[Fanfic]El señor del Agua y la Arena [finalizado]

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27/06/2014
Predeterminado [Fanfic]El señor del Agua y la Arena [finalizado]

Título: el Señor del Agua y la Arena
Autor: yo (Tyren Lannister)
Capítulos: 10+ prólogo y epílogo
Persona gramatical: contrapunto (varios puntos de vista) en 1ª persona, prólogo en 3ª.
Agradecimientos: a Erin Hunter y sus libros "Los Gatos Guerreros".
Espero que os guste, acepto cualquier tipo de feedback si mi historia no es de vuestro agrado. Os dejo con el prólogo y el primer capítulo.

prólogo y capítulo 1

Prólogo
Había dos gatas en esa habitación, y un gatito de apenas cinco días. Una de las gatas era vieja, pero la otra era joven y fuerte. Aun así, era la última la que estaba más triste. Fuera, en el resto del edificio, se libraba una batalla desigual: el Clan de la Noche, al que pertenecían las dos gatas, estaba siendo aniquilado.
-No puedo separarme de él, Nublada...- murmuró la gata joven.
- Lo comprendo- dijo la vieja lamiéndole la oreja para consolarla,- pero sin él no hay esperanza. Es el único que puede pararle los pies a Alma del Desierto.
-¡Pero es mi hijo!- gritó la madre.
-¡Por eso no deberías dejar que muera!
-Está bien, llévatele. Pero no dejes que todo esto sea en vano.
La gata vieja cogió al gatito, que había estado dormido, en sus fauces, y se ecaramó a una ventana. Mientras, tres gatos entraron por el agujero en la pared que hacía de puerta. La gata joven luchó valientemente pero en vano: pronto la mataron.
Por la puerta entró otro gato: tenía el pelaje del color de la arena al amanecer, y era esbelto. Sin embargo, su belleza estaba alterada por su rostro: estaba ensangrentado. El líquido rojo brotaba de su ojo derecho.
-Ya están todos, jefe- dijo uno de los asesinos.
-Muy bien. Pronto conseguiremos un mundo mejor.
Capítulo 1: Fauces del Mar
Cada amanecer observaba Túnez y me maravillaba: ¡qué hábiles fueron los humanos para crear esta bella ciudad! Estaba encajada entre el desierto y el mar, y, sin embargo, el agua de sus pozos era abundante y dulce. Ningún gato comprendía cómo la hicieron, ni por qué la abandonaron hace más de mil estaciones. Pero aquí vivíamos. Aquí llevábamos viviendo, desde tiempos inmemoriales, los Cuatro Clanes de gatos.
"Pero ahora son tres", me recordé amargamente.
Y, si las cosas no cambiaban, pronto seríamos uno: el Clan del Desierto absorbería o aniquilaría al Clan del Fuego y al mío, al Clan del Mar.
Esa mañana tenía una misión: convencer a mi hermano, Alma de las Olas, líder de mi clan, para hacer una alianza con el Clan del Fuego y pararle las patas a Alma del Desierto. Me bajé del tejado donde estaba subida y fui a un pozo a beber agua. La fuente era cercana, y poco profunda. Descendí sin problemas por una escalera tallada en la pared del agujero y me incliné sobre el agua. Una gata joven, de unas trece estaciones, azulada y de ojos amarillos me devolvió la mirada. Rompí mi reflejo cuando empecé a beber.
Un rato más tarde, entré al cercano edificio que le servía de casa a mi clan, empeñada en convencer a mi hermano de evitar nuestro fin.
No tardé en encontrarle. Cuando me vio, me saludó:
- Buenos días, hermana.
Su voz llevaba mucho dolor: su pareja, Alma de Estrella, había sido asesinada en la Matanza, hacía diez lunas, y desde entonces estaba destrozado.
- Hermano- fui al grano,- ¿a qué esperas? Cada día qie pasa se acerca nuestra muerte, el fin de nuestro clan, ¿y Alma de las Llamas y tú seguís sin hacer nada?
- No podemos parar a Alma del desierto, y lo sabes bien.
-¡ Deja de vivir en el pasado! ¡Alma de Estrella ya murió, olvídala!
- Es más fácil olvidar a una gata que a un gatito.
Sus ojos, tan parecidos a los míos, estaban llenos de tristeza.
De pronto comprendí: ¡mi hermano tenía un hijo! Por eso estaba roto. Entonces se me agotaron las ganas de convencerle. Sabía que él tenía razón: Alma del Desierto era demasiado poderoso. Pero él prefería morir lamentándose a morir luchando, como haría yo.
- Él era negro- me dijo mi hermano,- con una mancha gris en la frente. No me puedo creer aun que no sólo le mataran, sino que se lo comieran.
Me horroricé.
-¿Se lo comieron?
- No encontraron su cadáver. Su crueldad no tiene límites.
Pero una luz loca se encendió en mi cabeza: ¿Y si de alguna forma hubiera sobrevivido? Solo había un gato capaz de saberlo. Y yo tenía el don de poder sonsacárselo.
Me encontré con mi pareja, Cola de Espuma, al mediodía. Él era un gato blanco como las nubes y ojos verdes.
-Hola- saludé, restregando mi cara contra su costado.
- Hola, pequeña- ronroneó él.- ¿Por qué querías verme?
Ahora tenía que ser lista.
- El tonto de mi hermano. Me ha deprimido.
- Ah, sólo ese pusilánime- a pesar de su fachada, ese gato era de los guerreros más leales al Clan del Mar.- Quiere morir sólo por haber perdido a su pareja.
Era mi momento.
-También a su hijo.
-¿Tenía un hijo?
Había logrado sorprender al gato que lo sabía todo.
- Vaya, no lo sabías... Qué decepcionante...
- Vaya, supongo que me tendré que ganar de nuevo tu respeto. ¿Qué quieres? ¿Traidores en el Clan del Desierto? ¿Cotilleos del Clan del Fuego?
Yo lo tenía claro.
- Supervivientes del Clan de la Noche.
- Uy, ese tema es más espinoso que un pescado... pero tú eres la que me lo pide. Tú eres mi debilidad, pequeña. En fin, se habla de unos quince o veinte gatos distintos, algo imposible, pero...
- ¿Pero?
- Pero solo hay una. La hechicera. ¿Ya tienes lo que quieres?
- Lo que quería. Ahora quiero un lugar.
¡Lo tenía!
- Mira que eres caprichosa. Pero hay cosas que ni siquiera te puesdo decir a tí. No puedo decirte que vive en la Fortaleza.
Imposible. Entonces iba a ser difícil de encontrar. Pero ya que iba a morir, ¿por qué no? Decidí encontrar a esa gata y, a las muy buenas, a mi sobrino. Pero tendría que entrar en la Fortaleza...
Tragué saliva.


Capítulo 2

Capítulo 2
Zarpa negra
El amanecer me molestó, eso significaba otro duro día de entrenamiento con Nublada. Como si oyera mis pensamientos, la vieja gata maulló:
-Eres un gato, no un hurón. Levanta.
Lo hice de mala gana, y me desperecé.
-Dime- pidió ella,-¿qué debe hacer un guerrero cuando no queda carne fresac?
-Salir a cazar- respondí con sueño.
-¿Pues a qué esperas?- me urgió Nublada.- ¡Venga, caza!
Salí del edificio saltando por los agujeros que había en cada planta, en el suelo. Una vez en la calle, cacé una paloma y una rata. Empecé la paloma, la rata, para Nublada, porque estaba asquerosa. Probablemente me daría una charla sobre el respeto a los ancianos, pero el que caza, decide, y esa no era una situación especial: aunque Nublada fuera vieja, yo sabía perfectamente que se conservaba bien.
Como era de suponer, Nublada me echó la bronca, y tras comprobar que podía ejecutar perfectamente esos movimientos de lucha que había practicado más veces que las estaciones de mi maestra, ella dijo:
-Bueno, ya que parece que sabes luchar, te enseñaré a saltar.
Se me erizó el pelaje.
-¿Qué?- bufé.- ¡Ya no soy ningún gatito!
-Vale- respondió Nublada, con voz calmada.- Entonces... salta hasta ahí.
Apuntó con la cola a otra azotea, a una distancia de más de quince gatos. Comprendí que mi impulsividad me había perjudicado, y, cambiando de táctica, empecé a acicalarme el pelaje, negro como la noche.
-¿A qué esperas? ¡Salta!
- Yo solo hago cosas posibles.
-Está bien- había conseguido enfadarla.- ¡Mira!
Tomó carrerilla y saltó. Estuvo un tiempo demasiado largo en el aire y, finalmente, cayó sobre el otro edificio.
"Clan Celeste", pensé, "¿por qué tengo que llevar esta vida?"
- Has visto que es posible- maulló la curandera gris.- Ven ya.
- ¡Yo no tengo magia!- protesté.
- ¡Sí la tienes!
- ¡No!
Entonces, la gata suspiró.
- Cálmate, Zarpa Negra. No lo sabes. Solo dices eso por llevarme la contraria.
Me di cuenta de que tenía razón.
- ¿Por qué- continuó- no te olvidas del exterior y miras en tu interior? Nunca lo haces, Zarpa Negra, y allí cada gato tiene mucho más de lo que cree.
Estuve a punto de gritar: "¡¿Pero qué te crees?! ¡¿Que es así de fácil?!", pero decidí hacerle caso. Sin embargo, quedé decepcionad: por más que reflexionara, no sentía nada. Nada,excepto... un deseo de intentarlo. Un deseo que fue creciendo y creciendo hasta ocupar mi mente.
- Eres estúpido- me dije, y eché a correr.
Salté a la cornisa, y tras eso, hice el salto. Cerré los ojos y dejé que el viento jugara con mi pelaje.
Me golpeé con las patas delanteras. Abrí los ojos. ¡Había llegado! Pero estaba colgando sobre la calle, y, ¿por qué sentía que mis entrañas estaban ardiendo?
Nublada me cogió por el pescuezo, y como cuando era pequeño, me levantó.
-¡Lo has hecho!- me felicitó.
- Nublada- conseguí murmurar con mi garganta en llamas.- No... estoy...
Tosí, y en vez de saliva, el líquido que escupí fue sangre.

Cuando abrí los ojos, Nublada me estaba intentando dar una papilla de hierbas.
- Come- me dijo.- Eso que te ha pasado es normal con la magia, las primeras veces.
Comí un poco y aguanté el sabor amargo. Miré en derredor: volvíamos a estar sobre La Fortaleza, lo más parecido que teníamos a un hogar.
- Hice magia, ¿no?- murmuré.
- Sí. Y eso es normal porque el cuerpo la bloquea. Tienes que ir eliminando ese bloqueo.
Lo comprendí. Había oído muchas historias de gatos que murieron por usar magia demasiado poderosa, pero siempre pensé que había sido por la fatiga. Ahora sabía que se habían destruido desde dentro.
Me intenté levantar, pero mis patas me quemaban.
-Tranquilo- me calmó Nublada.
Espera. ¿Por qué Nublada me hablaba con esa dulzura? Cuando lo comprendí, me enfadé muchísimo con ella. ¡Solo era por la magia! Maldita...
La hipócrita me dejó la tarde libre, y yo salí por la calle. No había ningún gato: eso era la Tierra de Nadie, el territorio que no pertenecía a ningún clan.
Tras un tiempo andando lo vi: ¡un gorrión! Quizá fueran comunes, pero ese estaba tan gordo que parecía que iba a explotar. Me agazapé, mi presa me daba la espalda. Tensé todos mis músculos y salté, extendiendo las zarpas. De pronto, algo bloqueó mi visión y me di un buen golpe. La presa salió volando.
- ¡Mira lo que has hecho!- me reprochó una voz de gata.
- ¿Que qué he hecho? ¡Podrías buscar tus propias presas!
Miré a la gata: era joven, tenía el pelaje del color de la miel y los ojos, del de las hojas de parra. Parecía bien alimentada, y eso sólo podía significar una cosa.
"Gata de clan"
- Lo he hecho- bufó ella,- y parece que alguien me ha seguido.
- ¿Desde el territorio de tu clan? No creo que te haya seguido, ni que tú hayas seguido ese gorrion.
- ¿Cómo sabes que soy de clan?- se alarmó.
- No estás tan flaca como yo. ¿Qué haces fuera de tu territorio?
Ella suspiró y se callo. Finalmente inquirió:
- ¿Cómo te llamas?
- Zarpa Negra.
- Yo soy Arena, del Clan del Desierto. ¿Qué te pasa?
"Es joven", me repetía. "No pudo estar en la Matanza." Pero aun así, mis músculos se habían tensado, y mi corazón, acelerado, y lo peor de todo, ella se había dado cuenta.
- Nada. Solo que... entre los gatos sin clan como yo- mentí,- tu clan tiene una reputación... curiosa.
Ella suspiró.
- Lo sé, y no puedo remediarlo. Pero bueno, estoy aquí por mi padre.
- ¿Te ha repudiado?
- No, solo es que... me sigue viendo como una gatita, y eso... es molesto.
A mí me pasaba todo lo contrario, Nublada me exigía como si no fuera un aprendiz, sino un guerrero experimentado.
- Además- continuó,- es uno de los gatos más influyentes del clan; se dice que solo hay un guerrero capaz de igualarle.
"Clan Celeste, ayudadme", imploré. "Un guerrero que iguala a Alma del Desierto. Si me descubren..."
- ¿Y tú?- su voz me sorprendió.- ¿Cómo vivis los gatos sin clan?
Odiaba mentir, pero la situación lo requería.
- Es duro. Tengo que alimentar a mi anciana madre y a mis hermanitos.
- ¿Y qué hace tu padre?
- No lo sé. Nunca he sabido nada de él- había dicho la verdad.
- Ya... En el clan nos respetamos, al menos. Supongo que no tengo una vida tan mala. Por cierto, ¿sabes que tienes nombre de aprendiz?
- No lo sabía- me corroían los remordimientos. -Quizá mi padre fue un gato de clan.
- Entonces tuvo que ser uno muy poco leal, para tener hijos con una proscrita, y luego abandonarlos.
- Seguro- dije, y pensé: "Menuda vida".
Charlamos un rato más, hasta que Arena dijo:
- Oye, Zarpa Negra, tengo que volver ya. ¿Podemos... vernos mañana?
Eso fue un duro golpe. No debería, pero no tenía amigos.
- Sin problemas- mentí una vez más.- Mañana, aquí y a la hora en que nos vimos, ¿vale?
- Está bien.

