgón!
Tréngol, riendo aún, echó a correr. Y su hermana le persiguió por todos los pasillos de la posada.

Fellek volvió al claro y encontró a Náilze devorando un ciervo, que seguramente no había tenido tiempo para darse cuenta de que algo lo atacaba. Soportó en silencio las quejas y los reproches de su pareja, que no fueron pocos.
- ¿Has acabado ya?- preguntó él cuando la Selan paró de hablar-. Pues quiero contarte algo- dijo sin dejarle tiempo para responder.
Y contó todo lo que había pasado la noche anterior antes de que llegara allí, esta vez sin omitir ningún detalle.
- Y por eso pienso que Zakk nos oculta algo- concluyó.
“¿Algo?”, habló Náilze. “Aunque sea solo un humano, ese mago me da hasta miedo.”
- ¿Por qué?
“Está claro por qué habéis venido a la empresa todos los hijos del bosque y tú. ¿Pero ese mago? No es un simple recluta, él ideó esto, y creo que sin él Tréngol y Dréngle no habrían nacido. ¿Por qué tanto esfuerzo? ¿Y qué es de su pasado? Fellek, no es que ese hombre oculte algo… Sería mejor preguntar qué es lo que nos ha contado.


Capítulo 12

12. La llegada

Las Tierras Fronterizas merecían su nombre. Estaban entre los Reinos Fragmentados y Lastenn. En su día habían sido ricas praderas, llenas de pueblecitos donde comerciaban los humanos del occidente y los hijos del bosque de Lastenn. Según Saelar, el único de la compañía que había vivido aquella época, en ocasiones habían llegado a esas fronteras logus del sur e is hai del norte, las otras dos razas de segundos hijos que poblaban el continente.
Pero esos tiempos habían pasado. Ahora esas tierras eran un erial abrasado por el fuego de dragón, que quemaba a los hijos del bosque que trataran de huir de su tierra. Lo único que crecía allí de forma natural eran unos arbustos espinosos negros y una hierba marrón de hojas casi siempre secas. La tierra era gris, y solo vivían de ella quienes no podían irse. Aquí y allá asomaban los huesos ennegrecidos de algunos fugitivos, y lo más notable que se divisaba en esa tierra era una franja verde oscura sobre el horizonte: el bosque de Lastenn. Allí no había nada. Allí nadie esperaba encontrar nada. Y por eso la compañía estaba muy bien escondida en un sitio sin escondites. Allí, tras tanto tiempo, se ultimó el plan de ataque a los señores dragón, y nadie pudo quejarse de él porque lo decidieron los ocho juntos, no Saelar y Zakk entre gritos.
Los hijos del bosque y Zakk llegarían a Liakgens ocultándose entre los habitantes de Lastenn en una noche y un día. Ese día Fellek y Náilze les alcanzarían sobrevolando los árboles, creando una ilusión del viento que les confundiría con un señor dragón y su montura.
Por la noche, Fellek, Dyogun y los mellizos armarían todo el escándalo posible en la capital, y mientras los señores dragón corrieran a deprimirlos, Zakk, Saelar y Nerya se colarían en la fortaleza y matarían o apresarían al rey.
Cuando acabaron de urdir el plan, los segundos hijos juraron respetarlo en la lengua de los hijos del bosque. Como ninguno de estos le había enseñado su lengua a Náilze, ella juró en la suya, la de los Selan, la del viento mismo. Y mientras susurraba unas palabras que solo Fellek alcanzaba a intuir, el viento bailó en torno a ella y la convirtió, por unos segundos, en el ser más bello del mundo. Fellek comprendió lo que ella le había dicho de su lengua.

Esa noche nadie durmió. Se separaron dos grupos, el de los mayores y el de los pequeños, alrededor de dos pequeñas fogatas. En este último, tras agotar varios temas sin importancia y varios malentendidos entre los mellizos y Náilze, Tréngol, con una sonrisa pícara, hizo la pregunta que le rondaba la mente desde hacía mucho.
- ¿Qué os pasa a vosotros dos?- miraba a su hermana y al pequeño elenthi.
- Nada- respondieron los dos al unísono.
Se miraron un solo segundo y después fulminaron con sus miradas a Tréngol, que siguió sonriendo.
“¿Cómo que nada?”, habló Náilze. “Eres un mentiroso, Fellek.”
El chico sintió cómo se ponía rojo. Aquella primera conversación con Dréngle, todas las demás, aquella vez que le salvó la vida de un flechazo, sus ojos grises… Empezó a reconocer su sentimiento, se puso muy rojo y su corazón empezó a latir muy fuerte, todo a la vez.
Tréngol soltó una risita.
- ¡Cuenta más!
- ¡No!- Fellek atravesaba a Náilze con una mirada de acero-. ¿Cómo…? ¿Por qué?
Era demasiado incómodo estar ahí con Dréngle. Y estaba demasiado enfadado con Náilze. Salió corriendo. Se sentó unos metros más allá. Miró al cielo. Intentó calmarse viendo las estrellas. No pudo.
Un rato más tarde Náilze se acercó a él. Se sentó a su lado sobre sus patas traseras y le envolvió con un ala.
- Vete- ordenó Fellek.
“No.”
- ¿Por qué has tenido que decir eso?
“Fellek, a veces tengo ganas de abrazarla hasta yo. Tenía que decirlo.”
- ¡No! ¡Son mis sentimientos, no los tuyos! ¡No puedes ir por ahí contando secretos míos! ¡Ni siquiera yo lo sabía del todo!
“Porque tienes demasiadas cosas en tu mente como para pensar en ello. Pero ahí, en tu corazón, está. Y te lo merecías.”
- ¿El qué?
“Sentir. Algo de felicidad. Algo más allá de Lastenn y los dragones. Por eso yo te lo he dado.”
- ¡No! Dioses, Náilze, ¡ves mucho pero no sabes nada! Todo ha sido demasiado brusco. Para los dos. Y estará asustada.
“¡Pero ahora lo sabéis! ¡Os he ayudado!”
- Así no son las cosas. No… entre los humanos, al menos. Si querías ayudarme podrías habérmelo dicho a mí. Así ha sido peor.
Náilze pareció comprender.
“Perdona… ¿Qué podemos hacer ahora?”
- Pensar en Lastenn y los dragones. Mi corazón vendrá luego.
Para no estar somnoliento, Fellek se bebió uno de sus frascos de tais, lo que le despejó completamente.
La compañía partió a medianoche. Fellek y Náilze se quedaron en las Tierras Fronterizas, practicando vuelo, lucha y magia durante el resto de la noche y gran parte del día siguiente. Y cuando el mediodía se volvió tarde, Fellek se subió a Náilze y echaron a volar hacia la franja verde del horizonte, rumbo a Liakgens, capital de Lastenn.

Lastenn era un bosque como ninguno más. Ni siquiera en sus bordes los árboles altos tenían algo que envidiar a los Cuatro Árboles de Wïnt. De hecho, Fellek se fijó en que eran de la misma especie: las formas de las hojas eran idénticas.
Cuando sobrevolaban el bosque, Fellek notó algo incómodo, como una ligera presión en sus entrañas.
“Yo también lo noto”, se anticipó Náilze.
- ¿Sabes qué es?
“Lastenn es territorio de los Tarusk, otra raza de primeros hijos. Espero que no se enfaden.”
- ¿No vivían aquí los hijos del bosque?
“Sí. Pero todo Lastenn es territorio de los Tarusk igual que todo Elenth es nuestro. Ellos viven en partes más profundas y sagradas del bosque. Si fuéramos ahí, no saldríamos vivos. Espero que así no se enfaden.
- No se enfadaron con los dragones…
“No lo sabemos. Pero tienes razón, no lo parece. Y eso es raro.”
Estuvieron callados un rato, haciendo sus mentes una, volando con las almas además de con el cuerpo,
“Todos esos árboles en los que te fijas porque ya has visto antes…”
- ¿Sí?
“No son árboles cualquiera. Son Tarusk muertos. Creo que la vara del mago está hecha de esa madera.”
Fellek miró al bosque. Y quedó sobrecogido por la enorme cantidad de esos árboles de la muerte. Nunca hasta entonces se había sentido tan pequeño.

Liakgens no se veía desde el aire. Al menos, no para el ojo descuidado. Pero el ojo agudo podía ver entre las copas de los gigantescos árboles escaleras talladas en las cortezas, casas colgadas de los troncos y, a la hora a la que llegaron Fellek y Náilze, miles de lucecitas. Más adelante había un hueco sin árboles, que debía de ser la fortaleza.
Se dirigieron rápidamente a un hueco menor entre los árboles, un claro justo a la salida de la ciudad. Náilze describió espirales descendentes para que el impacto con el suelo no fuera fuerte, y Fellek vio que ahí les esperaban los mellizos y su padre.
“Fellek.”
- ¿Sí?
“Antes de que todo se vuelva caos… Al salir de Elenth, luché con Íesin para que pudiera traer algo. Pensaba que no serviría, pero…”
- ¿Qué?
“Desvarío. Olvídalo.”
- Vale… ¿Estás bien?
Ella asintió al tiempo que sus garras tocaban la tierra.
Todos se miraron. Fellek no pudo mirar a Dréngle durante más de un segundo.
- Muerte al rey- habló Dyogun.- Gritad eso. Intentad no dañar a ninguno de los nuestros.
Todos asintieron con las cabezas. Los nervios roían sus estómagos: iban a llegar a su destino, ese era el culmen de su viaje.
- ¿Listos?- preguntó Dyogun.
- ¡Sí!- gritaron el resto.
Dyogun se llevó las manos a la espalda. Desenvainó sus hachas de guerra.
- Entonces, ¡adelante!
Salieron corriendo hacia la ciudad. Fellek gritó “¡Muerte al rey!” en la lengua de los hijos del bosque. Con su magia hizo que el grito se expandiera lo más posible. Por su parte, Náilze dañaba casas, derribaba transeúntes y volaba a ras de suelo hacia el centro de la ciudad. Volvieron a lanzar el incendiario grito de guerra. Entraron a una gran paza.
Y allí estaban.
Veinte o treinta. El más pequeño era tan grande como tres veces Náilze. Sus escamas eran diferentes en cada uno. Las había verdes, plateadas, doradas, de carbón. Pero lo peor eran los ojos. Los ojos de los dragones eran grandes como el mundo, y su mirada afilada como un relámpago. Sus alas membranosas agitaban en viento en un desafío a la Selan. Y sobre cada uno de ellos, montados a horcajadas en sillas de cuero sobre sus cuelos, los Señores Dragón: armaduras impenetrables que podrían estar rellenas de sombras.
Pero Fellek y Náilze estaban ebrios de valor, y no iban a dejar que esos seres de llama y esos caballeros sin alma les detuvieran.
“Tenéis alas”, gritó Náilze. “¿Sabéis usarlas?”
Y con un único pensamiento para ponerse de acuerdo, la garra y la espada concentraron el aire de la plaza a su alrededor para después hacer que se expandiera y estallara. Los dragones se tambalearon en el aire, y Náilze saltó y voló hacia el mayor de ellos. Fellek desenvainó sus espadas.
Pero ese dragón tenía un hijo del bosque entre sus garras. A una amenaza del señor dragón, este empezó a hablar. Fellek lo escuchó y gritó y trató de taparse los oídos. Pero ya era tarde. Habían oído el conjuro. Con una pesadez creciente en los párpados, los dos hijos del viento se precipitaron hacia el suelo, y hacia la muerte que era el sueño.


Capítulo 13

13. El rey dragón


Le dolían las muñecas. Mucho. Estaba extenuado. Oyó una voz potente. Abrió los ojos.
- Bien, bien, bien- dijo la voz-. Por fin despiertas.
Fellek miró a su alrededor. Estaba sentado en una silla de metal negro, atado a ella por cadenas a sus muñecas y cuello. La sala era de piedra, y las antorchas casi no alcanzaban a iluminarla. No sintió a Náilze al otro lado de su mente. No. No, no, ¡no! El miedo le invadía, Se concentró en el viento de la habitación. Intentó que cortara las cadenas de sus muñecas.
- ¡Aaaaaaah!
Un dolor punzante le había asaltado la espalda. Intentó moverse y solo dolió más. Quedó respirando por la boca, intentando no moverse para que no le doliera más. Vio que ahora llevaba una ligera túnica marrón.
- No te pongas nervioso, por favor- intervino la voz-. Diseñé esta silla solo para ti. Está llena de púas retráctiles. Se activan si usas magia del viento. Si hay un Selan cerca, saltarán las de la nuca y será una muerte instantánea. Así que por fin nos conocemos, Fellek Hyulaera. Para ser sincero, esperaba algo más.
El dueño de la voz se movió hasta ponerse enfrente de Fellek. Una antorcha quedaba detrás de él, por lo que el chico no podía verle bien, estaba envuelto en sombras. Apenas podía adivinar sus holgados ropajes, su cabellera cobriza, su esbelta figura. Y bordado sobre la parte delantera de su jubón, un dragón rojo. Con una corona sobre su cabeza.
- Rey Sombrío…- murmuró Fellek.
- Así me llaman algunos- asintió-. Mi verdadero nombre es Seloekk. Y dime, Fellek Hyulaera, ya que tú también eres rey: como rey, ¿qué debería hacer contigo?
- Soy un jinete del viento. Deberías honrarme como aquello a lo que aspiras ser.
La carcajada de Seloekk era atronadora y abrumadora.
- ¡Pues no eres tan malo! Veo que lo que te falta en cuerpo te sobra en agallas. Pero, Fellek, eso se lo podrías haber dicho a mi padre o a mi abuelo, no a mí. Ya soy más que tú, y aspiro a cosas aún mayores. Los jinets del viento no sois para mí un ideal, simplemente una curiosidad- quedó callado un momento-. ¿Sabes? Ejecutaré a tus amigos al amanecer, ante todo Liakgens. Nadie puede oponerse a mí.
- ¡No si te matan antes!- rugió Fellek.
- Tch. Todos están capturados. Con solo decirte que fuiste el que más problemas nos dio…
Fellek sintió cómo le invadían la rabia y la impotencia. Tenía a quien buscaban en sus narices, pero ya estaba desarmado, herido e inutilizado. Y sus amigos también.
- A ti no te juzgo porque eres joven y llevas poco tiempo con ellos. Pero ese imbécil que se hace llamar rey debería vigilar mejor a sus aliados.
- ¿Qué? ¿Un…?
- Sí, un traidor, un espía, llámalo como quieras. Me ha dicho todo sobre todo, excepto un detallito sin importancia. Me sorprende que no le hayáis descubierto.
Fellek ardía con rabia. Pensaba, pensaba y pensaba, pero todos le parecían demasiado leales como para hacerles eso. Quienquiera que fuera el espía era un ser despreciable.
- A lo que iba, Fellek, es que no sabía qué hacer contigo. Tu ejecución no sería ejemplar, como la suya, y además pondría a los Selan contra mí, cosa que no me interesa. Si las leyendas son de fiar, la última vez que hubo una guerra entre primeros hijos la vida estuvo a punto de desaparecer, y la guerra solo paró por intervención de los padres. Así que se me ocurrió esto, Fellek. Tú me cuentas los pormenores de tu vínculo con ese Selan, os suelto, vosotros gobernáis en vuestro reino y yo aquí, y todos felices. ¿Aceptas?
- Jamás- Fellek escupió la palabra.
- Ya veo- la voz del Rey Sombrío se había endurecido.
Y Fellek notó miles de punzaduras, las púas le estaban perforando los brazos hasta el hombro. Se mordió la lengua y trató de resistir sin gritar, y lo consiguió, pero cuando las púas pararon, él estaba jadeando y sentía los brazos a punto de estallar. El rey se puso tras él. Todas las estacas se retiraron, y esta vez Fellek sí gritó. Seloekk le puso una mano bajo la barbilla y un frasco en los labios.
- Bebe.
Fellek no pudo evitar obedecer. Al instante el dolor cesó, y las heridas empezaron a cerrarse.
- Una pócima maravillosa, ¿verdad? Mañana volveré y te haré la misma pregunta. Los daños si no respondes serán mayores, claro, pero tengo muy poco de esto, así que será la misma dosis. ¡Ah! Y esto elimina la necesidad de comer y beber, pero no el hambre y la sed. Bueno, tengo unas ejecuciones que organizar. ¡Que te diviertas!
Fellek oyó una puerta abrirse y cerrarse a sus espaldas. Empezó a maldecir.


Tréngol empezó a reírse. No podía ser que los señores dragón fueran tan ineptos. Habían dejado su ropa y sus armas en la misma celda que él, y lo único que le apresaba eran unos grilletes en las muñecas y una cuerda en los tobillos. Por si fuera poco, la caligrafía de los glifos que decían que su hermana (que estaba a su lado) y él serían ejecutados al amanecer era pésima. Se puso manos a la obra. Como había aprendido en las calles de Atrok, se dislocó el pulgar izquierdo y su mano salió del grillete sin problemas. Se recolocó el dedo y repitió la operación con la otra mano. Después saltó hacia el montón que era su ropa, buscó su daga y cortó las cuerdas de sus tobillos. Se vistió y esperó a que su hermana terminase.
- Vamos a buscar a los demás- dijo él.
- Primero Fellek- afirmó ella.
- Dréngle, piensa con la cabeza- repuso, no sin cierta malicia.
- Eso hago. Es el más poderoso de nosotros.
Dréngle tenía razón. Tréngol asintió. Miraron a la puerta, que no tenía cerrojo. Se miraron a los ojos, verdes y grises, y a un tiempo la embistieron. Cedió. El pasillo estaba desierto… ¡No!
Tréngol se repuso. El hombre que venía corriendo por el pasillo, a quien había tomado por un señor dragón, era Zakk, que iba encapuchado. Corrieron junto a él.
- ¡Estáis bien!- exclamó el mago-. ¡Gracias a los dioses!
- ¿Qué ha pasado con Saelar y Nerya?- preguntó Dréngle.
- Apenas entramos nos encontraron. A ellos les capturaron. Yo conseguí escapar.
- ¿Sabes dónde está Fellek?- preguntó el mellizo.
- Seguramente en las celdas de alta seguridad, dos pisos más abajo.
- Vamos a por él.
No tardaron en encontrar su celda: era la segunda que estaba cerrada y abrió Zakk usando magia de la tierra. Le vieron sentado en un trono de hierro negro, encadenado a él. Se pusieron frente a él para que les viera, y se aliviaron visiblemente.
- ¿No puedes liberarte?- preguntó Zakk.
- No. Si uso magia del viento me hago daño.
- Vale… Esto te va a doler, pero es lo único que se me ocurre.
Zakk tocó las cadenas con su vara, y empezaron a helarse. Fellek gruñó de dolor.
- ¡Ahora!
El chico se levantó, rompiéndolas.
- Fellek, aquí está tu ropa- dijo Dréngle.
Él se miraba las muñecas: el metal helado le había dejado unas quemaduras negras. Asintió distraídamente y fue a cambiarse. Cuando lo estaba haciendo vio que Dréngle le miraba, y se puso rojo. Intentó taparse de una manera tan absurda que Tréngol y Zakk no pudieron evitar reírse, pero finalmente consiguió ponerse su ropa sin mostrar nada que ellos no hubieran visto.
- ¿Y cómo habéis llegado hasta aquí?- preguntó sin darle importancia.
Dréngle contó lo que había pasado desde que ella y su hermano despertaron.
- Ya veo…
Fellek hizo un movimiento de mano.
- ¿Qué haces?- se alarmó Zakk.
Un segundo después estaba frente a él, con una de sus espadas de ventacero en su cuello y otra en su corazón, y desafío en sus ojos.
- Traidor. Espía. Lo sabía. Tú nos delataste, por eso nos apresaron tan rápido.
- ¿Qué? ¿Qué dices?- preguntó él, con verdadero miedo.
- Parece que no eres tú, entonces. ¿Pero quién eres, mago? Nadie sabe nada de por qué estás aquí, ni tu pasado. Y, sin embargo, Overlord Sinis te conocía y le mataste por eso; y además conoces esta fortaleza. ¿Quién eres, mago?
Zakk respiró hondo.
- No quería contarlo por no ganarme vuestra enemistad. Soy Zareokk, llamado el Caído, hermano mayor de Seloekk, el Rey Sombrío.
Los mellizos se sorprendieron, Fellek permaneció impasible.
- Continúa.
- Estoy aquí por venganza- tragó saliva-. Mi hermano tiene el alma negra. Cuando éramos jóvenes mató a mi dragón en un entrenamiento de vuelo, e hizo que pareciera un accidente. Todos creyeron que no sobreviví a la caída, de ahí mi sobrenombre. Hui de Lastenn y llevo tramando venganza desde entonces.
- ¿Qué?- dijo Tréngol, y empezó a caminar hacia él-. ¡Maldito…!
Fellek le miró, y eso fue suficiente como para detenerle.
- Los enemigos de nuestros enemigos son nuestros aliados- retiró las espadas y relajó el viento-. Tenemos un enemigo común, Zareokk. No es tiempo para rencillas entre nosotros. ¿Dónde está Náilze?
Todos se preguntaron cómo era posible que Fellek hubiera crecido tanto en tan poco tiempo.
- Probablemente en el nido de dragones- dijo el que había sido señor dragón-. Seguidme.
Salieron y dejaron que Zareokk les guiase por los corredores de piedra y las empinadas escaleras. En un punto, Dréngle se puso a la altura de Fellek.
- ¿Te puedo decir algo?
Fellek pareció alejarse, pero asintió con la mirada.
- Yo también…- el corazón de Fellek latió tan fuerte que creyó que se saldría de su pecho-. De verdad.
Fellek empezó a respirar agitadamente, después la miró a sus ojos grises y sonrió. Ella le devolvió la sonrisa.
- ¡Lo sabía!- exclamó Tréngol.
- ¡Calla!- le dijo su hermana.
- Vamos a salir pronto- anunció Zakk.
Cruzaron un gran arco. El aire fresco de la noche les golpeó la cara. Estaban sobre la fortaleza, y alrededor de ella se alzaban los gigantescos cadáveres de Tarusk. Al frente estaba una gigantesca construcción de piedra, con forma esférica y un enorme agujero de entrada.
- Eso es el nido- señaló el mago.
- Yo iré a por Náilze. Liberad a los demás- dijo Fellek, y los otros tres asintieron.
Dréngle vio cómo corría hasta estar bajo el nido, concentraba el viento bajo sus piernas y daba un enorme salto. Entró al nido. Su hermano la cogió del brazo.
- Vamos, Dréngle. Él ya sabe cuidarse.