Cuando se hubo ido, me entristecí al darme cuenta de que para ser su amigo tendría que mentir a dos gatas: a Arena... y a Nublada.


capítulo 3

3. Arena


Llegué casi sin aliento tras correr por las calles de Túnez. Ante mí se abría una gran extensión de plantas y árboles asalvajada, por la que me interné hasta dar con un gran agujero en el suelo. Bajé por unas escaleras que había y llegué al hogar del Clan del Desierto. Éste estaba bajo tierra, pero la luz entraba por unos grandes agujeros en la pared, que daba a un barranco.
- ¡Arena!- me llamo mi maestro, Garra de Piedra, un musculoso gato gris.- Tu padre quiere verte.
Resoplé. "¿Qué mosca le habrá picado?"
Bajé otro nivel de escaleras. Si bien el primer piso era espacioso y tenía muchas habitaciones, este era pequeño, y solo había dos espacios: a la derecha, a través de un pequeño agujero, la habitación del líder; a la izquierda, a través de una apertura casi idéntica, el taller-dormitorio del curandero. Inspiré y entré al cubículo de la derecha.

Alma del Desierto estaba de espaldas a la entrada, hablando con Ala de Plata, una gata gris plateada que era algo así como su segunda al mando.
- Creo que ya podemos dar el siguiente paso, Ala de Plata- dijo el líder.- Escoge a algunos guerreros y ve a visitar a Alma de las Olas mañana por la tarde.
- ¿Le hacemos un aviso?- preguntó ella.
- ¡No! No quiero más derramamiento de sangre innecesario- su voz tenía un deje amargo.- Hace diez lunas, aprendí de la peor forma que no debo matar porque sí. Lo que debes haceres decirle a Alma de las Olas que, en dos días, piense si deja que su clan se una al nuestro, o si, por el contrario, tendrá una batalla.
- Le dará igual- respondió la guerrera.- No levanta una zarpa desde que maté a su pareja.
- Tú hazlo. Ya veremos lo que pasa.
El tono con el que lo dijo cortó la conversación. Ala de Plata lo entendió y se encaminó hacia la salida. Yo me aparté para dejarle pasar.
- Buenas tardes, Arena- me saludó al salir.
Yo le devolví el saludo casi instiintivamente, pues todo mi interés estaba puesto en Alma del Desierto.
Cuando se dio la vuelta, intentéfijarme solo en su ojo azul.
- ¿Por dónde has estado, hija?
No me podía haber llamado solo para preguntarme eso.
- Por la Tierra de Nadie.
- ¿Pero tienes alguna idea de lo peligroso que es eso?- me preguntó, alarmado.
- ¿Unos cuantos gatos sin clan?- respondí, pensando en Zarpa Negra.
- No es eso. Sabes bien que se dice que ahí están los gatos del Clan de la Noche que sobrevivieron.
- El Clan de la Noche ya no existe, padre.- "Tú te encargaste de ello".
Al parecer, hacía tiempo mi padre se había arrepentido, o arrepentido a medias, de la Matanza. Ahora no le gustaba que nadie se lo recordara, y se aferraba casi desesperadamente a cualquier rumor que dijera que algunos gatos de ese clan habían escapado y sobrevivido.
- Como sea- zanjó el tema.- Me has oído hablar con Ala de Plata. Quizá tengamos una batalla en algunos días. Si la tenemos, quiero que Espina y tú destaquéis.
- ¿Por qué?- pregunté.- Solo somos aprendices.
- Quizá, pero...- noté un brillo bondadoso en su ojo izquierdo,- ¿no crees que ya sois un poco mayores para eso?
¿Convertirnos en guerreros? ¡Sí! En momentos como ese era cuando mi padre no me parecía un pesado.
- Me voy, padre- me despedí.
- Buenas tardes, Arena.
Antes de irme me fijé un momento en su ojo derecho; era casi imposible no hacerlo. Y, como siempre, me asustó.
Decían que esa herida se la hizo Alma de las Olas, en su intento de darle tiempo al Clan de la Noche para escapar, conteniendo al Clan del Desierto. A la vez, ese ojo fascinaba y amedrentaba. Su iris, o lo que quedaba de él, tenía el color de la sangre. Y su pupila no era una forma redondeada, sino un desgarrón en su ojo, de derecha a izquierda. No se agrandaba en la oscuridad, como era normal. Y yo, como todos los aprendices, había oído las historias: durante varios días, el líder había llorado sangre por ese ojo...
Me sacudí esos pensamientos de la mente como podría sacudirme hojas secas del pelaje y subí las escaleras.
- ¡Espina, Espina!- grité abordando a un aprendiz marrón.
- Arena- se quejó él,- ¿qué pasa?
Se lo expliqué demasiado rápido y en demasiadas pocas palabras. Cuando acabé, él suspiró.
- Así que tu padre quiere hacer una batalla contra el Clan de la Noche, perdón, el del Océano.
Esa equvocación distaba mucho de ser accidental.
- ¡No seas así! ¡Él está arrepentido!
- Claro, y por eso ha decidido ser pacífico para el resto de su vida.
Espina solía ser un buen amigo, pero siempre decía la verdad, aunque fuera la más dolorosa.
- Quizá, pero... al menos no es cruel.
- En eso tienes razón- admitió él mientras salíamos a la superficie.- El Clan del Océano tiene un líder potente, capaz de plantarle cara al nuestro.
Esta vez me enfadé de verdad: no sabía si lo que había dicho era irónico o sincero.
Caminamos por la espesura hasta encontrar una callejuela, y la recorrimos hasta llegar a una casa. La puerta de esa casa tenía un agujero en la parte inferior por el que fácilmente podía entrar un gato. El interior estaba lleno de trozos de madera de las formas más raras en las posiciones más extrañas: la mayoría de ellos eran rectos como edificios, no retorcidos como árboles, y estaban rotos y tirados por el suelo. Si no fuera por el cariño que le tenía al lugar, casi me parecería siniestro. Me acordé del primer día que vine, hacía cinco lunas. Era un invierno crudo, y una lluvia de hielo mojaba las calles. Mi padre y mi maestro habían tenido una discusión enorme sobre mí, y yo, sintiéndome mal, me había escabullido. Conseguí llegar hasta la casa, y, a falta de otro refugio contra la lluvia, me quedé allí. Volví varias veces, y allí conocí a Espina. Esa vez...
- Bueno- dijo mi amigo, devolviéndome a la realidad.- Hemos venido aquí por algo.
Se ocultó de mí entre la madera. Yo hice lo mismo: esa casa era nuestro lugar de entrenamiento secreto. Ahí luchábamos hasta no poder respirar y desarrollábamos técnicas de combate que sorprendían a nuestros mentores, todo por ser guerreros.
Noté un movimiento encima de mí. ¡Maldito Espina! Cayó sobre mí derribándome al suelo, e intentó sujetarme: si me hería, ganaba. Yo me revolví y conseguí empujarle con las patas traseras en la tripa; voló un corto trecho y cayó.
Una vez más, Espina me había recordado que a pesar de tener el pelo desaliñado y el caminar, casi torpe, al cazar y luchar él medía todos sus movimientos, considerando un error de un pelo como demasiado malo. Y de esa manera conseguía ser un gran luchador.
Cayó impulsándose, de modo que nada más tocar tierra, ya saltaba a por mí con las garras extendidas. Me aparté y aproveché el instante de ventaja: él estaba ahora de espaldas a mí. Sin embargo, cuando estaba a punto de hundir mis garras en su lomo, él se apartó, y cuando caí, me mordió casi cariñosamente en el costado.
- Tú ganas- admití.
- Tienes que cuidar más tus movimientos- me aconsejó él.
- ¡Ya lo hago!- protesté.- ¡Pero llegar a tu nivel es imposible!
- No te preocupes por eso- me consoló,- yo valgo por diez guerreros del Clan del Océano. Venga, escondámonos otra vez.


Capítulo 4

4. Fauces del Mar


Era tan pronto que la escarcha no estaba derretida y las estrellas aun se veían en el cielo. Pronto amanecería, pero de momento el sol aun no había salido. Estaba sentada sobre una azotea cercana al campamento, acabando el plan con Cola de Espuma para derrotar al Clan del Desierto.
- Ten mucho cuidado con la Fortaleza- me advirtió él por enésima vez.
- Ya lo sé, aunque sea tonta- ronronée,- no necesito que me lo digan tantas veces.
- Quizá, pero... una curandera es una curandera.
- Vale, así que subo a la Fortaleza, hablo con la gata, cojo al hijo de mi hermano, se lo llevo y ya está.
- ¡No! Tendrás que negociar con esa gata, probablemente. Además, con lo bien que se llevaba nuestro líder con...
- ¿Interrumpo algo?- preguntó una voz.
Nos congelamos. Era una voz profunda y potente como el mar, acompañada de un pelaje del color del océano nocturno.
- No- me apresuré a contestar.- ¿Qué te trae por aquí, hermano?
- El deseo de mejorarme.
"Pues si quieres mejorar, compórtate como un lñider y no como un anciano", pensé. Pero su siguiente frase me reveló mi equivocación.
- Alma del Desierto quiere conquistar todo Túnez. Y yo pensaba que todo estaba perdido, pero se me olvidaba que para ser el Señor del Agua y la Arena, y para obtener el poder de un dios, debe gobernar todo Túnez. ¡Es lo que quiere, no lo que es! Tus palabras del otro día me abrieron los ojos, hermana. Debo comportarme como un líder, no como un gatito enfurruñado.
Cola de Espuma y yo nos miramos a los ojos, y él me preguntó si seguíamos con el plan. Yo asentí con la cabeza. El cielo ahora era escarlata, y me dispuse a partir.

El camino desde el territorio de mi clan hasta la Fortaleza pasaba por lo que había sido los dominios del Clan de la Noche, pero ahora esas calles solo nutrían la Tierra de Nadie. Corrí durante lo que me parecieron lunas a través de calles desiertas, llenas de hierbas, enredaderas y árboles retorcidos brotando del suelo y las paredes.
"Debería haberme informado mejor", pensé mientras me comía un ratón que había cazado momentos antes. No sabía cómo era la Fortaleza.
Y sin embargo, no hizo falta: era un edificio más alto que los adyacentes, y más bello que el adyacente, igual de alto. Era de una enorme altura, cinco pisos, y gris, con lo que destacaba en la ciudad amarilla. En las ventanas, que habían visto mejores tiempos, había cristales de colores, y alrededor de ellas las piedras lucían bellos grabados hechos de simples líneas. La puerta de madera estaba destrozada, así que entré. El interior estaba ruinoso, y mientras subía sin problemas niveles y niveles de escaleras, fui percibiendo cada vez más cerca un olor, olor de gato pero... ¡Eso es! Diez lunas sin olerlo habían entumecido mi nariz. ¡Era el olor del Clan de la Noche! ¡Y además eran dos gatos!
El último tramo de escaleras moría en un agujero en el techo, a través del cual se veía el cielo, que ya era azul. Subí corriendo. Y cuando llegué arriba, solo entonces, pensé que debería haber sido más precavida.
El golpe en el costado que me derribó fue combustible para ese pensamiento. Una cara me miraba: un pelaje de tonos distintos de gris, ojos azules...
- ¡Tú!- exclamamos las dos a la vez.
Nunca la había visto, ni sabía que se llamaba Nublada, pero mi hermano me había hablado mucho de ella. Siempre me decía lo mismo: que su gran talento como curandera no tenía ni comparación a su conocimiento de la hechicería.
- Eres la hermana de Alma de las Olas, ¿no?
- Sí- me soltó y me levanté.
- Tu hermano me habló mucho de tí- recordó la anciana.
- El sentimiento es mutuo.
- ¿Por qué vienes?
Entonces cogí aire y se lo expliqué todo, desde la ausencia del cadáer en la Matanza hasta la intención de mejorar de mi hermano, un rato antes. Y le conté mi convencimiento de que si le llevaba a su hijo, podría vencer a Alma del Desierto.
- ¿Te has parado a pensar en lo improbable de tu plan?- preguntó la curandera.- Tienes el corazón de grande como el cerebro de pequeño. Deberías haber pensado un poco más.
Muchos me habían dicho eso a menudo.
- Funcionó- repliqué, molesta.
- No- me contradijo.- No te voy a dar a mi aprendiz. Si tu líder estuviera como antes, quizá me lo pensaría, pero ahora solo iré a tu campamento llevándole cuando la situación sea desesperada.
Nublada tenía razón. Un viaje en vano. Debería haber pensado mejor.
- Pero no vienes en vano- su tono ahora era más alegre.- Él no puede estar aislado del mundo. Te dejaré venir a verle siempre que no atraigas miradas indiscretas.
Instantes mas tarde, un gato joven y negro subió a la azotea. Me miró con sorpresa en sus ojos de cielo, soltó las presas que tenía en la boca, y se lanzó a por mí.
"¡Sí que luchan bien estos dos!", pensé cuando me di cuenta de que un gato de un clan muerto podía matarme, y no por primera, sino por segunda vez.
- ¡Déjala!- ordenó la curandera.- Es del Clan del Océano.
El gato negro me dejó de morder la garganta y preguntó:
- ¿Quién es?
- Soy Fauces del Mar.
- ¿Y qué haces aquí?- a pesar del comentario de Nublada, él seguía desconfiando.
- Te lo explicaré...- comencé.
- Decidio meterse donde no la llamaban- me interrumpió la curandera secamente, dedicándome una mirada asesina.
- ¿Y tú quién eres?- desvié la conversación.
- Zarpa Negra- se limitó este a contestar.
Poco después decidí irme; ellos no parecían contentos conmigo. Al regreso cacé para tener una excusa de mi ausencia.
Cuando regresé al campamento, el sol estaba en lo más alto. Dejé mi caza junto con la de los demás y fui a buscar a mi pareja. Mi hermano me llamó y ví que había estado entrenando con una aprendiza cuyo maestro estaba enfermo. Le dije que había estado cazando, y él, aunque parecía incrédulo, no dijo nada.