Media hora antes del amanecer toda Liakgens conocía el plan: asalto sorpresa a la fortaleza, derribar el nido, matar o capturar al rey. Los Señores Dragón, antes mercenarios, tenían ahora un ejército de mercenarios de Elynroi además del compuesto por hijos del bosque que, por supuesto, les iban a traicionar. Esos mercenarios no serían ningún problema para las capacidades físicas superiores de los hijos del bosque y sus numerosos magos. El único punto flaco del plan eran los dragones, pero los hijos del bosque confiaban en acabar lo suficientemente rápido como para no darlers tiempo a reaccionar.
Estaban apostados cerca de la fortaleza. Eran más de una decena de millar, y estaban ocultos por hechizos de sombra de los magos. A juzgar por los susurros, en los cuatrocientos años de tiranía de los Señores Dragón no había pasado nada parecido.
Tréngol se sentía más vivo que nunca. Estaba frente a la multitud, junto a la compañía. Todos los ojos sin blanco estaban clavados en su abuelo. Este volvió a formular otra vez la misma pregunta:
- Mago, ¿sientes al niño y la Selan?
Zareokk el Caído negó con la cabeza. Los seis se entristecieron un poco. Todos sabían dónde había entrado, pero nadie quería pensar lo obvio.
- Está bien. Ya es tarde- alzó la voz-. ¡Hijos del bosque! ¡Hemos vivido siglos bajo el yugo del fuego! Pero hoy eso se acabará. Hoy recuperaremos nuestra libertad, nuestro trono, ¡nuestro reino!
Todos aplaudieron y animaron: también había conjuros de silencio.
- ¡El amanecer verá algo digno de las crónicas! Pueblo de Lastenn, ¡al ataque!
Con un grito guerrero de júbilo, los hijos del bosque abandonaron el amparo de los árboles y se lanzaron a la fortaleza. Algunos magos abrieron los murosm de donde salieron los mercenarios como hormigas, solo para encontrar la derrota a manos de sus atacantes. Otros escalaban los muros. Aquello no parecía una batalla, era una fiesta. Tréngol y Dréngle, espalda con espalda, perdieron la cuenta de sus víctimas. Pero la de sus heridas estaba clara: cero. Desde el patio superior llegó un grito de júbilo: algunos magos, con magia de la tierra, estaban resquebrajando el nido de dragones. Pero ese júbilo se convirtió en terror. Zum. Zum. Grandes siluetas aladas ensombrecían el cielo que clareaba. Y sus llamaradas iluminaban la batalla.
- ¡Mierda!- exclamó Tréngol.
La desesperación cundió entre los hijos del bosque. Los mellizos tomaron una decisión y empezaron a escalar el muro. Si llegaban arriba sus flechas quizá hicieran algún daño a los dragones. Las lindes del claro empezaron a arder. Pero llegaron arriba. Empezaron a disparar a los primeros hijos del fuego y sus señores, pero no lograron dañarles.
- ¡Cuidado!- gritó Dréngle.
Se lanzaron al suelo y evitaron una llamarada que les hubiera calcinado. Al levantarse vieron que el sol rebasaba el horizonte. Un dragón se lanzó a por ellos.
Y su rumbo se torció.
Al oeste, una mancha negra flotaba en el cielo. Y sobe ella, un lucero blanco, una estrella que había vencido al día para vencer a los dragones. El corazón de Tréngol se llenó de esperanza.
- ¡Hijos del bosque!- gritó con todos sus pulmones-. ¡Llegan los hijos del viento!


Capítulo 14.

14. El último día de un hijo del fuego


Fellek se extrañó muchísimo cuando vio que ninguno de los centenarios ocupantes del nido le atacaban y solo le observaban con una apagada curiosidad. Solo salieron de su letargo cuando rompió las cadenas de Náilze, y se montó en ella y levantaron el vuelo tan rápido que cuando salieron del nido los dragones apenas se habían alzado y abierto sus alas.
- No me atacaban- dijo él, extrañado.
“No tenían instrucciones de hacerlo.”
La voz de Náilze tenía el mismo tono que Fellek sentía al otro lado de su mente: algo devastado, que no había oído desde la noche en que ella estuvo a punto de morir, y la respuesta había sido tan extraña que Fellek sintió una necesidad visceral de saber más.
“Los señores dragón son una abominación ahora mismo, y el Rey Sombrío, el ser más desalmado que conozco”, empezó a responder Náilze a la inevitable pregunta de su pareja. “Les ha maltratado tanto y ha usado tanta magia, olvidada por lo maligna que era, sobre ellos, que han perdido la capacidad de hablar, la de actuar por iniciativa propia, incluso sus nombres. Y todo el fuego que hierve en su interior por no poder salir… Una parte va al jinete de cada dragón, para que no sospechen, porque se horrorizarían y se rebelarían de saber la verdad. Pero todo lo demás va al Rey Sombrío.
Náilze no pudo seguir hablando y le mostró sus recuerdos a Fellek. En ellos el chico vio al enorme dragón del rey tratando de decirle todo esto a Náilze solo con el contacto de sus mentes, mientras la torturaba e interrogaba de igual forma que había hecho el propio Rey Sombrío con él y con Fellek. Un dragón había vencido su legendario orgullo para suplicar ayuda. De pronto Fellek odió aún más al hermano menor del mago.
“Me dijo que no dudáramos en matarles”, Náilze se había repuesto un poco. “Cree que con los otros aún se pueden deshacer las cadenas, pero en su caso son tan profundas que lo único que le queda es la muerte. Y él la anhela.”
- Será una batalla dura.
“No si sabemos ser rápidos. En nuestro caso, además, el vínculo es mucho más fuerte y perfecto que el suyo.Y, al contrario que el acero corriente, el ventacero sí puede atravesar las escamas de dragón.”
Y mientras la noche avanzaba la garra y la espada salieron de Liakgens y aterrizaron, como hicieron al anochecer, en un claro cercano.
“Mira detrás de ese árbol”, dijo Náilze tras tocar tierra.
Fellek obedeció y vio una bolsa de tela basta. La abrió y al instante parpadeó. No, había visto bien, ¡era ventacero! Sacó los objetos con impaciencia y abrió la boca cuando vio lo que eran.
- ¡Es la armadura de Hyul!
“Sí. Discutí mucho con Íesin para que me dejara traerla. Y entonces comprendí que había sido una estúpida, porque tú no sabes luchar con ella. Pero si hay un momento para usarla, es este.”
Fellek no perdió el tiempo y empezó a ponérsela. Pero como nunca lo había hecho, tardó mucho. Náilze comenzó a apremiarle cuando el fragor del combate empezó a llenar el aire, y él se apresuró aún más para ajustarse las vainas de Ala y Garra y el yelmo. Y se sorprendió. Como era de ventacero no pesaba mucho más que los cálidos embozos de los hijos del bosque, y en solo dos minutos se acostumbró a moverse con ella. “Pues sí que fue de Hyul”, pensó. Se montó en Náilze, se ajustó las ligaduras y volaron hacia la batalla.
El sol, que les daba en la cara, hacía que los gigantescos dragones parecieran criaturas de horror negras. Ellos manipularon el viento y el vuelo y las llamas de todos los dragones se torcieron.
“Lo sabía”, dijo Náilze con orgullo. “¡No saben usar sus alas!”
Entonces Fellek oyó el grito de Tréngol. Y su euforia y su esperanza les contagiaron.
- ¡Náilze!- gritó Fellek-.¡Vamos a matar dragones!
Náilze aceleró su vuelo y se precipitó al centro de la batalla. Pasaron junto a un dragón. Este trató de golpearles y morderles. Pero era mucho más grande que Náilze, y por eso más lento. En un momento se pusieron sobre su espalda. Náilze voló en línea recta, y Fellek alargó su brazo y con una de sus espadas rajó la membrana del ala del dragón. El señor dragón les miró y con un movimiento de manos les lanzó una gran bola de fuego, que ellos esquivaron por los pelos. El dragón, de escamas color verde oscuro, rugió de dolor e, incapaz de volar, cayó a los árboles. La garra y la espada dieron un grito de triunfo, y fueron a por el siguiente dragón. Y el siguiente. Los dragones y sus señores caían, y los que quedaban en el aire tuvieron que concentrarse en Fellek y Náilze. Los hijos del bosque ganaron terreno. Ya casi no se les veía desde el cielo: casi todos habían entrado a la fortaleza, a salvo de las llamaradas salvajes que el elenthi y la Selan esquivaban casi riendo.
Cuando Fellek empezó a preguntarse si habrían matado al rey, oyó un monstruoso rugido. Los señores dragón, alrededor de ellos, empezaron a vitorear. Con un estruendo ensordecedor, Fellek vio cómo la parte superior del nido de dragones se derrumbaba. Y entre el polvo adivinó una figura de tamaño imposible.
- ¿Qué es eso?- preguntó asustado.
“Eso”, respondió Náilze, “son el Rey Sombrío y su dragón.”
Zum. Zum. Las alas del dragón hacían que el viento se estremeciera cada vez que las movía. Salió del polvo. Era un dragón blanco, con los ojos de un intenso color de vino, casi como las pupilas de un hijo del bosque. Y en su nuca, envuelto en una armadura negra, el Rey Sombrío.
El dragón abrió la boca y una llamarada ancha como un río avanzó hacia la pareja. En el último segundo Náilze torció las alas y se desvió. Moviendo la cabeza, el dragón siguió intentando quemarles. Fellek advirtió con horror que él y su pareja tenían el tamaño de una de las garras de ese coloso blanco.
“No podemos derribar a este”, dijo Náilze. “¡Hay que matarle!”
Susurró una palabra en su idioma, tan viejo como su raza, y el viento se condensó en miles de lanzas que volaron al dragón. Este deshizo muchas de ellas con una llamarada. Otras le dieron en sus patas delanteras. Algunas de las escamas se desprendieron o agrietaron. Y Fellek tuvo una corazonada. Con una orden mental hizo a Náilze moverse a toda prisa. La cola negra de un dragón restalló junto a ellos. Fellek sintió un dolor agudo en el costado, donde Náilze acababa de ser herida.
- ¿Estás bien?- esquivaban los golpes de todos los dragones y las llamaradas del rey.
“Ha sido superficial. Gracias. Si no hubieras hecho que me moviera, sería mucho peor.”
- ¡No le podemos atacar con magia! ¡Al concentrarnos bajamos la guardia!
“¡Y sus escamas son demasiado duras!”
Ambos sabían lo que intentarían después. Dando un amplio rodeo quedaron bajo el vientre del dragón blanco. Fellek alzó sus brazos, empuñando sus espadas, y gracias a la fuerza del vuelo de Náilze, abrió dos largos cortes en su vientre. La Selan hizo una burbuja de viento alrededor de ellos que detuvo el barrido de la gran cola blanca. Si les hubiera alcanzado, pensó Fellek, estarían perdidos.
Salieron de bajo el dragón. Fellek vio sus espadas. Su corazón pareció detenerse. Las dos hojas azuladas estaban limpias. No había atravesado la capa de escamas. Y las había hundido hasta la empuñadura.
- ¡Mierda!- exclamó.
“¡Hay que atacar sus ojos!”
- ¿Por qué no se me ocurrió darles flechas de ventacero a Tréngol y Dréngle?- se reprochó.
Y se le ocurrió.
Ocultó a Náilze su idea, pero la hizo subir a toda velocidad, muy alto, tan alto que veían algunas nubes lejanas bajo ellos. Con lentos golpes de alas, el dragón les seguía. Fellek llevó las manos a las correas de cuero que sujetaban sus piernas. No, ¡demasiado lento! Sacó sus espadas de las vainas y cortó las correas.
“¿Qué haces? ¿Estás loco?
- Puede ser. ¡Prométeme que me recogerás!
“¿Qué vas a hacer? ¡Dímelo!”
Pero Fellek ya se había tirado. Hizo que el viento de su alrededor cayera con él, y en dos segundos se había convertido en el corazón de una punta de lanza hecha de aire. No, una lanza no. Era una flecha. Él era la flecha. Y el arco era el mundo. Todo era pequeñísimo. La fortaleza, los árboles que eran Tarusk muertos. Los dragones parecían moscas, y ese blanco hacia el que caía, una cría. El dragón del Rey Sombrío abrió sus fauces y soltó una enorme corriente de llamas que envolvió a Fellek. El aire del interior de la enorme flecha ni se calentó. Y después del fuego hubo oscuridad. Quizá hubiera quedado atrapado dentro del dragón.
Pero vio la luz de nuevo. Trató de hacer que su rumbo fuera paralelo al suelo. Imposible. Llevaba demasiada velocidad. Rezó por que la muerte fuera indolora. Notó un impacto en el torso.
“Rey Fellek de la casa Hyulaera, tu cerebro es más temible que tus armas o tus conjuros.”
Fellek enterró la cara en el plumaje de su espalda, que se contraía al ritmo de sus alas, y derramó un puñado de lágrimas.
“Mira lo que has hecho.”
Fellek miró al cielo y vio al dragón de ojos rojoa retorciéndose y cayendo. En su cuello muchas escamas habían saltado por la presión del paso de Fellk. Y en su pecho sangraba un gran agujero. Exhaló una última llamarada, su cuerpo se detuvo, sus ojos se apagaron y cayó sobre la fortaleza, destruyendo el tejado y varios pisos inferiores. Los señores dragón revoloteaban inquietos y asustados y, tras las exclamaciones de asombro, los hijos del bosque gritaron salvajemente y redoblaron sus fuerzas.
“Voy a bajar. Tenemos que vencer al Rey Sombrío.”
- ¿Y si está muerto?
“Nuestro mago sobrevivió a una caída así. Y era mucho más joven y menos poderoso.”
Náilze bajó haciendo espirales y se posó sobre el costado del dragón. Miraron en derredor. La luz iluminaba los corredores por los que Fellek había pasado antes, que ahora estaban interrumpidos por el gran cadáver.
Sonaron unas solitarias palmadas. Sobre la cabeza del que había sido su dragón, Seloekk, el Rey Sombrío, hacía chocar las palmas de sus manos. Se había quitado el yelmo. Fellek vio su cara. Sí que era el hermano de Zakk.
- ¡Enhorabuena!- gritó-. ¡Habéis matado un dragón! Quedan cincuenta y siete. Y a una orden mía todos vendrían aquí y os despedazarían, sin que la reina Selan ni el temible Fellek Matadragones Hyulaera pudieran hacer nada- su tono había cambiado a una odiosa burla-. Pero no, de eso me encargaré yo mismo, para que comprendáis mi grandeza y la inutilidad de vuestros esfuerzos.
Desde los derrumbados corredores y el hueco del techo muchos hijos del bosque miraban la escena que ocurría sobre el cadáver de escamas blancas. Pero para Fellek el mundo era la presencia protectora junto a él y la hostilidad que encaraba. Ambos eran negros.
El chico y la Selan apenas tuvieron tiempo de concentrar el aire en un escudo. Desde la mano extendida del Rey Sombrío una llamarada invadía todo el destrozo del derrumbamiento, y empujaba el escudo de viento con la fuerza de mil montañas.
“¡No podremos aguantar mucho!”, gritó Náilze, con la voz desgarrada por el esfuerzo.
- ¡Tu idioma!- exclamó Fellek de igual modo.
“¡No podrás! ¡Y no sabemos si funcionará!
El escudo empezó a ceder.
- ¡Si no lo intentamos moriremos!
Y en el fragor de la batalla de magia Fellek notó un concepto en su mente, una palabra, depositada allí por Náilze. Su fuerza era abrumadora. Significaba “hombre”. Y Náilze le dio otra. Era más fuerte aún. Era el fuego y la raza que lo contenía. La tercera hizo que la piel de Fellek se erizara. Significaba separación, frontera, enemistad, conflicto. Esas palabras danzaron solas en la mente del chico y se encajaron en una frase, de tal poder que Fellek creyó que explotaría si no la decía rápido. El escudo se rompió. Náilze hizo una onda de viento que dispersó la llamarada. Sin inmutarse, el rey se preparó para lanzar otra. Fellek hizo las runas de la frase en el aire con Garra. Le pareció que los trazos permanecían. Seloekk liberó la llamarada. Al tiempo que les alcanzaba, Fellek puso su mano sobre los trazos. La garra y la espada gritaron la frase con todas sus fuerzas.
La llamarada se disolvió. Fellek sintió que todo el cielo pasaba a través de él. El viento tocó partes de su cuerpo y su alma que ni siquiera sabía que existían. Su madre muerta, su tío naufragado, Syltha la Desgarrada, todos sus antepasados desde Hyul, el grupo de ladronzuelos de Puerto de Esandell, Dréngle, Tréngol, Zareokk el Caído, Dyogun, Nerya, Saelar, la vieja Ivilla, Íesin, Náilze… Todos ellos habían trabajado para que Fellek se encontrara en ese punto y ese momento, con la fuerza cruda del viento liberándose a través de sus entrañas y desgarrándolas a su paso. Durante un segundo se vieron claramente más de cincuenta hilos que brillaban con la fuerza del sol, salían del corazón del Rey Sobrío para atar los cuellos y las mandíbulas de los dragones. Y hojas de viento los cortaron. Los dragones se estremecieron y rugieron libres. Por primera vez en más de un siglo sus rugidos fueron palabras. Y las llamas invadieron el cielo.


Náilze casi ni podía moverse. Le dolía cada pluma y cada músculo. El viento se le escapaba. Había gastado todas sus fuerzas con el improvisado conjuro y tardaría en reponerse. Pero lo peor era que al otro lado de su alma no sentía nada. Junto a ella, la armadura y las armas y la grandeza no podían disimular lo que aún era: un niño. Y a pesar de eso Zareokk le había arrastrado hasta ahí. Por un momento Náilze se preguntó cuál de los hermanos era más desalmado.
Aún sobre la cabeza del cadáver de su dragón, Seloekk estaba desolado. Náilze casi le compadeció. Todo por lo que había trabajado se acababa de derrumbar en unos pocos segundos.
“Tenías todo el fuego que quisieras”, dijo ella, sin saber muy bien por qué, quizá para consolarle, “pero nunca fuiste fuego. Nunca habrías podido hablarlo.”
Seloekk alzó la cabeza hacia ella. Sus ojos estaban rojos, un rojo sucio, de sangre coagulada.
- ¡Te mataré! ¡Te mataré!
Náilze se resignó. A pesar de estar aún de pie, no podría resistir.
Y oyó una risa enferma, que salía a borbotones de la boca junto con la sangre. Sintió la mente herida de Fellek, y todo su delirio físico. Le envadió el alivio.
Fellek trataba de incorporarse sobre sus brazos, pero constantemente se caía. Lloraba sangre, babeaba sangre, exhalaba sangre, pero aún vivía.
- Mírate, Rey Sombrío- se burló con su risa de esqueleto-. Eras tan grandioso sobre tu trono de huesos de dragón, pero después de todo solo eres un hombre.
- ¡Un hombre son sus fuerzas!- replicó este-. ¡Aún soy más que tú!
- No, no, no. Yo nunca estuve solo. Lucha por tu reino, Rey Sombrío.
Este gritó al recibir el golpe de Saelar, que se había acercado corriendo a él. Trató de resistir, pero el hijo del bosque se impuso sin esfuerzos. Ya le tenía arrodillado frente a él, a punto de darle el golpe final.
Zareokk se acercaba con todas sus feurzas. Cuando Fellek le vio, abrió mucho los ojos.
- ¡No le dejes, Saelar!- gritó-. ¡Protege al Rey Sombrío!
De pronto todo el esquema diabólico encajó, y Fellek se sintió más impotente que nunca al ver que no podía evitar el final. Saelar miró a Zakk, quien le derribó con un golpe de su vara. La transformó en metal y la hundió en su horrorizado hermano. La sonrisa de Zareokk era de salvaje triunfo. Fellek no debería haber gritado. Se derrumbó y perdió la realidad.


Epílogo.

Epílogo. Tres años


En lo que llevaba de reinado Zareokk el Caído había demostrado ser un rey más justo y magnánimo que su hermano menor. Había dejado irse a los dragones que no aceptaban el vínculo, y a los hijos del bosque salir de Lastenn. Pero Tréngol y Dréngle sabían que su corazón era tan negro como el de Seloekk.
Y no habían estado tan seguros hasta entonces. Acorralados entre soldados humanos, un heraldo leía sus delitos, entre los que se encontraban la sublevación, la alta traición…
“Él hizo lo mismo, o más”, pensaba Tréngol. “Qué asqueroso.”
- Y por eso, yo, el rey Seloekk, llamado el Caído, os condeno a muerte- concluyó el heraldo.
Aunque los soldados estuvieran más armados, el que más miedo les daba del círculo era el que, suponían, era el verdugo. Era un señor dragón, su dragón volaba sobre ellos, con otro que sí llevaba a su jinete. Alzó la mano para hacer que estallaran en llamas.
Y un viento de una fuerza imposible derribó al círculo de soldados.
El dragón solitario descendió, mientras su aspecto mutaba. El otro le persiguió. El encapuchado saltó sobre su dragón, que había disminuido de tamaño.
- Así que tú eres Fellek Matadragones Hyulaera- habló con voz profunda el verdadero dragón.
Al quitarse su capucha, los mellizos reconocieron a Fellek y a Náilze, libres ya de ilusiones. Gritaron de alegría.
- Así es.
- Esperaba algo más- su risa era lenta y escalofriante-. Una leyenda no puede preocuparse por dos hormigas como esas.
- Entonces prefiero no ser ninguna leyenda.
Sin avisar, Náilze se incorporó y atacó al dragón con sus garras. Este respondió. Pero Fellek ya no estaba sobre Náilze. El dragón aulló de dolor. Fellek se había puesto bajo él y con sus espadas perforaba sus dos patas traseras. El dragón tuvo que detenerse.
- Volved a Liakgens y decidle a Zareokk el Traidor que el pequeño ladrón completará la empresa.
- Te salvas por la deuda, Matadragones- escupió el dragón con odio.
- Sois vosotros los que os salváis.
Mientras tanto, Náilze se había acercado a los mellizos, y se agachó frente a ellos.
“¡Subid!”
Su voz tenía cierto cariño, que a ellos les sorprendió.
- Sí, ¡subid ya!- Fellek había llegado junto a ellos.
En esos tres años el viento había curtido su rostro moreno, y su pelo, siempre alborotado, ahora le caía hasta los hombros. Pero el mayor cambio era una cicatriz blanca, que cruzaba limpiamente su rostro desde la comisura de su boca hasta la mitad de su frente, aunque sin dañar el ojo.
- ¿Cómo es que sigues vivo?
- Una larga historia. ¡Subid!
Tréngol se decidió y se encaramó a la Selan. Fellek miró por un segundo a Dréngle. Esta vez no apartó la mirada. En vez de eso, la besó en los labios.
El corazón de Dréngle se detuvo un momento.
Fellek subió a Náilze, y ella le siguió. La primera hija había crecido. Solo entonces se dio cuenta de que el beso había sido tan corto y torpe que solo podía haber sido el primero. Y sintió una extraña satisfacción.
- ¿Adónde vamos?- preguntó Tréngol.
- ¿Dónde va a ser? ¡A Elenth!- respondió Fellek.
Náilze saltó.
Gracias: zambu, Caeles, Toni y 5 más.

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Última edición por Tyren Sealess; 08/01/2017 a las 11:08 Razón: Actualización.
  #2  
04/10/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] Hijos del bosque, hijos del viento