Aquella tarde fue infernal; todo el clan estaba tumbado en el campamento o refrescándose en el pozo. Pero ese clima de inactividad se rompió en mil pedazos cuando ños gatos que habían estado patrullando las fronteras llegaron antes de tiempo. Traían consigo a tres gatos de Clan del Desierto, erguidos como álamos. Reconocí a la que parecía la cabeza del grupo: Ala de Plata. De ella se decía que era cruel y retorcida, y algunos hasta se atrevían a decir que había plantado la semilla de la Matanza en la mente de su líder.
El campamento se convirtió en un borrón de felinos veloces. Se corrió la voz de que los prisioneros querían ver a Alma de las Olas, e instantáneamente, diez gatos (entre ellos to) fuimos como ratones huyendo a su dormitorio, y le conducimos ante la patrulla en lo que parecía, mas que una escolta, una bola de pelo gigante viva.
- He oído que me reclamabais- empezó mi hermano cuando le dejamos libre.
Todo el clan observaba como se observaría una presa.
- Así es. Alma del Desierto os propone un trato.
- Habla.
Entre el líder de mi clan y la guerrera del otro, en vez de haber un diálogo, se libraba un duelo de miradas petrificantes.
- Al tercer día desde hoy, Alma del Desierto pretende eliminar tu clan.
- Bonito trato.
Los gatos de mi clan ya estaban murmurando algunos, listos para matar otros.
- El trato es este- la gata ignoró la ironía,- :uníos a mi clan o sed exterminados por él.
- Qué bonito y generoso- mi hermano blandía espadas de hielo en cada palabra,- ahora, el asesino da la opción de solo matar la identidad.
- Ese el el trato- si las palabras del gato eran espadas de hielo, las de la gata eran una coraza gélida.- No vinimos a haceros daño. Al segundo día por la noche, vendremos a por vuestra respuesta.
- Un gato sigue siendo amarillo aunque se tizne con carbón. Tengo aquí unos veinte gatos que os despedazarían si digo una sola palabra. Pero eso matar al indefenso, y este clan no es el tuyo; aquí no practicamos eso. Idos, no manchéis más con vuestra presencia este lugar, y si antes o después del segundo día pasáis por aquí...
Mi hermano se pasó el rabo por el cuello: una amenaza directa. Ala de Plata inclino la cabeza cerrando los ojos en una señal de hipocresía disfrazada de respeto y se despidió:
- Gracias por la hospitalidad.
Se fueron. El clan estuvo un rato más en silencio. Entonces, mi hermano lo rompió:
- ¿Qué hacés aquí quietos? ¡Tenemos batalla en tres días! ¡Venga, preparaos!


Capítulo 5

5. Zarpa Negra


Nublada había calificado una vez la magia como "lo más bello del mundo". Yo era incapaz de apreciar su belleza, pero no su utilidad. La magia servía para dar más potencia a tus músculos, es decir, para cazar, luchar o huir. Además, la magia había hecho que la curandera y yo nos lleváramos mejor. Ella me había confesado que, si era así de dura conmigo, era para enfadarme, porque la magia fluye mejor en un ambiente adverso.
Habíamos conseguido que mi bloqueo desapareciera para la magia implicita, la usada en acciones, en muy poco tiempo, así que ahora mi maestra me enseñaba magia explícita: los hechizos.
- Este se llama Máscara- me explicó Nublada,- y su secreto nunca ha salido del Clan de la Noche. Impide que te reconozcan.
Ocelada murmuró unas antiguas palabras y después calló. Poco a poco, empezó a transformarse ante mis ojos. Y, tras unos segundos, la gata que se sentaba sobre la azotea cambió a una forma concreta, pero difusa. Cada vez que me intentaba fijar en un detalle, este se evaporaba. Era algo imposible, que no encajaba en el mundo, y mi intuicion se negaba a creerlo. Y sin embargo, allí estaba.
Entonces me di cuenta del defecto.
- Dices que ningún otro clan conoce la Máscara. Entonces, si ven a un gato como tú, sabrán de qué clan es.
- Es verdad- me respondió la no-figura con una voz que no era ni masculina ni femenina, ni aguda ni grave; imposible de reconocer,- pero no sabran qué gato eres. A no ser que la ejecutes ante sus ojos, tú y el felino que lleve la Máscara seréis dos gatos, no uno.
Practiqué y practiqué hasta que mi Máscara ocultó incluso mi olor, y entonces Nublada me dejó salir. A tiempo, porqueel día anterior había quedado mas pronto con Arena. Corrí y corrí hasta llegar al sitio donde, dos días atrás, se me había escapado la mejor presa que había visto.
- ¡llegas tarde!- me reprochó mi amiga.
- Lo siento- los remordimientos empezaron a roerme desde dentro,- he tenido que buscar las hierbas necesarias para adormilar a mi hermano enfermo.
- Para eso se cuenta una historia- me dijo ella.
Yo volví a mentir al decirle que no conocía ninguna historia; tenía que mantener mi papel de garo sin clan. Ella me preguntó si conocía la historia del Rey del Invierno, y yo lo negué, a pesar de que era la que Nublada más me contó de pequeño.
- ¡Te la voy a contar!- parecía ilusionada.
- ¡Vale!- dije yo, su felicidad era contagiosa.
- Todo- empezó ella- comenzó hace mil estaciones. Hubo un invierno crudo, como nadie recordaba. Y ese invierno fue demasiado largo, duró muchas estaciones. Y no solo fue eso. En un momento, el mar dejó de moverse; y el cielo se nubló para siempre, ya no había lluvia, sol ni estrellas. Los clanes, tristes, pwnsaban que el mundo iba a ser así para siempre.
"Y en medio de todo eso nació un gato. Dijeron que era hijo del invierno, dijeron que era hijo de la desesperación. Pero sí era hijo de la magia; fluía en él tan abundante como la sangre. Cuando le nombraron guerrero, decidió partir lejos de Túnez para hallar le causa de ese oscuro invierno.
"Muchos pensaron que no volvería, pero volvió, mas fuerte y mas sabio. Entonces se proclamó rey, líder de los cuatro clanes, el Señor del Agua y la arena. Todos le temían, así que, para mostrar que era buen líder, el Clan Celeste bajó a la tierra y le coronó. A partir de entonces, el Rey del Invierno llevó una corona de hierro negro como su pelaje, con seis puntas, con una brillante estrella en cada una. Y la corona le hizo aun mas fuerte. Después, escogió a tres guerreros, y, tras eso, los Cuatro Guerreros fueron juntos a luchar contra el culpable del invierno.
Arena hizo una pausa.
- ¿Y entonces?- pregunté, ansiando el final.
- Nunca se le volvió a ver, pero poco después se despejó el cielo y llegó la primavera. Algunos dicen que murió, y otros, que volvio a Túnez, herido y dolorido, y que ocultó su corona para que el héroe mas grande se la ponga en el momento mas desesperado.
Como siempre, la historia me había dejado temblando de emoción.
- Se te da bien contar historias- la halagué.
- Gracias. Oye, ¿sabes que a lo mejor me nombran guerrera?
- ¿En serio?
- ¡Sí! Mi padre me ha dicho que, si destaco el la batalla que vamos a tener contra el Clan del Océano, ¡me nombrará guerrera!
- ¡Qué bien!- exclamé, aunque en realidad había recibido un duro golpe: Alma del Desierto daba el siguiente paso para conseguir el poder del Rey del Invierno.

Estuvimos hablando un rato mas, y yo tuve que luchar para esconder mis sentimientos. Cuando nos despedimos, yo froté mi cara contra su costado, una muestra de gran afecto.
- ¿Por qué haces eso?- me preguntó Arena.
- Perdona si...
- No, tranquilo, no me importa. Pero, ¿por qué lo haces?
- Quién sabe que puede pasar en la batalla.
Entonces supe que había dicho algo mal: Arena pareció enejecer varias estaciones.
- ¡Perdón!- me apresuré a decir.- No quería herirte.
- No, tienes razón- respòndió ella amargamente lamiéndome el cuello.
- Por cierto... tu padre parece influyente. ¿Quién es?
- Es Alma del Desierto
Nos despedimos, y ella se fue. Pero yo me quedé clavado en el sitio. Solo podía pensar: "¡Mierda, mierda, mierda!


Para los pocos que sigan mi historia: ¡habéis llegado a la mitad! ¡Enhorabuena!


Capítulo 6

6. Arena


- ¡Si es del Clan de la Noche probablemente ni sea un macho!- exclamó mi padre.
Su tono era una mezcla extrema de enfado y temor. Yo no era capaz de aceptar que Zarpa Negra no fuera él mismo, pero mi padre tenía razón. El Clan de la Noche era un clan de hechicería sutil y engañosa.
Estábamos en medio de la zona común del campamento, por eso, muchos gatos nos miraban. Me miraban, con comprensión, asco o asombro.
- Pero- me intenté defender- yo no sabía...
- ¡Pues claro que no lo sabías! ¡Ese gato te ha estado engañando de principio a fin! ¡Querría matarte, sustituirte y colarse aquí para destruirme! ¡Acabar con el clan!
Lo que decía mi padre me horrorizaba, sobre todo porque probablemente fuera cierto.
Cuando yo había llegado, mi padre estaba con los guerreros en la sala común, discutiendo la estrategia de la batalla. Cuando entré, Alma del Desierto se acercó a saludarme y olió el olor que dejó el que yo había creído mi amigo al frotar su cara en mi pelaje. Exclamó que qué hacía yo codeándome con el Clan de la Noche, y yo le expliqué entre sus gritos todo.
- ¿Se te ocurre algún sitio donde pueda vivir?- me preguntó.
Solo había un edificio por ahí que llamara mi atención. De hecho, era la vivienda perfecta para un número reducido de gatos. Si Zarpa Negra, o quien fuera, vivía ahí, no podrían atraparle.
- Nos encontrábamos cerca de la For...
- ¡Quiero gatos vigilando la Fortaleza ya! ¡Tenéis permiso para matar a todo el que se acerque!
El líder estaba fuera de sí. Sus ojos (sobre todo el derecho) brillaban de furia. A mí me dolía el pecho y la lengua me sabía amarga.
- Disuelvo la reunión- concluyó.- Y a ti- me dijo,- te quiero en mi cuarto ahora.
Muchos gatos, indecisos, no sabían qué hacer. Algunos me miraron con recelo. Por mi parte, intenté ignorar todo y centrarme en llegar hasta las escaleras de bajada. Cuando vi que Espina se acercaba, intente evitarle, pero me alcanzó.
- De noche todos somos negros- me susurró mordazmente al oído.- Pero no te culpo. Es muy fácil engañarte. Te estaré esperando. Ven cuando salgas.
Entonces el dolor de mi pecho se redujo. Espina me había dado fuerzas para enfrentarme a mi padre.
Sin embargo, no las necesité: al bajar, mi padre parecía haber envejecido y encogido.
- ¿Por qué tuve que hacerlo? ¿Por qué?- murmuraba.
- Padre- dije.
Él me miró viéndome con pjos ciegos.
- ¿Sabes por qué quiero gobernar los cuatro clanes?
La pregunta me pilló desprevenida.
- No.
- ¡No mientas!- gritó. Su ojo derecho lucía locura, el izquierdo, dolor.- Lo sabes.
- Sí... quieres hacerte un dios.
- ¿Y sabes por qué?- no esperó a mi respuesta.- ¡Porque los guerreros del Clan Celeste son crueles! ¡No les importamos nosotros, los guerreros de la tierra! ¡Se divierten con nosotros!
Empecé a retroceder, pero él lo advirtió.
- No te vayas. ¿Sabes el destino que me dio el Clan Celeste? Perder a todos mis seres queridos. Verlos morir de uno en uno. A mí. ¡A mí, que no me gusta cazar porque estoy matando! ¡A mí, que era el que más tarde se reponía de las muertes!
Los ojos de mi padre brillaban, y me di cuenta de que estaba llorando.
- Perdí a mis hermanos- siguió.- Después, unas estaciones más tarde, el mismo día murieron todos mis hijos, menos uno, y mi pareja. ¡Y a ninguno lo mató un gato! Fue el Clan Celeste, esos horribles desalmados... Por eso me planteé retarles. Yo crearía un mundo sin dolor. Y me he dado cuenta de que, intentándolo, he destrozado los corazones de muchos gatos, ¡y el mío!...- Ahora las lágrimas caían al suelo.- Y, aunque quiera parar, Ala de Plata me dice que es demasiasdo tarde para volverse atrás... Y tiene razón...