Capítulo 2


2. Los compañeros

Fellek estuvo un rato más conversando con el hijo del bosque, pero el suave y monótono balanceo de la barca acabó por dormirle. Tuvo un sueño agitado, en el que caía hacia las fauces de un dragón y después abría unas ruinas de miles de años de antigüedad.
Empezó a oír gritos. Se despertó pero no abrió los ojos: necesitaba saber qué pasaba.
- ¿De verdad? ¿De verdad desciende de él?- gritaba alguien.- ¡Es débil, lenoto e inexperto! ¡No será más que una carga, si no muere antes!
- Tranquilo, Saelar- dijo el mago.- Guarda mucho más de lo que aparenta. Dale una oportunidad.
- ¡No pienso hacerlo!
El mago resopló.
- Saelar, no estás en condiciones de negarte. Estás en deuda conmigo. ¿Acaso te tengo que recordar tus días en los Reinos Fragmentados, cuando estabas borracho día y noche? Abandonado por tu familia, por toda tu gente, y urdiendo planes sin sentido para acabar con los señores dragón. Yo te saqué de ahí. Y ahora que tenemos un plan decente, no lo eches a perder. Fellek se queda.
Ese fue el momento en el que el chico decidió abrir los ojos y hacer que se despertaba.
Estaba tumbado en el suelo de una habitación atestada. En el centro, de pie, estaban el mago del pelo de plata y un hijo del bosque adulto, de pelo color bronce y ojos azules, que Fellek identificó como Saelar. Apoyados en una pared, sentados, Tréngol y Dréngle dormitaban. Al otro lado, otros dos hijos del bosque adultos, hombre y mujer, comían queso.
- Buenos días, Fellek- saludó el mago.- Te presento a Saelar, rey legítimo de Lastenn, su hijo, Dyogun- señaló al que comía queso, que levantó la mirada y saludó,- la mujer de su hijo, Nerya- la que acompañaba a Dyogun- y sus nietos, a los que ya conoces. Saelar y yo estábamos discutiendo... los detalles del viaje- "Sí, claro", pensó Fellek,- y creo que aún tardaremos un poco. Lo mejor será que alguien te ponga al día. ¿Quién quiere?
Hubo un silencio, y el chico vio que era tan apreciado entre los hijos del bosque como en Puerto de Esandell. Tampoco le importaba mucho: estaba acostumbrado a ello.
- Venga, iré yo- dijo Dyogun.
Se levantó y salió de la habitación. Fellek le siguió. El pasillo era estrecho y sucio. Miró a Dyogun: era alto, de ojos verde bosque, y muy musculoso.
- Encantado, Fellek.
Este se sorprendió: era la primera vez que le trataban así, como si fuera un noble merecedor de respeto. Recordó que se lo había dicho un miembro de la realeza y le invadió la vergüenza. Intentó responder desesperadamente:
- Lo... Lo mismo digo.
- A ver, el plan... De momento lo único seguro es que iremos a pie un día hasta la Ciudadela de Engol, allí compraremos caballos y provisiones, y atravesaremos el resto del Imperio de Inlar cabalgando. Mi padre y el mago no se pueden poner de acuerdo en nada más.
- ¿Pensáis todos igual que tu padre?
- ¿A qué te refieres?
- A... A vuestra opinión sobre mí.
Dyogun pensó unos segundos.
- Lo que piensa mi padre está claro. Desconozco lo que piensan los demás.
- ¿Y qué piensas tú?
Pensó algo más.
- He recorrido más mundo del que puedes imaginar, y de todos los que he conocido, ninguno era como tú. Tienes el pelo blanco, y no es por la vejez; y el sol puede tostar tu piel, y tus ojos no son rojos, así que no eres albino. Hay algo en ti que no sé identificar, y eso es raro, muy raro. ¿Sabes luchar?
- Pues... Más o menos.
- No digo una pelea a puñetazos en un callejón. Me refiero a sujetar el acero, herir, matar e impedir que te maten. No sabes, ¿verdad?
Fellek negó con la cabeza.
- Lo sospechaba. Yo te enseñaré.
- No hace falta. Puedo aprender solo...
- ¡Jajajaja!
La risotada, fuerte y alegre, asustó a Fellek.
- Claro que no lo entiendes. Esto es una costumbre nuestra. Algún día te la explicaré, y si la entiendes, me lo agradecerás de por vida. Ya casi es hora de salir, vamos a hacer que el rey y el hechicero aplacen sus debates. ¡Adentro!
Costó mucho hacer que Saelar y el mago dejaran de discutir, aunque los otros tres hijos del bosque y Fellek se esforzaron al máximo por separarles. Y no lo consiguieron. Pero eso importó poco: accedieron a salir, y aunque siguieron discutiendo, lo hacían en voz baja y sin apenas gesticular. Antes de salir, los hijos del bosque se embozaron con los mismos ropajes que Tréngol y Dréngle la noche anterior. Claro, pensó Fellek, no podían permitirse que los reconocieran. Además, se pusieron unas mochilas a la espalda en las que llevaban provisiones, ropas y armas.
La entrada y comedor de la posada eran tan pobres como el pasillo o más, y todo el mobiliario estaba cubierto por una fina capa de polvo y manchas de diversos tipos.
Cuando salieron a la calle, vieron un cielo encapotado por nubes grises: probablemente llovería pronto. La poca luz del sol que se filtraba entre las telas de gotitas de agua hacía que la hora pareciera más temprana.
La ciudad tenía aire de nueva, y se notaba que se había construido por interés económico y en poco tiempo: las casas eran bajas, de dos pisos como máximo, las calles tenían un empedrado que no variaba y su trazado era recto, digno de los mejores geómetras del Imperio de Inlar.
Siguiendo una única avenida, ancha y recta, y tras atravesar una gruesa muralla de granito, salieron al exterior de la ciudad. Fuera, los campos de cultivo cubrían la tierra, casi plana excepto por unas pequeñas ondulaciones y escasas granjas.
El camino que conducía a la Ciudadela de Engol parecía transitado: la tierra estaba endurecida y había dos surcos paralelos en él, causados por las ruedas de los carros que lo recorrían cada día.
Los hijos del bosque empezaron a conversar quedamente en su extraña y esbelta lengua, dejando a Fellek y al hechicero en un incómodo silencio. Al principio el chico no se preocupó mucho por ello, pero tras ver todo lo que el monótono paisaje tenía que mostrar, el ritmo monótono del caminar hizo que su mente empezara a desviarse a Puerto de Esandell, su refugio en ese sótano, su grupo, Jonna...
Cuando las lágrimas empezaron a llenar sus ojos y empezó a odiar a los que le habían empujado a esa empresa suicida, tuvo un arrebato de razón en el que pensó que no había vuelta atrás y la única manera de eludir esos sentimientos era entablar conversación con el mago. Pero no sabía cómo... Intentando encontrar el comienzo adecuado, sus ojos fueron de los cereales cultivados, a las granjas, al camino. Y entonces se le ocurrió. Fue al lado del otro humano.
- Si este camino es tan importante como parece, ¿cómo es que está vacío?
- Se avecina una buena tormenta, Fellek- respondió con toda naturalidad.- Pocos se atreven a viajar con la lluvia cerca.
- ¿Y por qué nosotros sí?
- Las ropas que llevan puestas ellos son impermeables. Tienen para nosotros también. No te preocupes por el agua.
En ese momento, Fellek se rindió a la acuciante curiosidad e hizo dos preguntas que le habían estado royendo la mente desde la noche anterior:
- ¿Quién eres? ¿Por qué estás tan interesado en mí?
- Esas preguntas requieren dos ratos distintos para recibir sus respuestas. Pero, por el momento, puedes llamarme Zakk.
A partir de ahí, la conversación adquirió un tono menos importante y, afortunadamente, más agradable. Mientras, unas altas colinas empezaban a hacerse visibles en la lejanía.

A lo largo de la mañana, las nubes se fueron oscureciendo. Llegado cierto punto, parecían odres llenos a reventar de agua, tanto que cualquier pinchacito en su superficie podría liberar el líquido. Mientras, las colinas se iban haciendo más y más altas según el grupo se iba acercando a ellas, y entre las elevaciones se empezaban a intuir destellos blancos.
Tras varias horas andando pararon a comer. Apenas tomaron unos bocados de pan y queso, pero para Fellek fue suficiente, ya que estaba acostumbrado a pasar hambre. Sin embargo, lo peor vino después de la comida. Dyogun dijo a Fellek que debería empezar a entrenar la lucha con armas. Fellek accedió, y Dyogun buscó entre las mochilas de los hijos del bosque hasta encontrar una espada de longitud media, no muy pesada, tan básica como eficaz.
- Esta para ti- dijo, dándosela.
Después, se quitó su túnica impermeable. Fellek se sorprendió: llevaba a la espalda, cruzadas, dos hachas de guerra de aspecto letal. ¿Cómo podía ocultarlas tan bien sólo con esa túnica?
- Esta prenda está hecha para ocultar las armas que vayan pegadas al cuerpo, además de para abrigar- explicó el hijo del bosque, adivinando sus pensamientos. Agarró las hachas y las sopesó.- No, obligarle a luchar contra esto sería muy cruel- dijo para sí, y fue a buscar una espada como la que había dado al chico.
Cuando la hubo encontrado, se pasó gran parte de la siguiente hora enseñando al humano las poses y movimientos básicos de la lucha. Era un maestro paciente, pero iba demasiado rápido y su forma de explicar era algo confusa. Fellek pensó que para entenderle tendría que usar el alma: mucho de lo que decía su maestro era: "Tienes que cambiar tu postura hasta que sientas que..." y cosas parecidas.
Después, Dyogun se alejó, se puso en guardia y dijo simplemente:
- Desármame.
Fellek no lo pensó dos veces: fue corriendo hacia él, bajó la espada y la subió rápidamente, para dar un fuerte golpe en el mango de su contrincante.
Pero la otra espada ya no estaba allí.
Cuando quiso retroceder, notó una pequeña presión en el pecho. Miró y vio la hoja de Dyogun.
- Muerto- dijo.- Fellek, recuerda que cuando luchas sin escudo no puedes dejar desprotegido el pecho.
En los demás asaltos, Fellek perdió por cometer errores semejantes. Acabó agotado y dolorido, y se sentó junto a su mochila para recuperar el aliento.
- ¿Y nos arriesgamos a ser descubiertos por ti?- dijo Dréngle.- No sirves para nada, humano. Y, hechicero, estoy empezando a...
- ¡Dréngle!- la interrumpió su hermano.
- ¿Qué? No me negarás que es un inútil. Es débil, enclenque, no sabe ni usar una espada... ¡Y por si fuera poco, ni siquiera aprende!
Al chico le invadió la ira. Apretó los puños y se dispuso a ir a por ella.
-No- oyó.
¿Cómo se había acercado tanto Zakk? Miró a su lado y vio que seguía donde había estado, sentado a unos cinco metros de él.
Se acercó.
- ¿Cómo has hecho eso?
- Magia del viento básica. El viento transporta el sonido. Pero eso no importa. Fellek, no puedes perder así los estribos.
- ¿Y ellos sí?
- Por ilógico que sea, sí. Tú, nosotros dos, estamos aquí porque Saelar nos deja. Dale un mínimo motivo para enfadarse más de lo que está, y a saber cómo puedes acabar. Es de furia rápida, y no sabe ver los beneficios que nos traes.
- Yo tampoco los veo.
El mago río.
- ¡Levanta el ánimo, hombre! Yo sí, y eso es lo que importa.
- Perdón...- se oyó tras ellos.
Fellek se giró.
- ¡Ah, hola, Tréngol!- exclamó el mago.- ¿Qué quieres?
- Nada... Mira, Fellek, lo siento por la actitud de mi hermana. No suele ser así. Y no te preocupes por lo de tu entrenamiento. Al principio es difícil- hablaba cada vez más atropelladamente.- Y somos más rápidos y fuertes que los humanos, así que no creas que eres tan malo. Y para demostrar a mi familia que eres muy listo... me gustaría enseñarte nuestra lengua.
La propuesta le sorprendió. Miró a Zakk, que asintió levemente con la cabeza.
- Será... será un placer.
- ¡Gracias! Cuando quieras empezar... avísame.
Se alejó.
- ¡Bueno! Te lo han ofrecido antes de lo que pensaba.
- ¿Qué? ¿Enseñarme su idioma?
- Sí. No pongas esa cara. Para los hijos del bosque, que alguien de otra raza sepa su idioma es... No sé, casi una ofensa. Pero si te lo enseña alguien de esa raza, pasas a ser uno de ellos ante las leyes de sus reinos, y eso...
Fellek lo entendió.
- Es un honor.
- De los mayores regalos que te puede conceder un hijo del bosque.
Mientras empezaban a caer las primeras gotas de lluvia, el chico empezó a pensar que quizá no hubiera empezado tan mal, después de todo.


Perdón por el doble post.
Gracias: FEL!X

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Última edición por Tyren Sealess; 06/01/2016 a las 17:37
  #3  
04/10/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] Hijos del bosque, hijos del viento
(Increíble la mágica capacidad de escribir de algunos)

¡Encantado de conocerte Tyren! “Hijos del bosque, hijos del viento” tiene muy buena pinta y mucho tirón. Me gusta.

Antes de todo decir que, aunque sea una persona que odia leer en el ordenador debido a la maldita luz tu obra ha conseguido engancharme. Tienes una buena capacidad para definir personajes y para crear un ambiente adecuado a ellos. Me he fijado mucho en ambos aspectos; tienes familiarizado y integrado en ti representar la historia detrás del ambiente – la historia del mundo que rodea a los personajes.

Es tu punto fuerte pero quizás una espada de doble-filo ya que al introducir tanto puedes confundir al lector; me hubiera ayudado algún espacio entre párrafos de más y alguna descripción más larga para quedarme con cada suceso y no quebrar mi ritmo como lector entre éstos. Pero bueno, eso depende de cada lector y de cada forma de leer.

Me agrada el personaje principal, Fellek; aún es débil pero irá volviéndose fuerte. Estaría bien que la espada tuviera algún secreto o algo (?).

Dicho por Tyren Lannister Ver mensaje
[SPOILER="Capítulo 2"]
[...]
Perdón por el doble post.
Si lo hubiera leído antes te hubiera dicho algo; es una lástima que pasara desapercibido a mis ojos, la obra es genial ¡Nada que objetar!

Me gusta la temática aventurística que está adoptando la obra ¡Ánimos Tyren!
¡Un abrazo! FEL!X
Gracias: Tyren Sealess

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¡Un abrazo!

  #4  
14/10/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] Hijos del bosque, hijos del viento
@Tyren Lannister , sé que leo esto con bastante retraso, y no sabes cuánto me arrepiento. Me gusta mucho el tono en que escribes, eso lo sabes desde hace tiempo, y leer una nueva historia tuya sólo me hace alegrarme por saber qje tu creatividad no acabó con Oren.

La historia me está gustando, es un tipo de argumento que me encanta, pero sinceramente, creo que toma un ritmo demasiado rápido desde el comienzo. Quizá, haber profundizado algo más en el personaje de Fellek mientras vivía en Puerto de Esandell y de sus amigos los ladronzuelos. Sé que te gusta centrarte en la acción y dejar el relleno lo más de lado posible, pero de mi experiencia leyendo muchas obras, sé que la mejor forma de "ponerte en la piel de un personaje" y por lo tanto, leer con verdadero interés, pasa por al menos poder hacerse una buena idea de cómo es el personaje, más allá de una descripción de su complexión y de su tono de piel y pelo, así como conocer un poco su aspecto psicológico.

Me sigue pareciendo genial la historia, pero tal vez deberías de hacer que fuese un poco más lenta, sólo eso.

Para variar, has conseguido que me enganche a otra historia tuya, así que ya sabes que voy a estar dándote el coñazo para manetenerme entretenido xDD. Mil gracias, Tyren
  #5  
14/10/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] Hijos del bosque, hijos del viento
Bonita historia, me gusta como escribes la verdad.

Una pregunta, En donde le dicen a fellek: - No, Fellek- dijo el hombre.- Las leyendas tienen tantas verdades como mentiras. Los señores dragón nunca exterminaron a los hijos del bosque.

Es porque fueron los Ándalos los que mataron a los hijos del bosque cierto? los señores dragón (Targaryen) solo afirman ser sus descendientes, pero no fueron ellos los que los mataron, por lo que he leído en los libros creo que es así.
  #6  
26/10/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] Hijos del bosque, hijos del viento
¡Gracias a todos por el apoyo! Creo que esta es la historia que he hecho que más visitas y comentarios tiene así de pronto.

Capítulo 3

3. La Ciudadela de Engol

Cuando reanudaron la marcha, Fellek ya sabía qué pensar de cada uno de los hijos del bosque: Tréngol y Dyogun estabam dispuestos a ayudarle, mientras que tenía que tener cuidado con Dréngle, y sobre todo con Saelar. Y Nerya…
Nerya.
La miró.
Iba cargada con su mochila, la mirada fija en el camino. Apenas la había visto hablar. Con nadie.
Se tropezó con una piedra y sus pensamientos se desviaron. Miró al frente y vio que el camino ascendía, subiendo una de las colinas que había visto antes. Se repuso y dio un paso.
Una losa de cansancio cayó sobre él. “¿Por qué estoy tan cansado?”
Ignoró la fatiga y siguió andando. Ninguno de sus compañeros parecía afectado, así que él no iba a mostrar su cansancio. Siguió y siguió subiendo la cuesta, aunque cada vez le fuera más difícil caminar.
Cuando por fin llegó a la cima de la colina, alzó la vista. Parpadeó un par de veces: aunque tuviera el sol de espaldas, algo frente a él brillaba. Eso era la Ciudadela de Engol.
Estaba sobre una colina solitaria, frente a ellos, circundada por una muralla de piedra grisácea. Dentro de ella y a sus pies se extendían desordenadamente casas y calles. Y más allá había otra muralla, más alta, más gruesa y de un blanco inmaculado. Los edificios y vías en su interior eran más bellos y se alzaban de forma más ordenada. Estaban hechos del mismo tipo de piedra que el muro. Y en la cima de la colina se erguía, alta y recta como una lanza, una enorme torre, de blancas piedras y amplias ventanas. Fellek miró a la punta de la torre, preguntándose si en ese momento el emperador estaría tomando la cena.
- Engol en nuestro idioma significa blanco.
Fellek se sobresaltó: no se había dado cuenta de que Tréngol se acercaba.
- ¿Y por qué blanco y no blanca?- preguntó mientras empezaban a descender la colina.
- Porque Engol era un emperador.
- ¿Qué? Pero el Imperio de Inlar es humano…
- Engol no era el nombre de ese emperador. Es un apodo que le pusieron nuestros bardos, por el color de su armadura y su caballo. Cuando supo qué significaba, le pareció divertido, y quiso que su fortaleza estuviera a la altura de su nombre.

Descendieron rápidamente, y mientras se acercaban a las puertas vieron que los dos guardias que habían estado frente a ellas traspasaban la muralla y empezaban a cerrarlas.
No necesitaron ponerse de acuerdo para echar a correr.
Llegaron resollando al portón. Los dos guardias les miraron y se miraron. Uno dijo:
- Señores, llegan justo a la hora del toque de queda. Me temo que no pueden entrar.
Zakk insistió, en vano. Los hijos del bosque se miraron, abatidos. Y Fellek tuvo una idea.
- Por favor, déjennos entrar. De ustedes depende si comemos o no mañana.
El guardia mordió el anzuelo.
- ¿Por qué?
- Somos una compañía de cómicos, e íbamos a actuar esta noche en una posada.
- ¿Ah, sí? ¿Y esos embozos?- señaló a los hijos del bosque, que iban completamente cubiertos por su ropa.
- Son parte de la función. Verá, no cabían en las mochilas, por eso los llevan puestos.
- ¿Y esas dagas?- esta vez señalaba al cinto de Fellek.
- También son parte del espectáculo.
- ¿Y por qué están envainadas? ¿Acaso no están embotadas?
Fellek se quedó un segundo sin saber qué decir. Entonces se le ocurrió algo. Era muy, muy peligroso, pero podía hacerlo. Debía hacerlo si querían entrar.
Se llevó la mano al cinto y sacó las dagas. Echó una al aire, después la otra, y las cogió con la mano opuesta. Repitió la operación dos o tres veces hasta que ganó algo de seguridad.
- Dadme otra- pidió a sus compañeros.
Con cierta reticencia, Nerya se la dio. Fellek colocó dos armas en su mano izquierda y una en la derecha. Lanzó una de las de la izquierda al aire, y antes de agarrarla con la otra mano, lanzó la daga que tenía ahí al aire, e hizo lo mismo antes de recogerla. Estuvo así casi un minuto antes de parar.
- Si no hay filo- dijo al concluir,- se pierde parte del espectáculo.
Tanto los guardias como Zakk le miraban con asombro. Fellek rezó por que hubiera convencido al guardia.
- Pasad- dijo este finalmente.
Entraron a la ciudad, aliviados.
- ¿Sabías hacerlo?- le preguntó el mago.
- Solo con palos. Nunca lo había hecho con armas.
Ascendieron por las tortuosas calles empedradas hasta que el mago señaló un edificio, que era sin lugar a dudas una posada. Fellek no sabía leer, así que no pudo averiguar el nombre del establecimiento por el cartel, pero lo pudo intuir por los dos cuchillos de caza cruzados que había sobre la puerta.
Entraron. La sala era amplia, con suelo y mobiliario de madera. Había una barra al fondo, donde el posadero, un hombre musculoso con los brazos llenos de cicatrices, llenaba unas jarras de cerveza. A la derecha había unas escaleras que subirían a las habitaciones. A la izquierda, un músico tocaba una alegre melodía con su laúd. En las mesas ocupadas, grupos de hombres hablaban animosamente.
- Voy a pedir dos habitaciones- dijo Zakk.- Poneos de acuerdo sobre los grupos, yo subiré luego.
- ¿Por qué?- inquirió Saelar.
- Sabes que vamos a discutir arriba. No sé tú, pero yo prefiero hacerlo habiendo bebido algo.

Así pues, en cuanto supieron cuáles eran sus habitaciones subieron. Nada más llegar a la planta superior, Saelar dijo que quería que Fellek durmiera en su habitación. Nada más oír eso, el chico repasó mentalmente todos los trucos que conocía para no dormir. Pero no hicieron falta: Tréngol y Dyogun se opusieron férreamente a su rey, y consiguieron que la disposición fuera de Fellek, Tréngol y Nerya en una habitación y el resto en la otra. Fellek, aliviado, se giró hacia la puerta de su habitación.
- Espera- le dijo Dréngle.- Antes te dije que eras inútil. Lo siento. Ahora sé que sirves como oso de feria.
- ¿Quieres callarte, Dréngle?- le replicó Tréngol.
- ¿Quieres callarte tú?- se unió a la discusión Saelar.- No sé en qué estaba pensando el mago al reclutarle. ¡Reclutar a un humano!
- Los señores dragón también son humanos- respondió Tréngol.
Esa frase hizo que Saelar se convirtiera en la viva imagen de la furia contenida. Se tensó, empezó a respirar fuertemente y en su cuello empezó a palpitar una vena. Fellek no necesitó nada más para entrar a la habitación, ocultarse tras la puerta y agarrar fuertemente sus dagas. Respiraba rápidamente, estaba sudoroso y su corazón latía como los cascos de un caballo al galope.
Alguien entró dando un portazo.
Fellek vio, aliviándose, que era Tréngol. Después, Nerya abrió la puerta y entró.
- Ya te estás pasando de la raya, Tréngol.
- Se lo merece, madre.
- No lo dudo. Pero a veces es mejor comerse el orgullo. A fin de cuentas, es nuestro rey.
- Lo haría si solo fuera mi orgullo- su tono de voz subió hasta casi convertirse en un grito.- ¿Pero qué pasa con la justicia?
Nerya suspiró.
- Voy con ellos a cenar.
Volvió a irse.
- ¿Tú no cenas?- preguntó Tréngol a Fellek, aún malhumorado.
- No soy tonto. Sé para qué quería estar en la misma habitación que yo. No aceptaré comida suya si no es la única opción. Si quiero cenar, conseguiré unas monedas y compraré algo.
- Sí… Haces bien.
- Una cosa… ¿Por qué te empeñas tanto en defenderme?
- El mago confía en ti. Para mí es suficiente.
- Espera… ¿Estás diciendo que confías más en Zakk que en tu propio abuelo?- Tréngol asintió con la cabeza.- ¿Por qué?
- Lo puedes intuir si conoces la historia de Saelar. De todas formas, te lo diré. Pero hoy no. Buenas noches.
- No serán buenas. No dormiré bien. Y creo que tú tampoco.
Tréngol no dijo nada.
- ¿Puedo empezar a aprender vuestro idioma?
El hijo del bosque clavó su mirada en él.
- ¿De verdad?
- Bueno… Me lo ofreciste, ¿no?
- Claro, por supuesto. Pero antes de empezar… A ver, para acreditar que te he enseñado a hablar como nosotros y no has aprendido por medios ilícitos, tengo que grabar mi nombre en tu antebrazo.
- ¿Cómo?
- A sangre o a fuego. Y aquí fuego no hay…
Desenvainó su daga. Fellek inmediatamente cruzó sus brazos para protegerlos.
- Tranquilo… No te haré mucho daño… O lo intentaré.
No sin cierta reticencia, el chico extendió el brazo a su nuevo tutor, que le cogió la muñeca delicadamente y se la giró, de modo que la palma de la mano apuntara al techo.
Entonces, con trazo leve pero preciso, empezó a cortar la pálida piel de la parte interior del antebrazo del chico. Este hacía una mueca de dolor con cada pinchazo.
- Ya está- dijo Tréngol tras un par de minutos.
Fellek retiró el brazo, aliviado. Ahora no sentía los pinchazos, pero sí un dolor sordo y lacerante, el de una herida abierta.
- Lo tendré que repasar cada vez que cicatrice- pensó Fellek en voz alta.
- No. En nuestra lengua hay cierta magia, que se hace evidente en un par de detalles. Uno de ellos es que nuestra escritura nunca desaparece con el tiempo.
- ¿Tendré esta herida siempre abierta?- se alarmó el chico.
- ¡No!- respondió Tréngol riendo.- Pero quedará una cicatriz indeleble.
Solo entonces miró Fellek su herida.
Las sangrientas líneas hacían una forma abstracta, tan distinta de las ristras de signos que el chico estaba acostumbrado a ver que no pudo evitar decir:
- Esto no es tu nombre, ¿no?
- Sí lo es. No sabes ni leer ni escribir, supongo- Fellek negó.- Tendré que enseñarte eso también. Los humanos para escribir usáis un sistema en el que los signos, las letras, representan un sonido cada una. Nosotros usamos glifos. Están compuestos de trazos, que son partículas de palabras. Y algunas otras lenguas usan otros sistemas de escritura.
- ¿Cuáles?
- ¡No soy un experto lingüista!- se quejó Tréngol, sus ojos reluciendo de diversión.- Pero creo que el desaparecido pueblo Elenth usaba runas. Cada runa puede ser un sonido, una palabra o un concepto. ¡Pero volvamos a mi lengua!
Era un idioma extraño, lleno de sonidos exóticos y con una lógica completamente distinta al de los humanos. Pero los dos jóvenes repetían cada palabra, cada partícula, cada estructura, tantas veces como fuera necesario.
- Se hace tarde- dijo Tréngol tras un rato,- y no quiero que nadie sepa esto. Mi madre debe de estar a punto de entrar. Estaré satisfecho si dices: “Mi nombre es Fellek y vengo de Puerto de Esandell”.
Fellek buscó las palabras en su memoria y las ordenó. Abrió la boca.
La cerró. Algo de la frase que había construido estaba mal, muy mal. Reordenó las palabras hasta que esa inquietud desapareció y pronunció la frase.
- Bastante bien- aprobó Tréngol.- Bastante, bastante bien. ¿Por qué no lo has dicho a la primera?
- Por…- Fellek lo pensó.- No sé, sonaba mal.
- Es otro de los detalles mágicos de nuestra lengua. No quiere ser hablada incorrectamente. Eso hace que mentir en ella sea más difícil.