Se tiró sobre el suelo. Ni siquera recuerdo salir, solo estar mareada: la historia de mi padre era trágica como ninguna otra.
Mi siguiente recuerdo es de Espina murmurándome al oído cosas tranquilizadoras y lamiéndome el pelaje. Me percaté de que estaba en nuestro rincon especial. Me volví a marear y vomité, y me di cuenta de lo parecida que era esta situación a una de hacía cinco lunas, cuando conocí a Espina.
Ese día yo estaba en esa casa matando el tiempo. Entonces entró un gato marrón oscuro que reconocí como Espina, otro aprendiz.
- ¿Qué haces aquí?- gritó.- ¡Este es mi sitio!
Como no quería pelear, le pregunté:
- ¿Por qué vienes aquí?
Supe que había tocado un punto sensible cuando dijo con voz queda:
- Todos me odian. Mis amigos me odian. Los demás aprendices me odian.
- ¿Por qué te odian?- pregunté.
- Por decir la verdad. Ellos decían que el Clan de la Noche eran gatos malos, y yo dije que no hicieron nada malo, que el malo era Alma del Desierto por matarles a traición.
Tuve que admitir que decía la verdad, y que comprender la razón del odio. Entonces yo le prometí ser su ampga, y desde entonces nuestra amistad había soportado muchas verdades.
- ¿Estás mejor?- logré comprender, y volví a la realidad.
Debía de estar mejor, ya que había podido entender algo, así que asentí débilmente.
- ¿Qué te ha dicho tu padre?
Se lo expliqué entre jadeos y alguna lágrima.
- Ay, ay- se quejó él.- Lo que me temía.
Esa extraña frase me devolvió completamente a la realidad.
- ¿Qué te temías?
- Durante algún tiempo, he estado investigando sobre tu padre. ¿Quieres saber lo que he averiguado?
Accedí porque la curiosidad me mataba.
- Él tenía dos hermanos- empezó,- y parecía obvio que sería curandero. Tenía magia poderosa, odiaba la lucha y solo quería lo mejor para todos. Pero un día, jugando con sus hermanos, a estos les mató y se los comió un águila. El lo vio todo, y durante una o dos lunas estuvo muy deprimido. Pero se recuperó, e hizo otra amiga, una aprendiza que le admiraba. Esa amiga tenía mucha influencia sobre él, tanta que le hizo abandonar su sueño de ser curandero. Cuando les nombraron guerreros, tu padre seguía manteniendo su buena naturaleza. En cambio, su amiga... Su admiración por él había pasado a envidia, y de esa envidia surgió un deseo. Como ella era con diferencia la mas astuta de los dos, decidió cumplir sua ambiciones... a través de tu padre. Y Alma del Desierto se convirtió en esclavo de sus deseos.
- ¡Él nunca haría eso!- le interrumpí protestando.
- Conscientemente. Pero, ¡ay! Él es como tú, Arena, igual de ingenuo e igual de fácil de engañar.
La verdad me desgarró. Ella solo podía ser Ala de Plata. ¿Por qué no lo había podido ver antes? Era tan simple...
- Entonces, ¿es Ala de Plata la que manipula a mi padre para que mate?
- Sí. Y cuando él sea el Señor del Agua y la Arena, ella le matará, y será ella la diosa. Y cuando su pareja, tu madre, murió, ella aprovechó su dolor para causar la Matanza. Hasta que ella no esté muerta, no habrá paz en Túnez. Y si nadie la mata... yo lo haré.
- ¡Pero si matas a un gato de tu clan estarás maldito para siempre!- exclamé.
- No me importa ser por siempre maldito si eso es una consecuencia de hacer lo correcto.
Y en ese momento, supe que estaba ante el gato mas noble de Túnez.


capítulo 7

7. Zarpa Negra
Nadie conocía como yo los secretos de la Tierra de Nadie. Por eso pude escapar de todos los gatos que había ese día, demasiados; mas de cinco, y a juzgar por du olor, del Clan del Desierto. Nublada me lo confirmó.Sospechaba que Fauces del Mar, esa guerrera entrometida, nos había delatado. Yo creía que quien nos había sacado a la luz era Arena. Así que ese día pusimos la Fortaleza a punto. El edificio estaba lleno de trampas, mecanismos por los que al presionar cierta baldosa del suelo, por ejemplo, caían piedras en el piso inferior. Pero los trucos mas importantes consistían en que todas las escaleras estaban sujetas por finas varas de metal. No era difícil desplazarlas y causar un derrumbamiento. Eso dejaría la azotea inaccesible para un gato sin magia, los que la teníamos podíamos entrar por el edificio contiguo.
Sin embargo, ningún gato intentó entrar, así que estuvimos un cuen rato a la espera de que pasara algo.
Y ese algo pasó. Nublada quedó desconcertada, y mis temores se confirmaron. Estábamos sentados en el alféizar de una ventana, desde donde los guerreros enemigos se veían como hormigas. Entonces llegó una hormiga azul; y las demás empezaron a atacarla. Si atacaban a Fauces del Mar, eso significaba que no era ella la que nos habia delatado.
"Arena", pensé tristemente, "¿por qué has hecho esto?"
- Voy a bajar a ayudarla- solté de repente.
Fui al nivel del suelo corriendo sin escuchar las protestas de mi curandera. Verdaderamente era una acción temeraria, pero no podía resistirme a la ocasión de luchar contra el Clan del Desierto. Esos asesinos iban a ver mi fuerza.
Cuando estuve frente a la puerta, recité el hechizo de la Máscara y noté como un manto cálido cubrió mi cuerpo. Entonces salí corriendo.
Tres gatos estaban luchando contra Fauces del Mar, que ya flaqueaba. Los otros cuatro aun no se habían percatado de mi presencia, ya que estaban mirando el combate como si escucharan una historia. Fui hacia uno de esos y le arañé el lomo. Gritó, y todos me vieron. Solo entonces me di cuenta de que había hecho algo estúpido.
El gato al que había arañado se giró hacia mí. Yo ya estaba preparado y me agaché para mordele el punto donde la pata trasera se unía al cuerpo. Le desgarré el músculo; ese gato ya no podría correr. Uno menos.
Pero venían otros dos a por mí. No se me ocurría cómo vencerlos, así que, presa del pánico, hui a la Fortaleza. Y vi la escalera, en medio de la estancia. Corrí un poco por las habitaciones laterales para despistar y cansar a mis perseguidores. Sin embargo, eran buenos guerreros y mantuvieron el ritmo. Me desvié hacia la escalera, ellos me siguieron. Cuando pasamos por debajo, derribé las varas de metal y aceleré. Al instante oí un estruendo, me detuve y miré atrás. Los gatos estaban atrapados bajo los cascotes. Uno de ellos, no, una, ya no se movía.
- ¿Quién eres?- preguntó con voz débil y dolorida el otro.
Pensé un momento en la respuesta, saboreando la victoria.
- Soy la venganza del Clan de la Noche.
Entonces los otros cinco gatos entraron. Me asusté: uno no podía correr, sí, pero cuatro eran demasiados.
- ¡Corred!- gritó el gato atrapado.- ¡No podréis vencerle, es un demonio!
Y, para mi alivio, eso fue lo que hicieron.
- Enhorabuena- me felicitó Nublada a mi espalda.- Has confirmado nuestra existencia y destruido la entrada.
- Así muy pocos gatos podrán llegar a la azotea. No te quejes por un salto.
Salimos. Ella se acercó y examinó a la guerrera azul caída.
- Despertará- vaticinó.- No es nada grave, le habrán presionado un nervio.
- Le llevaré con los suyos- dije.
Creí que ella se negaría, pero en cambio respondió:
- No son malos gatos. Quizá nos den asilo.
- ¿Asilo?- pregunté asqueado.- ¡No lo necesitamos!
- Pero es el mejor medio de reformar el clan.
¿Un nuevo Clan de la Noche? Nunca había pensado en eso, y me lo imaginé: gatos sigilosos y veloces, muchos de ellos diestros en la magia, mas que en los otros tres clanes...
Me percaté de que en ese caso yo sería el líder, y todas esas ilusiones desaparecieron de mi cabeza: ser líder era una carga pesada.

Fui arrastrando a Fauces del Mar como pude, y dándole vueltas a mi razón para querer ver su clan: Nublada había dicho que mi magia era poderosa, y que nadie que ella conociera había dominado la Máscara tan rápido. Y la magia podía aparecer en un gato espontaneamente o ser heredada. Las lunas antes de la Matanza, Alma de Estrella había estado encinta, aunque algunos no se percataban porque su hijo era uno solo, y su barriga no estaba demasiado abultada. Quién era el padre de ese gatito no constituía ningún secreto; y de él se decía que manejaba todo el poder del océano...
En estas cavilaciones, que hicieron que el tiempo pareciera corto, llegué ante el mar. ¡El mar! Nunca lo había visto, y me impresionó: la ciudad se cortaba, después había un pequeño desierto, y tras él... ¡Agua! ¡Mucha agua! ¡Tanta que continuaba hasta el fin del cielo, y allí el cielo y el océano se confundían y tocaban! Y su color era diferente al de cualquier pozo de la Tierra de Nadie: ni celeste, ni transparente; sino una mezcla del color de la gata a la que arrastraba y el de los ojos de... el de las hojas de parra.
Sabía que mi destino estaba frente al mar, y no me costó encontrarlo: era un edificio de dos pisos como cualquier otro, pero estaba junto a un pozo, guardado por un guerrero, dos guerreras y un aprendiz. Bullía de actividad.
Cuando me vieron, los centinelas se paralizaron como si hubieran visto un muerto. Entonces me percaté de que sí habían visto un muerto: la Máscara, cuyo secreto solo mi clan conocía, me cubría aun.
Finalmente, uno de los guerreros se repuso y preguntó:
- ¿Tú quién eres? ¿Qué le has hecho a Fauces del Mar?
- Soy un gato como tú- respondí.- No le he hecho nada, solo la he traído hasta aquí. Quiero ver a tu líder.
Discutieron entre sí unos momentos; y resolvieron que el aprendiz llevaría a la guerrera desmayada a su curandera, y los guerreros me vigilarían. Entramos. Entonces volví a maravillarme: nunca había visto tantos gatos juntos, ¡eran decenas!
Una de las centinelas avisó a un gato azul musculoso que daba clase a una aprendiza. Me miró, y sus ojos ámbar me intimidaron. Él pareció asombrarse durante un parpadeo, tras esto no dio señal de sentir nada.
Para entonces muchos de los gatos que allí habian me miraban con sorpresa o incredulidad. El gato, que supuse que sería Alma de las Olas, se acercó a mí.
- Me gustaría hablar con... con este gato a solas.
Se alejó y yo le seguí. Los tres guerreros me acompañaron.
- A solas- dijo el líder volviéndose.
- Pero...- intentó protestar un gato blanco.
- ¿Acaso no me crees capaz de luchar? Más aun, ¿desconfías del Clan de la Noghe?
- Yo que tú en estos días desconfiaría de cualquiera- se defendió.
El líder continuó su camino, los centinelas se dispersaron y yo le seguí hasta un pequeño habitáculo. Allí cabrían sin problemas diez gatos, sin embargo, yo me agobié: nunca en mi vida había entrado en una estancia tan pequeña. Recordé que eran típicas de líderes y curanderos.
El líder se giró y me miró con una de esas miradas que parecen examinar lo más profundo del alma,y a pesar de la Máscara, me sentí completamente descubierto y desprotegido.
- Revélate- me ordenó Alma de las Olas dirigiéndome por primera vez la palabra.
Estaba demasiado amedrentado como para oponerme, así que recité el conjuro al revés y empequeñecí mentalmente a medida que mi apariencia se revelaba.
- ¿Quién eres?- preguntó.
- Zarpa Negra.
- ¿Qué tienes que ver con mi hermana?
- Se las apañó para descubrir nuestra existencia.
El líder me analizó con la mirada un rato y finalmente afirmó:
- Nuestra.
No me costó saber a qué se refería, y repliqué del mismo modo:
- Nublada.
- ¡Menuda gata! Sobrevivió, como Cola de Sauce, Huracán o Pluna de Halcón, ¡pero ella escapó de las garras del Clan del Desierto!
Me entusaismé al oír esos nombres, pero procuré no mostrarlo, y decidí decírselo a Nublada cuando volviera.
- ¿Por qué está mi hermana así?- me interrogó entonces Alma de las Olas.
- Guerreros del Clan del Desierto habían rodeado la Fortaleza, mi hogar. Eran muchos, siete. Cuando ella vino, tres fueron a por ella, y yo acudí en su ayuda. Aun no me explico cómo conseguí ponerles en fuga.
- ¡Malditos tramposos! Lo pagarán, ¡lo pagarán todo! ¡no saben jugar limpio, están aprovechando cualquier ocasión de mermar nuestras fuerzas antes de la batalla!
- ¿A qué os referís?
- Ningún gato del Clan de la Noche no me trata de tú. Me refiero a que ayer tarde, el asesino amarillo nos mandó un mensaje: o tener una batalla en la que, según dice, nos exterminará, o hacer que mi clan se una al suyo. ¡Y encima, aparentando ser generoso, me da dos días para pensarme la respuesta!
¿Una batalla contra el Clan del Desierto? Eso era perfecto: me había sentido tan bien cuando esos guerreros asesinos huyeron, que con gusto libraría una batalla.
- No soy guerrero de tu clan, Alma de las Olas, pero ten por seguro que en la batalla, mis garras y mis hechizos estarán a tus órdenes.
Entonces pensé en Arena, y aunque traté de desviar mi mente de ella, una dentellada atravesó mi corazón. Miré al rostro del líder y por primera vez noté simpatía en sus ojos. Eso me hizo sentir un poco mejor.
- Eso es muy noble, pero, ¿estás seguro de que Nublada te deje?
- ¿Cómo conoces tan bien a mi maestra?
Me di cuenta de la estupidez de la pregunta al poco de formularla: Nublada me había hablado mucho de él, era obvio que le conocía.
- En tiempos mejores ella fue una gran amiga y consejera. Te agradezco que hayas ayudado a mi hermana, Zarpa Negra, y que posiblemente le hayas salvado la vida. ¿Hay algo que pueda hacer para mostrar mi gratitud?
No sabía qué responder, así que delegué responsabilidades:
- Seguro, pero Nublada sabrá pedírtelo mejor que yo.
El ronroneo del líder era como el vaivén del mar.
- ¡Todos los del Clan de la Noche sois iguales!
Yo no lo entendí, y pedí permiso para irme, que me fue concedido.

Pero fuera del pequeño dormitorio me encontré con una marabunta de gatitos y pequeños aprendices acribillándome a preguntas:
- ¿Eres del Clan de la Noche?
- ¿Cómo te llamas?
- ¿Sabes hacer magia?
Eso me agobió hasta el punto de sentirme ardiendo.
La gota que colmó el vaso fue que entonces se acercó Fauces del Mar, sonriente, y me dijo:
- ¡Muchísimas gracias por salvarme!
Ella no inspiraba en mí el mismo respeto que su hermano, así que respondí secamente:
- Si no te hubieras entrometido nada de esto hubiera pasado.
Se hizo el silencio y yo salí corriendo de ese edificio abarrotado.
Ya lejos, y tranquilo, pensé que no debería haber sido así con los pequeños, quizá debería haber intentado responder a sus preguntas. Después pensé en la dulciamarga posibilidad de una batalla próxima contra el Clan del Desierto. Y tras eso pensé en tres grandes hallazgos: uno se llamaba Cola de Sauce, otro Huracán, y el tercero, Pluma de Halcón.


Capítulo 8

8. Fauces del Mar

Menudo día. Ya quería que llegara el día siguiente, aunque eso implicara la batalla. Era poco después del mediodía, y ya estaba cansadísima. Además, todos estaban haciéndome preguntas, ya que el impresentable de Zarpa Negra se había largado habiendo dicho solo un comentario maleducado, y yo era la única que sabía de él y de los restos del Clan de la Noche.
Y además de la situación exterior, mi cabeza hervía. ¿Por qué el Clan del Desierto había puesto tanta vigilancia en la Fortaleza? Estaba casi claro que habían descubierto a los dos supervivientes, pero, ¿cómo? ¿Acaso tenían un espía que superaba a Cola de Espuma
Como si mi pensamiento hubiera sido un grito, mi pareja se acercó a la esquina sombría de la azotea donde estaba tumbada.
- Hola- me saludó lamiéndome la oreja, y después su tono cariñoso cambió.- Puedo imaginarme cómo estás. Si quieres me voy.
- Qué gracioso- respondí yo,- a ti te puedo decir que te vayas, pero no quiero, y a los demás quería decírselo pero no podía. ¿Y tú qué quieres decirme?
- Bueno, como lo de “te quiero” y demás ya te lo sabes, me lo saltaré. ¿Era ese su hijo?
Asentí.
- ¿Y no crees que deberíamos decírselo?
- No, no, ¡no!- me negué.- Ya he tenido bastante por hoy.
- Pero yo no- dijo él como el informador que era.- ¿No te pica la curiosidad? ¿No quieres ver lo que pasa?
- Que no…
Sin embargo, mi pareja ya había despertado mi interés.
- No nos vendría nada mal un gato como ese en el clan.
- ¿Qué?- eso me había pillado por sorpresa.- ¡Eso sería aniquilar el Clan de la Noche!
- ¡No me llames Alma del Desierto!- se quejó con cariño.- Ese clan ya estaba acabado, si te ayudaba era solo para ayudar a nuestro clan.
Tenía razón. En realidad nunca habíamos pensado en ayudar a los dos supervivientes, ni lo habíamos hecho. Solo pensábamos en nuestro clan y nuestros intereses. La única diferencia entre él y yo era que él no tenía reparos en aprovecharse de un cadáver.
- No creo que Zarpa Negra deba venirse con nosotros, pero tú ganas. Vamos a decírselo a ver qué pasa.
Así hicimos. Un rato después, empecé a lamentarlo mientras me encaminaba hacia ese edificio gris por segunda vez ese día. Tras andar un rato, llegamos y entramos. Pero la escalera, por donde había subido el día anterior, ya no existía. En su lugar reposaba un gran montón de piedras.
- No podemos subir- dije.
- ¿Dónde viven?
- En la azotea. No podemos verles.
Él permaneció un segundo en silencio y dijo:
- Se puede entrar desde el edificio contiguo.
Salimos y miré el espacio que separaba ambas azoteas.
- Imposible- negué.- Es un salto demasiado largo.
- Para tí. Pero Nublada puede hacerlo. Y mi hijo, si puede usar la Máscara, debería poder.
Así que subimos a la otra azotea, desde donde mi hermano gritó:
- ¡Nublada!
Hubo un segundo de silencio. Después, otro. Pero finalmente una envejecida voz respondió:
- ¿Quién anda ahí?
- Alma de las Olas. Ven. Queremos hablar contigo.
Al corto rato con nosotros se sentaban Nublada y su aprendiz.
- ¿Por qué vienes?- preguntó la curandera.
- Por tu aprendiz. Quiero que se venga al Clan del Océano.
- ¿Qué?- preguntaron con asombro los dos felinos.
Nublada se repuso y pidió nuestras razones.
- Solo sois dos, y dos gatos no hacen clan.
- Cinco- corrigió Zarpa Negra.
- Sí. Zarpa Negra ha logrado encontrar a tres guerreros que no se hallaban en el campamento aquel día. Viviremos con ellos dentro de unos días.
- Pero él me ha prometido luchar mañana contra el Clan del Desierto- repuso mi hermano, y le explicó lo del reto. Nublada ronroneó.
- ¡Zarpa Negra! No debería dejarte, pero me temo que simpatizo contigo, y yo también lucharé con gusto.
- Pero, Nublada, sé razonable. Ya sé que los gatitos mestizos van al clan de la madre, pero, si ella está muerta, entonces van con el padre.
- ¿A qué te refieres?
- ¡Deja de bromear, Nublada!- gritó.- ¡Sabes bien que ese gato es mi hijo!
- ¿Qué?- Zarpa Negra retrocedió de un salto, y miró a Nublada.
Pero la anciana permanecía en su sitio, con la cabeza gacha.
- Si esa es tu última razón, Alma de las Olas, también la rompo. A Zarpa Negra no le ata ningún lazo de sangre a tu clan, ni al mío, ni a los otros dos.
Los tres estábamos mirando a la curandera, atónitos e incrédulos.
- ¿Y mi hijo? ¿Qué pasó con él?
- Te lo contaré. Aquel aciago día persuadí a Alma de Estrella para salvar y entrenar a su hijo, así que me lo llevé, escapando así de Ala de Plata y los demás siervos de Alma del Desierto.
- Pero, ¿cómo le alimentarías?- pregunté, curiosa.
- Existen mil y un conjuros para casi todo, Fauces del Mar, y nadie conoce todos. Como iba diciendo, me llevé a ese gatito. Pero estaba enfermo, y de esa enfermedad no conocía el remedio. Eso, junto con el hecho de que ninguna magia es tan buena como la leche de la madre, hizo que el gatito se muriera sin que yo pudiera hacer nada.
Durante días vagué por la Tierra de Nadie, una muerta aun viva, sintiendo que había fallado a mi líder y a todo mi clan. Pero un día, oí una voz pidiendo auxilio. Era un vieja gata, que estaba dando a luz a su última camada. Yo la ayudé lo que pude, y le di una muerte sin dolor. Pero antes de eso, ella me pidió que no dejara a sus hijos sufrir. Así que fui sacrificando a los gatitos, sabiendo que me odiaría a mí misma, o por matarles o por dejarles morir indefensos.
Pero al llegar al último me detuve: en él brillaba la más fuerte magia que había visto, así que decidí entrenarle, y no solo eso, también criarle como si fuera el hijo que nunca tuve, y el hijo de Alma de Estrella, y el gato que un día haría renacer a su clan. Esa es la historia de mi aprendiz, mío y de nadie más. Y por eso no dejaré que le separes de mí, Alma de las Olas.

No supe qué decir. La historia era simplemente triste y bella, y por la amargura del tono de la curandera, supe que era verdad.
Mi hermano tuvo una reacción similar. Pero Zarpa Negra se alejó corriendo y se hizo un ovillo en el suelo, y hasta nosotros llegaron sus tristes gemidos.
Permanecimos un rato en el silencio más incómodo, y por fin mi hermano dijo:
- Zarpa Negra me ha dicho que querías pedirme algo.
- Así es- respondió la curandera, aliviada por no tener que hurgar más en el pasado.- Hasta que seamos un número respetable de gatos, te pido poder alojarnos en tu campamento.
Alma de las Olas pensó un rato.
- Un gato del Clan de la Noche siempre es recibido con gusto en nuestro hogar, pero, ¿cinco? Alojaré a dos, y da gracias.
- Cazaremos nuestra comida- insistió Nublada.
- En nuestras tierras. No, Nublada, me temo que he de rechazarlo.
- Y yo- intervine- me temo que voy a obligarte a aceptarlo. Estamos a principios del verano, Alma de las Olas, y con las presas de nuestro territorio se podrían satisfacer a los cuatro clanes. No es hasta el invierno cuando empiezan a escasear, y, aunque no sepa cómo va a hacerlo, creo que dos estaciones le bastan a Nublada para reformar su clan.
- Pero…
- Y si faltan presas vivas, durante las cuatro estaciones en la playa mueren los peces. Siempre podemos darles un uso mejor que el de pudrirse.
- Tú ganas- se resignó mi hermano, y miró a Nublada.- Pero tendréis que defender ese territorio como si fuera vuestro.
- Lo haré sin problemas siempre que sea contra la sed de sangre del Clan del Desierto y la indiferencia del Clan de las Llamas.
Zarpa Negra había dicho eso, no le habíamos oído acercándose. A primera vista parecía estar perfectamente, pero fijándome vi que el pelo bajo sus ojos estaba húmedo.

Más tarde, ya en el campamento, noté con alivio que Zarpa Negra estaba más afable y trataba de responder todas las preguntas. Yo, por mi parte, entré al dormitorio de los guerreros y me tumbé esperando la llegada del Clan del Desierto y el sueño, aunque probablemente este último no llegaría.
Pero sí llegó. Dormí un largo rato hasta que un gran revuelo me despertó. Supuse que ya había llegado el Clan del Desierto, y me levanté. Aunque ya no estaba cansada, me dolía todo el cuerpo.
Salí del dormitorio. Un círculo de gatos, entre los que se encontraban Zarpa Negra y Nublada, rodeaban a los gatos del Clan del Desierto. Algunos soltaban insultos y otros, como los refugiados, miraban con furia fría. Los visitantes resistían estoicamente. Yo me uní al círculo al lado de mi pareja.
- Fíjate…- susurró él a mi oído.- Ala de Plata, atemorizada. No pensaba que esos dos gatos pudieran lograr tanto.
Quise fijarme, pero mi hermano entró en el círculo. Estaba verdaderamente enfurecido.
- ¿No recordáis qué os dije? ¡Que no manchárais mi hogar! Salid fuera.
- No veo por qué…- empezó Ala de Plata.
- Yo sí veo por qué. ¡Fuera!
Salieron, tras ellos mi hermano, y después, todos. Ya fuera, Ala de Plata empezó a dar un discurso sobre la importancia de la decisión.
- Yo quisiera hablar de otra cosa- le interrumpió mi hermano.- Esta mañana, una guerrera de mi clan fue de paseo por la Tierra de Nadie. Y la atacaron siete guerreros vuestros. ¡Siete! Os comportáis como si todo Túnez os perteneciera. Os adueñáis de la Tierra de Nadie, y, además, ¡intentáis atacarnos para meternos miedo y que la batalla no sea justa! ¿Qué tenéis que decir respecto a esto?
Ala de Plata hizo lo posible y lo imposible por controlar sus temblores y recuperar su postura estoica.
- Eso… eso se debió a un malentendido…
“Sí, claro”.
- No… no sabíamos que era de tu clan… Lo sentimos.
“Cómo te ha costado, ¿eh?”
- Espero que eso no afecte vuestra decisión.
- Desde luego que no.
¿Era yo, o mi hermano goteaba?
- Solo ha influido en la manera en que os la voy a decir.
A los pies de mi hermano un charco de agua reflejaba el cielo. En ese charco aparecieron unas ondas que se fueron haciendo más y más violentas hasta convertirse en verdaderas olas. Todos las mirábamos, fascinados. Y de esas olas salieron las cabezas de unas serpientes. ¡No! Eran algo así como puntas, garras de agua. Esas garras se movieron a una velocidad vertiginosa, destriparon a los dos acompañantes de Ala de Plata.
Ésta gritó y se echó al suelo. Estaba muerta de miedo, como todos. ¿Cuánto nos había ocultado el líder? Y, ¿cuánto nos había enseñado?
- Ve y dile esto a tu líder. Esta es mi respuesta. Esto os encontraréis mañana.
Ella salió corriendo, y los vítores llovieron sobre mi hermano.