Un rato más tarde, Fellek se tumbó en el suelo y por primera vez en muchos días sacó de entre su ropa el regalo de Zakk, ese colgante hecho del extraño metal azulado. Miró sus signos. ¿Eran letras humanas? ¿O glifos lastennos? También podrían ser runas elenthis...
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Última edición por Tyren Sealess; 06/01/2016 a las 17:38
  #7  
10/11/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] Hijos del bosque, hijos del viento
¿Doble post? ¿En serio?

Bueno, como esto está algo muerto, decidí animarlo con el

Capítulo 4

4. Hojas gemelas

Al día siguiente Fellek conoció el plan definitivo: irían a pie hasta Lastenn, intentando pasar desapercibidos. Atravesarían el Imperio de Inlar y cruzarían los Reinos Fragmentados bordeando los Picos Vínteos, para entrar en Lastenn desde el norte. El mago insistió tanto en hacer un desvío de menos de cuatro días que Saelar se lo tuvo que conceder.
Antes de salir de la ciudad, Saelar le dio a Fellek un fardo de tela: “Un obsequio de mi parte”, había dicho con una ironía prepotente. Tras ponerse en camino, Fellek desenvolvió el paquete con el máximo cuidado: podía esconder su muerte.
Pero lo que había dentro eran dos extrañas armas: espadas cortas, con una hoja de unos setenta y cinco centímetros, y una hendidura ascendente en su base. Las revisó una y otra vez hasta que se convenció de que la única manera por la que esas armas pudieran matarle sería por algún hechizo que llevaran. Por eso se adelantó corriendo (la actividad había ralentizado su andar) hasta el mago y formuló su pregunta. Este dijo:
- No te las habrá dado Saelar.
- Sí…
- Orgulloso malnacido- Fellek se estremeció.- Es una burla. No puedes manejar bien esas armas. Casi nadie puede. Solo un guerrero en toda la historia las ha dominado. Tengo que hablar con él.
Lo hizo, solo para volver malhumorado y refunfuñando. El chico decidió no preguntar nada, simplemente caminar.

- ¿Por qué comes tan lento, Fellek? ¿No tienes apetito?
Por supuesto que lo tenía, de hecho, antes de comer había sufrido un hambre canina, pero solo estaba comiendo aquello que Zakk probaba después de que lo hiciera; así se aseguraba de que no había veneno en el pan, el queso o la carne salada.
Como esa mañana el tiempo había sido más apacible, se habían cruzado con muchos carros que iban y venían de la capital y los pequeños pueblos de su alrededor. Según el mago, sin embargo, en unos días entrarían en otra región, no tan poblada y mucho más boscosa.
Acabaron de comer, y llegó el temido momento de la práctica con Dyogun. Cuando el fornido hijo del bosque le pasó la espada, Fellek dijo:
- No, gracias.
Sacó las suyas, cuyas vainas se había atado a la espalda con unas correas de cuero que tenían enganchadas. Dyogun las miró.
- No, Fellek, no… Es muy difícil usar eso. Muchos guerreros luchan con dos armas, pero tienen que ser distintas, porque no usan las dos manos igual. Te recomiendo que no uses esas espadas.
Fellek miró a Saelar, que sonreía maliciosamente. De pronto le invadió el orgullo.
- Las usaré, Dyogun. Quiero demostrar que merezco este regalo.
- En fin… Habrá que modificar muchas de las posturas que te enseñé ayer. ¿Qué mano usas mejor?
Esa pregunta dejó al chico en blanco, como su pelo. Era la primera vez que se lo preguntaban. Era la primera vez que se lo preguntaba.
- No lo sé- respondió sinceramente.
- Vale… Pues habrá que verlo.
Según su maestro le enseñaba las nuevas posiciones de guardia, defensas, y a moverse con esas espadas gemelas, Fellek se sentía mucho más cómodo. Era todo más natural, más equilibrado. Y por fin, Dyogun dijo:
- Desármame.
Felle avanzó hacia él. Cuando estuvieron frente a frente, Dyogun hizo un rápido movimiento. Fellek levantó la espada derecha. El metal chocó contra el metal, produciendo un agudo tañido. El chico lanzó su espada izquierda al pecho del hijo del bosque. Este se giró rápidamente, quedando de lado. Fellek saltó hacia atrás. Y Dyogun le siguió, saltando de frente, enarbolando su espada por encima de su cabeza. Descargó el golpe con gran fuerza. Fellek cruzó sus espadas por encima de él justo antes de notar el impacto. Por unos segundos se quedaron así, una tensa figura.
Y Fellek vio cómo desarmarle.
Se encogió y retrocedió. La espada de Dyogun bajó y volvió a subir. Fellek saltó hacia su maestro, las dos hojas hacia su corazón. Dyogun cruzó su espada frente a su pecho para protegerse.
Pero al tocar tierra Fellek no atacó. Retrocedió medio paso y velozmente puso una de sus espadas bajo la hoja de Dyogun y la otra por encima. Empezó a presionar la hoja con ls suyas. La sorpresa hizo que el hijo del bosque descuidara un poco si agarre.
Y por eso se le escapó el mango. La espada voló por los aires girando, y se clavó en el suelo a unos tres metros.
- Muy bien- musitó Dyugun.
Pero no parecía que lo que acabara de hacer estuviera muy bien. Zakk miraba al resto del grupo, triunfante. Dréngle miraba a Fellek, con incredulidad en su rostro. Tréngol y Dyogun se miraban, preocupados. El rey sin reino tenía el rostro rojo de furia. Y Nerya, ajena a todo, afilaba uno de sus puñales.

Se habían puesto en marcha poco después. Fellek solía entender las cosas a la primera, pero eso se le escapaba. De hecho, todo el grupo se le escapaba. ¿Por qué esa división entre Saelar y Zakk? ¿Y por qué le habían reclutado? No entendía nada. Echaba de menos el mundo simple de las calles. Pero al menos de esto había sacado algo: un par de armas que podía manejar y una especie de abalorio.
- Fellek-onet- dijo Tréngol, y se le acercó.- ¿Te importa que sigamos ahora con mi lengua?
- ¿Onet?
Le había sorprendido mucho. Tréngol le había dicho que ese sufijo denotaba enorme respeto y sólo se usaba con la alta nobleza o la realeza.
- Perdona… Me he acostumbrado tanto a usarlo con mi familia que ya creo que todos en esta compañía tenemos sangre real. Pero te lo mereces.
Ignoró eso.
- ¿Por qué ahora y no por la noche?
- Luego quiero enseñarte a leer.
Después empezó a hablar, y Fellek empezó a perderse en un mar desconocido de palabras extrañas. Pero se consoló pensando que al final de las tres horas de conversación entendía una palabra de cada diez y sus torpes incursiones en ese territorio extraño eran más frecuentes.

La noche les sorprendió en el camino y se apresuraron para llegar al siguiente pueblecito. Allí se metieron en la única posada que había, una sucia fonda que por alguna casualidad del destino dejaba a los borrachos dormir ahí. Lo más limpio de esa taberna era el fuego que ardía en una esquina alrededor del cual los lugareños hablaban y bebían.
El tabernero les informó de que solo había cinco camas. Nada más oír eso, Fellek se ofreció para dormir en la planta baja, en el suelo. Saelar no se reduciría a eso, y cuanto más alejado estuviera de él, mejor.
- Dormiré abajo también- dijo Tréngol rápidamente.
Cuando los demás hubieron subido, Tréngol dijo:
- Vamos a la barra.
- No hace falta, no tengo…
- Sí hace falta. ¿Te crees que no te he visto? Hoy apenas has probado bocado, y ayer tampoco. En dos días, has comido menos de lo necesario para medio. ¡Y has estado andando todo el rato!
Así que se sentaron frente a la barra. Tréngol pidió algo de carne y una copa “de lo más fuerte que haya”. El posadero frió dos generosos trozos de cerdo en un oscuro aceite y se los sirvió en platos de barro cocido. Mientras los dos jóvenes los devoraban, el hombre bajó por unas escaleras que deberían llevar a la bodega y volvió con un vaso lleno de un líquido transparente, con un ligero color morado.
- Es increíble- dijo al ponerlo frente a Tréngol.- Un hijo del bosque me pagó su estancia aquí con esta receta.
Tréngol se quitó la capucha, revelando sus rasgos afilados y sus ojos sin blanco.
- Pues veamos si eres digno de ella, humano.
Todas las miradas se habían concentrado en él. Alzó el vaso, se lo llevó a los labios y dio un traguito.
- Nunca llegarás a la altura de uno de los míos, humano- anunció,- ¡pero no lo haces nada mal!- puso una moneda de oro en la mesa.- ¡Un trago para todos!
Los hombres empezaron a vitorearle. Él volvió a alzar el vaso y dio un trago largo, profundo.
- Dioses, cuánto tiempo llevaba sin probarlo. Bebe un poco, Fellek.
Fellek tomó el vaso medio vacío y bebió un sorbo.
En Puerto de Esandell había probado la cerveza, incluso el aguardiente. Pero eso era muy distinto. La boca se le llenó de sabores que no conocía. El líquido estaba frío como el mar, pero le calentaba, y le hablaba de bosques profundos y noches tan viejas como el tiempo. Cuando lo tragó, se quedó en su estómago, un rescoldo que le calentaba suavemente.
- ¿Qué te ha parecido, Fellek?
- Increíble… ¿Qué es?
- Aterz. Es un licor que se hace con arándanos fermentados en agua con azúcar,pero cada uno lo hace distinto, poniendo más cosas a fermentar junto con las bayas.
- ¿Lleva magia?
- Algunos lo hacen con magia, sí. Pero yo creo que no la necesita. Es magia.
De pronto, los hombres empezaron a cantar. Tréngol se les unió, y Fellek después. Cuando los hombres acabaron, Tréngol empezó a entonar una cancioncilla en su idioma de un ritmo alegre e impredecible, y antes de darse cuenta, estaba cantando el estribillo con el hijo del bosque:
“¡ Y esta es la historia de Lat,
el peor rey de Lastenn,
al que la suerte maltrató
y su pueblo le mató!”
Después cada hombre cantó una canción, y finalmente le llegó el turno a Fellek. Conocía cientos de canciones y retahílas de taberna, pero cuando abrió la boca, solo se le vino una canción a la mente. Era una triste balada que su madre le cantaba antes de morir, cuando él era muy pequeño. Estaba en su lengua materna, un idioma extraño y seseante hablado sólo por su familia. Nadie le entendería. Tenía que cantarla.
“Hay en lejanas comarcas unas montañas
de hielo y de viento que ocultan
un valle de nieve. Su gente eran versos
bellos y frágiles. Siempre sufrían,
forjaron por eso alianza compleja
con los grandes seres de viento
que pueblan aquellos lugares.
Y fueron guerreros y sabios y bardos,
níveo fue su cabello.
Mas algo rompió su cálida alma
y murieron, murieron a cientos:
padres mataron a hijos,
hermanos mataron hermanos.
La nieve se volvió roja, el verso
perdió su alma.
Si alguna vez esas montañas
llegas a ver, recuerda a los muertos,
promete que no sufrirás de sed de poder, pues solo
lágrimas tendrás de beber.”