- No se presentan- rompió el silencio mi hermano.
Estábamos en la plaza de los Cuatro Guerreros en formación de batalla. Habíamos llegado allí al amanecer, hacía ya un buen rato. Y el Clan del Desierto no venía.
Cuando mi hermano estaba a punto de dar la orden de retirada, Zarpa Negra se le acercó. Me aproximé a ellos para escuchar.
- Más quisiéramos, líder- le dijo el aprendiz.- Posiblemente hayan llegado aquí antes que nosotros. Están escondidos detrás de esos edificios. No les oímos ni olemos porque el viento sopla del mar, hacia ellos. Si rompemos formación y nos vamos, nos pillarán desprevenidos. Habrán ganado.
Acto seguido, sin esperar la respuesta de mi hermano, se adelantó un paso y gritó:
- ¡Eh, asesinos! ¡Sabemos que estáis ahí! ¡Salid!
Deseé que se equivocara y que el Clan del Desierto no hubiera llegado aun. Pero salieron, muchos gatos que corrían por la plaza como una tormenta de arena.


Capítulo 9

9. Arena

El día anterior a la batalla recibí el amanecer con gran alivio: había pasado la noche revolviéndome en un duermevela en mi dormitorio, y para poder conciliar un sueño continuado tuve que irme a dormir con Espina, que estaba pasando la noche del mismo modo.
- Buenos días, Arena- me saludó desperezándose a mi lado.
- Buenos días- le lamí la oreja.- ¿Has dormido bien?
- No he dormido. Tienes suerte de haberlo hecho.
El día anterior habíamos concebido un plan: como la conversación con Alma de las Olas duraría mucho, interceptaríamos a Ala de Plata en el camino de vuelta. Allí, Espina acabaría todo. Pero no sabíamos cómo se torcerían las cosas.
Cuando salimos a la zona común, ya siete gatos se estaban preparando para salir a rondar la Fortaleza. Primero me sentí triunfante: “¡Ese gato va a ver lo que significa meterse con el Clan del Desierto!” Pero después, me fui afligiendo: por más que dijeran, ¿me había hecho algo malo? Mentirme, sí, pero si no lo hiciera, no se habría ganado mi amistad. ¿Pero querría mi amistad para propósitos oscuros?
Intenté apartar eso de mi mente, pero solo conseguí preocuparme más y más, hasta quitarme el hambre. Así que no comí.
Así que, como Espina y yo teníamos el día libre, salimos a cazar y a tener, probablemente, el único rato en paz antes de… de eso que tendríamos que hacer esa tarde.
Cuando volvimos a dejar nuestras presas a los más ancianos y los más jóvenes, los siete gatos que habían patrullado la Fortaleza volvieron. ¡Pero cómo volvieron! Uno de ellos cojeaba, y otro se movía con dificultad por las heridas que le cubrían. Y, ¿dónde estaba la séptima guerrera?
La vi, tirada en el suelo, con el pelaje destrozado. No necesitaba ser curandera para ver todos los huesos rotos y… que… no respiraba.
¡No respiraba!
- ¡No!- exclamó Espina, y se lanzó hacia ella: esa gata era su maestra, y él la tenía mucho aprecio.
Los guerreros le frenaron, y murmuraron que ya era demasiado tarde. Espina pareció desplomarse sin cambiar de postura: su maestra era de los pocos gatos que le apreciaban.
¡Y todo eso lo había hecho un gato que me había engañado! ¡Todo era mi culpa! ¿Por qué, por qué tuve que juntarme con Zarpa Negra?
Pero no podía llorar. Creía estar empezando a ver todo como Espina, sin tener nuestro clan como el mejor. ¿Acaso no lucharíamos nosotros contra los gatos que invadieran nuestro territorio? En realidad, reflexioné, ese gato no había hecho nada malo, menos mentirme.
Me acerqué: era mi culpa, al menos debía oír lo que había causado.
Al parecer,se había acercado una gata del Clan del Océano. Habían empezado a luchar contra ella. Entonces apareció el guerrero del clan muerto. Todos admitieron no haberle visto bien, y que su aspecto era difuso. Se dieron cuenta de que el gato estaba usando un hechizo llamado la Máscara, lo que le identificaba definitivamente como del Clan de la noche. Dijeron que les pilló desprevenidos, e hirió a uno de ellos. Después se metió en la Fortaleza, y la maestra de Espina y otro guerrero habían ido a por él. Los seis juraron y perjuraron que a ellos dos ese gato les tiró una escalera encima. Habría ronroneado, porque eso era muy gracioso, si la situación no fuera tan seria. Después los otros cinco se alejaron, asustados de que un solo gato pudiera hacer eso. Vieron cómo ese mismo gato se llevaba a la guerrera del Clan del Océano, y ellos regresaron y, tras coger el cadáver y al herido, volvieron lo más rápido que pudieron.

Más tarde, diseñamos el plan: nos colocaríamos en la frontera del Clan de la Noche y el del Desierto, yo haría algo para distraer a Ala de Plata y su escolta, y Espina saltaría a su espalda y le mordería la nuca. Una muerte instantánea si el golpe estaba bien dado, algo que Espina lograría seguro. Con un poco de suerte, no se fijarian en que habíamos sido nosotros, y el asesinato podría pasar como cometido por el Clan del Océano.
Así pues, después de que la asquerosa manipuladora saliera con su escolta, nosotros hicimos lo mismo y nos apostamos en el lugar convenido
Y ahí fue cuando todo empezó a salir mal.
No había pasado casi nada cuando vimos a Ala de Plata corriendo a tal velocidad que nos fue imposible reaccionar. Estaba sola y, por lo poco que pude ver, tenía grabada en el rostro una expresión de pánico total.
No nos quedó más remedio que volver, y, al hacerlo, nos encontramos en el campamento a la gata gritando, presa del pánico y de la verborrea:
- ¡Les ha matado! ¡En un momento estaban ahí, después mucha agua, y estaban destripados en el suelo! ¡Ya sé por qué Alma de las Olas pudo detener solo a medio clan! ¡Y no sabéis quién estaba ahí! No, no lo sabréis… ¡Nublada, la curandera del Clan de la Noche! ¡Y un gato joven que, no sé quién era, pero olía como ella!
Se armó un gran revuelo. Mi padre le pidió que se calmara y bajara a hablarlo con él. Y Espina y yo resolvimos matarla en la antecámara.
Bajamos. Fue tan rápido como nos imaginamos: yo la embestí y ella cayó al suelo, le tapé la boca con mi zarpa, Espina se acercó y…
- ¡Parad ya! ¿Qué os creéis que hacéis?
Nunca había visto a mi padre así. Sus ojos llameaban, y su pelaje estaba tan erizado que parecía un gato musculoso, en vez de esbelto.
- ¡Me querían matar!- gritó Ala de Plata.- ¡Nublada y su compinche han corrompido a tu hija, que ha manipulado a Espina!
- ¡Lo sabía! ¡Ahora sé que perder a mis seres queridos no significa solo que mueran! Arena, ¡me has traicionado!
No sabía qué hacer: distintas partes de mí querían: pedir perdón, matarles a los dos, hacerme un ovillo en el suelo para escapar del mundo, o soltarlo todo lo mejor que pudiera.
Miré a Espina a los ojos. Sus iris lucían una increíble decisión que hizo que me decantara por la última alternativa.
- No, padre, no te he traicionado. Solo quería aclararte las cosas.
- ¡Mientes!- gritó la infame traidora.
- No miento. Reflexiona, Alma del Desierto. Ella te ha hecho lo que eres, un gato roto… un asesino. Ella siempre ha estado ahí, incitándote a hacer lo malo, a convertirte en un dios. Y aunque creas que tu fin es noble, al final ella te matará, y tu legado no será un mundo sin dolor, sino una aniquilación y un Túnez peor que el del Rey del Invierno.
Me encontré entre tres miradas. La de Espina decía: “¡Muy bien, Arena! ¡Lo has hecho!”. La de Ala de Plata era su opuesta: “¿Cómo has averiguado todo esto, estúpida?” Esas dos me reconfortaron y me dieron ánimos. La de mi padre era doble: su ojo izquierdo quería creerme, el derecho, a Ala de Plata. Me puse en tensión. Y, finalmente, un ojo convenció al otro.

Me encontré llorando, tirada en el suelo de una habitación que servía de mazmorra. La puerta estaba tapada por piedras enormes, y cuatro paredes nos encarcelaban. El veredicto de mi padre había sido muy claro: “¡Encerradles en la mazmorra hasta que mueran de hambre o sed!” Todo había sido mi culpa, todo, todo…
- No llores- me intentó consolar Espina.
Por primera vez noté que su tono era completamente cálido y cariñoso.
- Lo… lo… ¡Lo hice fatal! ¡No pude convencerle!
- Lo hiciste muy bien, Arena. En serio, no lo digo para consolarte. Pero las ataduras de Ala de Plata son demasiado profundas. Habrá que matar también a tu padre.
- ¡No!- exclamé, aunque sabía que no había otro remedio.- Pero, ¡nosotros no podemos matarle!
- Conozco a un amigo tuyo que sí puede
El Espina de siempre había vuelto. ¿Por qué? ¿Por qué hablaba así? ¿Acaso no estábamos encerrados para siempre?
- ¡Pero no podemos salir! ¡A no ser que la batalla vaya demasiado bien, Túnez está perdido! ¡Y nosotros también!
- Tranquila. ¿Te acuerdas de mi madre?
La pregunta me desconcertó y consiguió tranquilizarme. ¿Su madre? El padre de Espina no le había reconocido (cosa común entre los gatos) y su madre… su madre… ¡Ya me acuerdo! Murió cuando ambos teníamos dos lunas.
- No, no la recuerdo.
- Yo sí. Conservo un solo recuerdo, en el que me hablaba de la mazmorra del campamento, donde estamos ahora. Pero primero te explico el plan.
Era simple: nos uniríamos a la batalla, entre la confusión causaríamos de una forma u otra la muerte de Ala de Plata, y yo convencería a quien fuera Zarpa Negra para que matara a mi padre.
Entonces él señaló con la cola una zona de la pared con muchas grietas, y se puso a intentar agrandar una con las garras. Yo no lo comprendí, pero lo ayudé. Tras mucho dolor de zarpas, la grieta se abrió y cayó una piedra. Separamos, ahora más fácilmente, dos, tres, cuatro piedras.
Y las demás cayeron en avalancha.
Ante nosotros se abría un pasadizo que ascendía, recto, hasta el nivel del suelo, donde salía en medio de la espesura.
- La Escalera del Condenado- se hinchó de orgullo Espina.- La historia favorita de mi madre.
Salimos, y ese día cazamos y estuvimos por la Tierra de Nadie. Después, bien entrada la noche, volvimos al territorio de nuestro clan, a la casa que era nuestro lugar de reunión secreto. Pero esa noche, por primera vez, subimos a la azotea.
El cielo estaba tan lleno de estrellas que parecía el pelaje de un gato negro y blanco. Sobre el horizonte, la luna parecía un gran ojo deseándonos buena suerte. Me percaté de que esta era la primera vez que observaba con tanto detalle el cielo.
- Es bonito- oí decir a Espina, que también miraba hacia arriba.
- Sí- musité.- Por esto luchamos- dije de repente, recordando el mito.
- ¿Qué?
- No solo luchamos por unos gatos. Luchamos por las estrellas del cielo, por las olas del océano, el fuego del sol y el viento del desierto.
- Tienes razón. Con Ala de Plata como diosa nada de eso existiría.
Dormí como no había dormido en mucho tiempo. El pelaje de Espina a mi lado y la certeza de que el plan funcionaría me dieron mucha seguridad.

A la mañana siguiente, seguimos el rastro oloroso del clan hasta la plaza de los Cuatro Guerreros. El viento, que soplaba del mar hacia nosotros, nos trajo el olor y los murmullos de ambos clanes. Y, sin avisar, una lejana voz se levantó sobre todo lo demás.
- ¡Eh, asesinos!- decía la voz.- ¡Sabemos que estáis ahí! ¡Salid!
Me sorprendí muchísimo. ¡Era la voz de Zarpa Negra! ¡Zarpa Negra existía de verdad!
El clan salió corriendo a la plaza a una orden de mi padre. La batalla había empezado.
- ¡Vamos!- Espina me urgió.
Salimos corriendo.
El caos era total: los gatos luchaban, huían o rodeaban en grupo al enemigo. No veía a Ala de Plata por ninguna parte. Pero Zarpa Negra era inconfundible: luchaba él solo contra dos guerreros, y les estaba poniendo en apuros. No se movía con la exactitud milimetrada de Espina, sino más bien con una fuerza sacada de furia y magia más que de músculos.
En cuanto les puso en fuga, corrí hacia él, y, embistiéndole, le tiré al suelo. Él intentó levantarse, pero yo me tumbé encima de él. Entonces me reconoció:
- ¡Arena!
- Más bajo, tonto. Que parezca que estamos muertos.
Se relajó debajo de mí.
- Me mentiste.
- Lo siento, de verdad. Me costaba mucho. Y si te hubiera dicho la verdad, no habríamos sido amigos. Pero me delataste.
- No. Fue tu olor. Pero ya estamos tardando. ¡Tienes que matar a mi padre!
- ¿Qué? ¿Por qué dices eso?
- Una larga historia. Te la explicaré más tarde, si es que puedo.
Vi que los dos líderes se alejaban corriendo por una calle; Alma de las Olas persiguiendo a mi padre.
- ¡Por allí!- señalé con la cola.- ¡Rápido!- me levanté.- ¡Y buena suerte!
Él se levantó y me miró durante un instante eterno con sus ojos azules.
- Adiós, Arena.
Y salió disparado.
Por un momento, no supe qué hacer. ¿Escabullirme? ¿O luchar? Pero, si luchaba, ¿de qué lado?
La respuesta me la dio un rayo plateado que cruzaba la plaza. Me lancé a perseguirlo, y cuando lo alcancé, lo arañé, lo mordí, y le hice todo el daño que se merecía Ala de Plata. Ella se revolvió, se liberó de mi tormenta de garras y saltó hacia mí. Me derribó y me inmovilizó poniéndose de pie sobre mi cuerpo. Sus ojos ardían con ira.
- ¿Cómo pudiste averiguar todo eso?
- Solo se necesita conectar las piezas. ¡Estás perdida!
- ¿Ah, sí? No soy yo la gata cuya garganta va a ser mordida en nada.
- No, pero Alma del Desierto está acabado.
- ¿Qué?- exclamó ella.
Intentó morderme la garganta, pero me revolví y solo recibí una profunda dentellada en el omóplato. Después le arañé todo el vientre con las patas traseras. Ala de Plata aulló de dolor y aflojó su agarre. Suficiente. Con unos pocos movimientos, la posición se había invertido.
- ¿Vas a matarme?- Ala de Plata sonaba desesperada.- ¡Sufrirás las consecuencias!
Por una vez, esa gata tenía razón. Yo no era Espina. Dudé un segundo. Tras el segundo, me percaté de que una gata del Clan del Océano casi idéntica a su líder, solo que menos musculosa, venía hacia nosotros.
- ¡Aquí!- exclamé yo.- ¡Ayuda!
Me alejé con velocidad de la guerrera, y la gata enemiga la mató con un solo mordisco. El cuerpo de la traidora se revolvió un segundo y se detuvo para siempre.
- ¡Gracias!- dije de corazón.
La gata me miró y se sorprendió al percatarse de que no era de su clan. Antes de salir corriendo, le eché un último vistazo al cadáver de mi enemiga.
El mordisco había sido en el cuello. Qué ironía.


Capítulo 10

10. Zarpa Negra

Cuando abandoné el campo de batalla y a Arena, sentí que era el final de algo, pero no sabía de qué. La batalla, mi vida, mi relación con Arena… Lo dejé todo atrás. Y cuando entré al callejón, mi alma estaba en blanco, y mi mente, rápida como el rayo. ¿Cómo vencer a alguien de la talla de Alma del Desierto? Quizá el engaño… Sí, los conjuros de fuerza eran demasiado fuertes para…
Mi respiración, mi corazón, todo mi ser se detuvo al ver a Alma de las Olas tirado sobre el suelo. Su pecho aún se movía: vivía. Pero tenía unas heridas que ningún gato podía causar: le faltaba media cola, dos de sus patas estaban giradas en posiciones imposibles y tres profundas líneas de sangre surcaban su costado. Él giró débilmente la cabeza y me vio.
- Zarpa Negra- musitó, tosió y escupió sangre.- Tienes… tienes que vencerle… Yo no he podido… Si tú no puedes, nadie pue…
Dejé de escucharle porque, por primera vez, vi a Alma del Desierto. El miedo cazó mi corazón como yo cazaría una presa.
Sobre él, estaba un gato gigante, del tamaño de un humano y sin rostro. Estaba hecho de arena que se movía sin cesar.
“¡Una invocación! ¡El nivel más alto de la magia! Clan Celeste, ayúdame…”
Y al mirarle a él, vi solo dos ojos. El izquierdo reflejaba furia y las emociones normales en una batalla. Pero el derecho estaba destrozado, y solo denotaba una inmensa sed de sangre.
Mi mente se reinició mientras él venía. Solo conocía un conjuro capaz de plantarle cara a esos dos monstruos: la Armadura. No era ningún secreto para ningún guerrero del Clan de la Noche, pero si la ejecutaba, podía encontrar mi límite y morir.
- ¿Quién eres tú?- su voz parecía sacada de mis pesadillas.- ¡Ya lo sé! ¡Eres ese aprendiz del Clan de la Noche! Entonces vas a saber qué les pasa a mis enemigos. ¡Acabaré lo que empecé!
El gato de arriba, el espíritu de las arenas, copiaba lo que hacía el de abajo. Esquivé por los pelos un zarpazo gigante, pero la fuerza del golpe contra el suelo me hizo volar una corta distancia. Entonces me decidí a usar la Armadura. Si no lo hacía, moriría de todas formas. Corrí directamente hacia Alma del Desierto y pasé entre las patas del espíritu. Cuando me hube alejado lo suficiente, me volví. Empecé a recitar el conjuro:
- ¡Venid, oh Armadura, y cubrid mis heridas!
¡Venid, dadme fuerzas, proteged mi vida!
¡Ayudadme, ancestros del Clan de la Noche!
¡Y dadme la antigua fuerza de la noche!

El conjuro se tenía que pronunciar una segunda vez, gritando. Mis entrañas empezaron a arder con las primeras dos palabras, y pensé que era el fin. Pero, tras acabar el primer verso, una increíble sensación de fuerza se expandió por mi cuerpo y supe que el Clan Celeste estaba conmigo.
Y, al acabar el conjuro, un manto cálido me cubrió. Ese manto era la leche de mi madre, los cuentos de Nublada, el ronroneo de Arena. Ese manto eran todos los gatos del Clan de la Noche, cuya venganza iba a ser cumplida.
Aunque no me podía ver, sabía lo que parecía por las leyendas: una coraza translúcida de color gris oscuro recubría todo mi cuerpo sin dejar grietas. Alma del Desierto, que ya estaba mucho más cerca de mí, parecía sorprendido. Pero se repuso y lanzó un zarpazo.
El golpe del espíritu me alcanzó de forma directa. Salí volando y me golpeé contra la pared. Caí al suelo. Pero ninguno de los tres golpes me había dolido. Y me lancé hacia Alma del Desierto.
Pero el espíritu me aplastó contra el suelo con ambas patas delanteras, y noté cómo la Armadura crujía y se rompía.
Salí de la mortal apisonadora de una forma que ni yo puedo recordar, y supe que había fallado. Túnez iba a morir por mi culpa. Nada iba a parar a Alma del Desierto. La zarpa del espíritu voló a por mí, y yo no me moví: resistirse no serviría de nada.
Cuando estuvo a punto de golpearme, el tiempo se detuvo, y escuché la voz de una gata, de Alma de Estrella, susurrándome al oído:
- Conjuro de la reversión.
¡Eso es! ¡Ese conjuro servía para deshacer invocaciones!
El tiempo se reanudó y esquivé el golpe por los pelos. Pero ahora estaba desesperado: ¿cómo se pronunciaba el conjuro?
Alma del Desierto volvió a situarse frente a mí. Se tomaba las cosas con suma tranquilidad.
Y comprendí. Al tiempo que el líder subía la zarpa para asestar el golpe final, yo tomé aire y me prepare para el lío de consonantes que seguiría:
- ¡Nóisrever al ed orujnoc!
Alma del Desierto descargó el golpe. Pero el espíritu no le hizo caso y retrocedió. El líder se giró, contrariado. Entonces, el gigante, con un solo golpe, descuartizó a Alma del Desierto y se disolvió. Un montón de arena cayó al suelo.
El cansancio, el miedo, la impresión de ver todo lo que había visto, todo hizo que se nublara el mundo y cayera al suelo.

Al despertar me encontré dentro de una habitación con poca luz. Mi mente estaba atontada, y casi no podía pensar. La única conclusión que pude sacar antes de volver a desmayarme fue que nunca antes había estado en ese lugar.

Al volver a la consciencia empezaron las visitas. La primera, y la que peor entendí (porque mi cerebro no trabajaba) fue de los tres guerreros supervivientes del Clan de la Noche que había encontrado hace poco, presentándome sus respetos. Sus palabras, a las que solo pude responder con vagos monosílabos, me dejaron un bonito dolor de cabeza, y los tímpanos palpitando.
La segunda fue de un guerrero del Clan del Océano, Cola de Espuma, y uno del Clan del Desierto, Garra de Piedra (que eran líderes en funciones hasta que sus clanes eligieran un nuevo líder), que me daban asilo en sus tierras hasta que mi clan fuera capaz de mantenerse a sí mismo.
Llegado a este punto, mi jaqueca era enorme, y sólo podía pensar: “¡Hay una curandera y guerreros! ¿Por qué estas cosas, propias de un líder, me las dicen a mí, un aprendiz?”
La respuesta vino junto a Nublada.
- Estás mal, ¿verdad?- preguntó.
Asentí con la cabeza, y ella se fue y volvió con unas hierbas. Me las hizo tragar. Tenían un intenso sabor amargo que me hizo adoptar varias muecas. Pero finalmente, con el sabor desaparecieron el mareo y el dolor de cabeza. Después, me dijo que la última voluntad de Alma de las Olas, al que su clan había encontrado tras ganar la batalla, había sido nombrarme guerrero, y que la ceremonia de nombramiento sería al anochecer. Yo sería líder en funciones, pero podría retrasar mi nombramiento de líder todo lo que quisiera. Tras eso me pidió que le contara mi lucha contra Alma del Desierto.
Y yo lo hice: su invocación, cómo ejecuté la Armadura, que no fue suficiente, y cómo la difunta Alma de Estrella me había susurrado el conjuro necesario.
Nublada se fue y creí que nadie más me iba a visitar.
Me equivocaba. Mi cabeza se había activado gracias a esas hierbas amargas, y ahora luchaba por comprender un solo detalle: ¿por qué Arena me había pedido que matara a su padre? Me puse de pie inconscientemente, intentando darle una explicación lógica, o al menos convincente, al enigma.
Entonces entraron. Arena iba acompañada de un gato cuyo pelaje era de color marrón. No sé por qué, pero la presencia de ese gato hizo que me sintiera mal.
Me explicó que se llamaba Espina. Después, entre los dos, me contaron todo lo que había pasado en su clan, desde la muerte de los hermanos de Alma del Desierto hasta cómo habían escapado de su captividad gracias a una historia casi olvidada, y, tras la batalla, cómo le habían explicado todo a su clan.
A su vez, yo les expliqué (sobre todo a Espina) mi historia, omitiendo el detalle de mi procedencia. No me sentía con fuerza para decir la verdad, ni tampoco para mentir.
A lo largo de toda la conversación, me sorprendió la manera en que Espina hablaba: no trataba de buscar razones para que los actos de su clan parecieran nobles, simplemente admitía que estaban mal.
Por último, me prometieron ayuda incondicional mientras mi clan estuviera alojado en su campamento. Se lo agradecí, y por primera vez desde que me despertara, lo hice de corazón.
Como no quería que nadie más viniera, y como ya estaba completamente repuesto, salí de la habitación. Enseguida me arrepentí: la gran sala a la que había salido bullía de actividad. Sin embargo, nadie me reconoció, o al menos no me detuvieron. Los gatos parecían llegar e irse por unas escaleras ascendentes. ¿Pero cómo? ¿Acaso la pericia de los humanos había llegado a horadar hasta la piedra? ¿Con esas zarpas sin garras, que, según decían, tenían? ¡Imposible!
Pero cuando subí las escaleras, me tuve que convencer de que era así. Salí a un trozo de tierra completamente invadido por las plantas: el suelo estaba cubierto de hierba, muchos arbustos obstaculizaban el paso, y la sombra de las hojas nuevas de los árboles cubría casi todo. El Clan del Desierto cada vez me sorprendía más: un campamento bajo tierra, ¡y ahora un sitio donde las plantas crecían con libertad! En el resto de Túnez, tenían que abrirse paso entre el suelo de tierra dura, no como este, que parecía hundirse bajo mis patas.
Me percaté de la sed que tenía, y tuve que recorrer lo que me pareció todo Túnez para encontrar un pozo (que resultó estar a dos calles del campamento). Después me entró morriña, y quise subir a una azotea, como en la que había estado toda la vida.
Cerca también del campamento (lo tienen todo cerca, los muy…) encontré una casa con un agujero en la puerta. Entré. El interior estaba lleno de objetos humanos hechos pedazos, pero no les hice caso y subí al segundo piso y a la azotea.
La azotea de la Fortaleza era más alta, más grande y tenía mejores vistas. Sin embargo, algo era mejor que nada.
- ¿Qué haces aquí?
Noté un escalofrío corriendo por mi espinazo, y pegué un salto. ¿Quién estaba ahí? Me giré para ver a Espina.
- Quería estar solo.
- ¿Y por qué justo este lugar? ¿Te estás aprovechando de tu situación para inspeccionar nuestro territorio?
- ¿Pero qué te…- me desinflé.- Ya sé que maté a tu líder. Pero no tengo malas intenciones. Solo quería que nadie me molestara, pero veo que he conseguido llevarme mal contigo.
- Te agradezco que hayas matado a Alma del Desierto- Espina se colocó a mi lado.- No es por eso por lo que podría llevarme mal contigo.
Sabía perfectamente cuál era la razón que insinuaba. Algo me apretó el estómago, y no me sentí con fuerzas para comentarla.
- ¿De verdad eres el hijo de Alma de Estrella?
No quise contestar. En ese momento supe que esa pregunta me perseguiría durante el resto de mi vida, así que lo pensé muy bien y contesté:
- Mis padres están muertos. Lo único que importa es que soy del Clan de la Noche.
- No eres su hijo, ¿verdad?
- Espero que no lo digas.
Creía que había sonado a súplica, pero Espina se lo tomó como una amenaza: se alejó de mí por instinto.
- Quizá… quizá no debería habértelo preguntado.
- No te preocupes. Es la verdad, y ya estoy cansado de mentir.
- La verdad a veces duele.
Ese comentario me sorprendió viniendo de él.
- Pero… pero… no te conozco, pero tú no tienes reparos en decir nada.
- En decir la verdad. La verdad a veces duele, pero yo nunca miento porque… porque la mentira no es nada, es menos que aire, y es inútil pretender que se convierta en algo.
Le miré con asombro. A pesar de su corta edad, Espina era muy sabio. No cabía duda de que Arena sería…
Dejé el pensamiento a medias: otra vez la misma opresión en el estómago. Vi a Espina mirando el desierto, que se extendía hasta el horizonte. El sol, que ya era naranja, estaba suspendido a poca distancia de la línea.
- Ya casi es el anochecer. Tu ceremonia de nombramiento será pronto- anunció el gato.