Poco después la gente se fue yendo. Cuando estuvieron solos, Tréngol inició la conversación.
- Bonita canción, Fellek.
- Gracias.
- ¿Cuál es esa lengua?
- No lo sé. Solo la hablaban mi madre y su hermano.
Se quedaron callados.
- No pensaba… que fueras así.
- Es porque no nos conoces.
- ¿Por qué te preocupas tanto por mí?
- Porque mi hermana y yo somos como tú. Desde la conquista, los señores dragón han perseguido y capturado o ejecutado a cualquier hijo del bosque que saliera de Lastenn. Por eso, cuando nuestros padres nos tuvieron, trataron de ocultarse de los señores dragón durante siete años. Pero llegado ese punto, no pudieron ocultarnos más. Nos entregaron a un viejo refugiado de Lastenn en Atrok, una ciudad del sur. Después de tres años, un día nos mandó al mercado solos. Sabía que los señores dragón le habían encontrado y le iban a matar. Así nos salvó la vida. Pasamos doce años en las calles, hasta que vinieron a buscarnos nuestros padres y el mago. Dréngle te odia porque cree que podemos ganar y tú eres nuestro punto débil. Yo no. Yo te aprecio porque eres como yo hace unos años.
- ¿Por qué no confías en Saelar?
- Ya te dije ayer que aún no es el momento para eso. Y si me notas distinto, es porque con los demás tengo que ser distinto. Como me ves ahora, así soy. Bueno, ¿vamos con la lectura?
Gracias: Invert

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Última edición por Tyren Sealess; 06/01/2016 a las 17:39
  #8  
11/11/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] Hijos del bosque, hijos del viento
Wiiiii, ¡Otra historia tuya!
Primero decir que leí todos los capitulos unos tras otro y como siempre me has encantado.
Blax tiene razon cuando dice que vas muy rápido en cuanto a la accion y a los hechos, pero a mí me gusta que te centres en esto desde el principio así que vas bien en ese sentido en mi opinion.
Me encanta como siempre logras acoplar todo en torno a la historia, toda la temática y hechos que ocurren los sabes llevar increiblemente.
Así que como siempre, solo me queda felicitarte y animarte a seguir.
Gracias: Tyren Sealess
  #9  
11/11/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] Hijos del bosque, hijos del viento
@Tyren Lannister , me ha encantado el capítulo, en serio tío. Llevo unas semanas muy ajetreadas en al uni, de hecho he llegado a casa hoy hace una hora escasa, pero siempre que puedo saco tiempo para leer tus fantásticas historias. El otro día no te comenté no recuerdo ya por qué, pero que sepas que me lo leí eeeh xDD.

Tengo muchas ganas de que sigas con el ritmo que ha tomado la narración en estos dos últimos capítulos, me parece perfecto
Gracias: Tyren Sealess
  #10  
26/11/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] Hijos del bosque, hijos del viento

Capítulo 5

5. Distintos

A Fellek eso le resultó tan lógico y simple que tras un rato no entendía cómo no había podido aprender por sí mismo. En tres días podía identificar todas las letras y leer, aunque con esfuerzo.
Los glifos de los hijos del bosque eran más complicados. Había que identificar las partes del glifo y relacionar cada una con una partícula de la palabra. Y había cientos de partículas…
Durante varios días que transcurrieron sin incidentes, Fellek pensaba casi únicamente en ese extraño pero fascinante idioma. Tampoco es que hubiera mucho más en lo que pensar, una vez que Fellek se acostumbró al paisaje boscoso en el que se iban adentrando. Ese fue el único cambio, aparte de que Dyogun empezó a usar sus hachas en los entrenamientos. Era más duro, y Fellek acababa mucho más dolorido, pero de alguna manera eso le gustaba: era un desafío que superar.
Aunque había un par de cambios más, de los que Fellek casi no se dio cuenta hasta aquella noche. El primero era que Saelar era cada vez más duro con él. El segundo era Dréngle.
Aquel día se habían adentrado en lo que Zakk había llamado “el gran bosque Odegu”. En él se veía a los hijos del bosque más animados: era un gran bosque salvaje, como los de su hogar en Lastenn. Pero además de esa ventaja había un inconveniente: las poblaciones eran escasas, y se verían obligados a dormir a la intemperie. Tendrían que hacer guardias.
Esa era la primera noche en la que se dio esa situación. Después de cenar, mientras Fellek seleccionaba un sitio al margen del camino, bajo los altos árboles, para dormir, Tréngol se le acercó.
- Hoy no podré enseñarte nada, Fellek. He intentado que nos dejaran montar guardia juntos, pero nada. Te toca la primera con mi hermana.
Fellek se alarmó.
- ¿Dréngle? ¿Por qué?
- No lo sé. Melo ha pedido ella.
Fellek lo pensó. No se llevaba bien con Dréngle. A lo mejor era peligroso. Pero ella nunca había intentado nada así. Era Saelar el que hacía eso
De todas formas, Fellek no esperaba nada bueno. Sacó de su mochila el embozo y las espadas, se las puso a la espalda y las tapó con el embozo. Esperó a que los demás se tumbaran. Después fue al fuego en el centro del campamento, donde la joven le estaba esperando.
Un trocito de luna asomaba entre las oscuras copas de los árboles. Las estrellas eran copos de nieve en el cielo de ala de cuervo.
Fellek se sentó con la espalda hacia el fuego. Ni él ni Dréngle dijeron nada.
- Lo siento- dijo ella de repente.
Fellek no respondió.
- Fui una tonta al creer que no eras nada. Y tú me has demostrado que estaba equivocada una y otra vez. No debería haberte tratado así, Fellek.
Fellek supo que tenía que decir algo.
- No… no importa.
- También te odiaba porque odio a cualquier ladronzuelo de…- se calló.- Tréngol te lo ha contado, ¿no?
El chico asintió con la cabeza. No entendía nada.
- Un humano de tu edad, o algo más mayor, estuvo a punto de… de matarme en Atrok. Porque sí. Pensaba que eras como él.
- Yo… Yo no…
- Lo sé. ¿Me puedes perdonar?
- Eh… claro…
Dréngle pareció aliviarse. Fellek seguía igual de confuso. Pero acababa de ganarse otra aliada. O eso parecía. Si la hija del bosque le estaba engañando, le bastaba con no bajar la guardia para hablar con ella.
- ¿Por qué hacéis esto? Tu… hermano y tú. ¿Por qué intentáis liberar Lastenn…?
Calló a tiempo las palabras que acababan la pregunta.
- Yo también pienso que es imposible, Fellek. Pero… Nuestro abuelo nos habría matado si nos hubiéramos negado a ir con él. Se cree que todos los hijos del bosque lastennos deben obedecerle como su legítimo re.
- Pero… ¿no lo es?
- ¿Ves su corona? ¿Su cetro? ¿Su trono? Saelar no tiene reino, y sin reino, no hay rey.
Esa era la misma actitud que había visto en Tréngol. Quiso averiguar el porqué de esta aversión de los mellizos hacia su abuelo. Tuvo que emplear tiempo para tejer una pregunta que le permitiría averiguar algo más sobre ese asunto. Durante esse tiempo, Dréngle estuvo también en silencio. Solo cuando tuvo la pregunta lista, cuando Fellek cesó su concentración, se dio cuenta de que ese silencio no había sido incómodo.
- ¿No debería ser Saelar el rey legítimo de Lastenn?
- Lo sería si hubiera luchado por ello.
La respuesta era tan distinta de lo que Fellek esperaba que se quedó en blanco.
- ¿Qué? Pero… ¡Está luchando ahora!
- Solo ahora lucha. Creía que ya lo sabías, Fellek. Pero no te preocupes- miró para asegurarse de que todos dormían y bajó la voz.- Saelar es un traidor cobarde. Cuando los señores dragón se rebelaron, mientras su padre luchaba y moría, él huyó. No sufrió por su pueblo. Ahora quiere, ahora, cuando ya no sirve de nada, porque los señores dragón son mucho más poderosos. Este viaje no es para liberar Lastenn, Fellek. Es la empresa de redención personal de Saelar.
Fellek no respondió. Era demasiada información para asimilarla al instante. En unos segundos su imagen mental de saelar había cambiado radicalmente. Y cuando hubo reflexionado sobre todo, una vieja pregunta cobró nueva fuerza:
- ¿Qué hago aquí?
Dréngle estuvo callada varios momentos.
- Sé que eres más de lo que pareces, Fellek. Pero yo no sé más. El mago y Saelar saben qué eres… supongo. Pero el mago no ha dicho a nadie por qué te ha traído con nosotros.
- No sé qué soy, Dréngle.
- Estoy segura de que lo sabrás. Es tu naturaleza.
A partir de ahí la conversación derivó a temas menos profundos, y cuando llegó la hora del cambio de guardia, despertaron a Dyogun y Nerya y se acostaron.

Los días siguientes transcurrieron sin ninguna novedad. Progresaba en el idioma de los hijos del bosque y en el manejo de sus espadas. Dréngle le hablaba poco, pero cuando lo hacía, era amigablemente. A pesar de ello, Fellek siempre entraba en estado de alerta al hablar con la hermana de su maestro.
Cierto día, avanzada ya la tarde, Dyogun se acercó a Fellek. Se aseguró de que el resto del grupo iba delante, de modo que no les oyeran, y dijo:
- Fellek, estás en peligro.
- Ya lo sé.
- No lo entiendes. ¿Sabes por qué Saelar te odia?
- Claro, cree que…
- Por eso te despreciaba. Eso era antes. Ahora te odia porque… te teme. Cree que quieres usurpar su puesto.
Fellek tuvo que contener la risa.
- ¿Yo? ¿De verdad? ¿Yo, rey? No es algo que me interese, enfrentarme a Saelar.
- Pero podrías.
- ¿Qué?
- Todos nos hemos humillado ante ti, Fellek, mis hijos y el mago se arriesgaron al ir a buscarte, yo te ofrecí ser tu maestro, Saelar te ha hecho un regalo que has podido aprovechar, y Nerya… no te odia.
Fellek lo pensó.
- No entiendo vuestra cortesía.
- Por eso la rompes tan despreocupadamente. Saelar te teme, y eso le hace más peligroso.
“¿Más aún?”, pensó el chico. Tomaba todas las precauciones posibles para protegerse del rey sin reino, y a menudo sentía la funesta sensación de que no eran suficientes. Temía más al hijo del bosque que a los dragones que habitaban Lastenn.

- ¿Quiénes montan guardia hoy, Zakk?
- Los de más edad. Saelar, Dyogun y yo, creo.
- ¿Qué? ¿Por qué?
- Sus tradiciones. Mira al cielo.
El manto negro estaba horadado por puntitos blancos.
- No hay luna. Los hijos del bosque dicen que está cansada de estar ahí arriba, sola, y por eso baja al mundo. Para entretenerla cuentan historias.
Gracias: FEL!X

¡Gracias a todos!
No habría recibido estos premios sin:
El Señor del Agua y la Arena | Un Cuento de Madrid | En el Festival de la Victoria | Hijos del Bosque, Hijos del Viento | La Biblioteca Olvidada



¡Gracias, Rata! Se te recuerda... :c

Última edición por Tyren Sealess; 06/01/2016 a las 17:40
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