En efecto: en la zona común del campamento, Nublada, Huracán, Cola de Sauce y Pluma de halcón se removían impacientemente. Cuando me vieron, se dispusieron en círculo, y los gatos del otro clan, por respeto, se alejaron o se fueron.
- Entra, Zarpa Negra- ordenó Nublada.
Entré al círculo. De repente, conseguí asimilarlo: ¡iba a ser guerrero! Me eché a temblar de la emoción como un gatito que escucha una historia.
- Clan de la Noche, nos hemos reunido tras todas estas lunas para hablar de este aprendiz. Zarpa Negra nos ha conseguido un sitio en Túnez, y, lo que es más, ha vengado a todos nuestros amigos y familiares muertos. ¿Acaso no merece ser guerrero?
- Lo merece- dijeron tres maullidos.
- Entonces, por las antiguas tradiciones guerreras, te quito el nombre.
Y supe que con ese nombre se iba toda mi vida anterior. Ahora venía una vida de clan, y sobre todo, de líder.
- Y, según la última voluntad de Alma de las Olas, yo te nombro guerrero. ¡Clan de la Noche! ¡Aclamad a vuestro nuevo guerrero, Garra Oscura!
Muchos gatos de ambos clanes corearon mi nombre. Y solo entonces supe que no estaba solo. Y me sentí mejor que tras un buen día de caza.

Más tarde, salí. La noche caía sobre Túnez. Había sido un día largo.
Sí, reflexioné, había sido un día muy largo. Un día de diez lunas, dominado por el calor del desierto. Pero por fin, la noche volvía a la ciudad.



Epílogo

Epílogo. Pelaje Espinoso

La noche llegaba pronto, señal de que ya era invierno. Para darme la razón, empezó a soplar un viento afilado entre las sinuosas calles de esa parte de la Tierra de Nadie.
El antiguo y futuro territorio del Clan de la Noche no se parecía a ninguna parte de Túnez. Allí, las calles eran mucho más estrechas, y los edificios no tenían tamaños parecidos, ni estaban alineados, lo que hacía que las calles parecieran rastros de culebras gigantes.
Éramos una pequeña comitiva. La abría la anciana Nublada, que con las dos estaciones había envejecido mucho. Ahora le dolía dar cada paso, le costaba pronunciar cada palabra. Sin embargo, se había empeñado en ser ella quien nos guiara.
Tras ella iban, juntos, Garra Oscura y Duna (que cuando era aprendiza se llamaba Arena). Iban juntos, protegiéndose del viento mutuamente. Cuando se declararon, le dije a mi amiga que probablemente eso no duraría, pero ya llevaban siendo pareja media estación. Quizá me equivocara.
Tras ellos iba yo. Sentía que no debería estar allí, ni yo ni Duna, porque no pertenecíamos al Clan de la Noche. Además, siempre estaba incómodo cuando Duna y Garra Oscura daban muestras de su afecto. Y esa vez no era una excepción.
Íbamos al campamento del Clan de la Noche. Durante seis lunas, Garra oscura y los demás guerreros habían adoptado a gatitos sin padres de la Tierra de Nadie para reformar su clan. Al principio, todos se burlaban de ellos, porque creían que los gatos proscritos no valdrían para guerreros. Yo sabía que no era así; Garra Oscura lo demostraba. Por eso le ayudé con su futuro clan y vi, casi sin creerlo, cómo todos los gatos progresaban; incluso tenían una aprendiza de curandera a la que Nublada había salvado de una horrible enfermedad.
La anciana se paró. Yo corrí hasta ella y le pregunté si le pasaba algo.
- No, estoy bien. Hemos llegado.
Ante nosotros se levantaba un edificio que no destacaba por su altura: apenas dos pisos. Su puerta estaba cerrada, así que no se podía entrar.
- Nublada- dijo Garra Oscura,- ¿cómo…?
Se calló. Su antigua maestra había desaparecido.
- ¡Pasad!
Su voz nos sorprendió: llegaba desde el otro lado de la pared.
Entonces nos percatamos del agujero que había en el muro, al fondo de un poco profundo hoyo en el suelo, y entramos.
El campamento del Clan de la Noche era un edificio peculiar: tenía dos pisos, pero tanto las habitaciones como las escaleras estaban metidas en las paredes. El centro, que sería un lugar de reunión, era un gran hueco solo cubierto por el tejado: el segundo piso era un balcón que lo rodeaba.
- Aquí estamos- dijo Nublada.- Garra Oscura, traslada al clan aquí lo antes posible, y lidéralo bien. Y vosotros dos- se volvió hacia Duna y yo,- os estaré eternamente agradecida, y que mi peor maldición caiga sobre mi propio clan si alguna vez os causa algún gran mal.
Acto seguido, nos dio un lametón cariñoso a cada uno de nosotros tres , y se tendió en el suelo. Permanecimos en silencio hasta que una lágrima de Garra Oscura mojó el pelaje de su maestra.
- ¿Qué te pasa?- le preguntó su pareja.
- Desde… desde hace unos días vivía a base de hechizos. Me… me dijo que quería morir aquí… aquí y con nosotros.
Comprendí el porqué de ese viaje, y antes de que me percatara, Duna y yo llorábamos también: durante esas ocho lunas, le habíamos cogido mucho cariño a esa sabia anciana. Fui el encargado de cerrarle los ojos.

Más tarde, cuando salimos, vimos una estrella nueva en el cielo: una nueva guerrera en el Clan Celeste.

Última edición por Tyren Sealess; 26/01/2015 a las 22:15
  #2  
17/09/2014
Predeterminado Respuesta: [Historia]El señor del Agua y la Arena
Madre mía, veo talento, veo talento, veo mucho talento, pero no veo comentarios. Es en estos momentos en los que la realidad supera la ficción. Bueno, a ver si este comentario refresca el post ;D

En fín, que me encanta, hazme el favor de echarte uno o dos retos de Fan - fics
  #3  
18/09/2014
Predeterminado Respuesta: [Historia]El señor del Agua y la Arena
¡Muchas gracias, Tijeras! En fin, los comentarios vienen y van, yo no puedo obligar a la gente que comente, pero me decepciona que, en una historia en la que me he esforzado, nadie comente. En fin, os dejo el capítulo 2.

Capítulo 2

Capítulo 2
Zarpa negra
El amanecer me molestó, eso significaba otro duro día de entrenamiento con Nublada. Como si oyera mis pensamientos, la vieja gata maulló:
-Eres un gato, no un hurón. Levanta.
Lo hice de mala gana, y me desperecé.
-Dime- pidió ella,-¿qué debe hacer un guerrero cuando no queda carne fresac?
-Salir a cazar- respondí con sueño.
-¿Pues a qué esperas?- me urgió Nublada.- ¡Venga, caza!
Salí del edificio saltando por los agujeros que había en cada planta, en el suelo. Una vez en la calle, cacé una paloma y una rata. Empecé la paloma, la rata, para Nublada, porque estaba asquerosa. Probablemente me daría una charla sobre el respeto a los ancianos, pero el que caza, decide, y esa no era una situación especial: aunque Nublada fuera vieja, yo sabía perfectamente que se conservaba bien.
Como era de suponer, Nublada me echó la bronca, y tras comprobar que podía ejecutar perfectamente esos movimientos de lucha que había practicado más veces que las estaciones de mi maestra, ella dijo:
-Bueno, ya que parece que sabes luchar, te enseñaré a saltar.
Se me erizó el pelaje.
-¿Qué?- bufé.- ¡Ya no soy ningún gatito!
-Vale- respondió Nublada, con voz calmada.- Entonces... salta hasta ahí.
Apuntó con la cola a otra azotea, a una distancia de más de quince gatos. Comprendí que mi impulsividad me había perjudicado, y, cambiando de táctica, empecé a acicalarme el pelaje, negro como la noche.
-¿A qué esperas? ¡Salta!
- Yo solo hago cosas posibles.
-Está bien- había conseguido enfadarla.- ¡Mira!
Tomó carrerilla y saltó. Estuvo un tiempo demasiado largo en el aire y, finalmente, cayó sobre el otro edificio.
"Clan Celeste", pensé, "¿por qué tengo que llevar esta vida?"
- Has visto que es posible- maulló la curandera gris.- Ven ya.
- ¡Yo no tengo magia!- protesté.
- ¡Sí la tienes!
- ¡No!
Entonces, la gata suspiró.
- Cálmate, Zarpa Negra. No lo sabes. Solo dices eso por llevarme la contraria.
Me di cuenta de que tenía razón.
- ¿Por qué- continuó- no te olvidas del exterior y miras en tu interior? Nunca lo haces, Zarpa Negra, y allí cada gato tiene mucho más de lo que cree.
Estuve a punto de gritar: "¡¿Pero qué te crees?! ¡¿Que es así de fácil?!", pero decidí hacerle caso. Sin embargo, quedé decepcionad: por más que reflexionara, no sentía nada. Nada,excepto... un deseo de intentarlo. Un deseo que fue creciendo y creciendo hasta ocupar mi mente.
- Eres estúpido- me dije, y eché a correr.
Salté a la cornisa, y tras eso, hice el salto. Cerré los ojos y dejé que el viento jugara con mi pelaje.
Me golpeé con las patas delanteras. Abrí los ojos. ¡Había llegado! Pero estaba colgando sobre la calle, y, ¿por qué sentía que mis entrañas estaban ardiendo?
Nublada me cogió por el pescuezo, y como cuando era pequeño, me levantó.
-¡Lo has hecho!- me felicitó.
- Nublada- conseguí murmurar con mi garganta en llamas.- No... estoy...
Tosí, y en vez de saliva, el líquido que escupí fue sangre.

Cuando abrí los ojos, Nublada me estaba intentando dar una papilla de hierbas.
- Come- me dijo.- Eso que te ha pasado es normal con la magia, las primeras veces.
Comí un poco y aguanté el sabor amargo. Miré en derredor: volvíamos a estar sobre La Fortaleza, lo más parecido que teníamos a un hogar.
- Hice magia, ¿no?- murmuré.
- Sí. Y eso es normal porque el cuerpo la bloquea. Tienes que ir eliminando ese bloqueo.
Lo comprendí. Había oído muchas historias de gatos que murieron por usar magia demasiado poderosa, pero siempre pensé que había sido por la fatiga. Ahora sabía que se habían destruido desde dentro.
Me intenté levantar, pero mis patas me quemaban.
-Tranquilo- me calmó Nublada.
Espera. ¿Por qué Nublada me hablaba con esa dulzura? Cuando lo comprendí, me enfadé muchísimo con ella. ¡Solo era por la magia! Maldita...
La hipócrita me dejó la tarde libre, y yo salí por la calle. No había ningún gato: eso era la Tierra de Nadie, el territorio que no pertenecía a ningún clan.
Tras un tiempo andando lo vi: ¡un gorrión! Quizá fueran comunes, pero ese estaba tan gordo que parecía que iba a explotar. Me agazapé, mi presa me daba la espalda. Tensé todos mis músculos y salté, extendiendo las zarpas. De pronto, algo bloqueó mi visión y me di un buen golpe. La presa salió volando.
- ¡Mira lo que has hecho!- me reprochó una voz de gata.
- ¿Que qué he hecho? ¡Podrías buscar tus propias presas!
Miré a la gata: era joven, tenía el pelaje del color de la miel y los ojos, del de las hojas de parra. Parecía bien alimentada, y eso sólo podía significar una cosa.
"Gata de clan"
- Lo he hecho- bufó ella,- y parece que alguien me ha seguido.
- ¿Desde el territorio de tu clan? No creo que te haya seguido, ni que tú hayas seguido ese gorrion.
- ¿Cómo sabes que soy de clan?- se alarmó.
- No estás tan flaca como yo. ¿Qué haces fuera de tu territorio?
Ella suspiró y se callo. Finalmente inquirió:
- ¿Cómo te llamas?
- Zarpa Negra.
- Yo soy Arena, del Clan del Desierto. ¿Qué te pasa?
"Es joven", me repetía. "No pudo estar en la Matanza." Pero aun así, mis músculos se habían tensado, y mi corazón, acelerado, y lo peor de todo, ella se había dado cuenta.
- Nada. Solo que... entre los gatos sin clan como yo- mentí,- tu clan tiene una reputación... curiosa.
Ella suspiró.
- Lo sé, y no puedo remediarlo. Pero bueno, estoy aquí por mi padre.
- ¿Te ha repudiado?
- No, solo es que... me sigue viendo como una gatita, y eso... es molesto.
A mí me pasaba todo lo contrario, Nublada me exigía como si no fuera un aprendiz, sino un guerrero experimentado.
- Además- continuó,- es uno de los gatos más influyentes del clan; se dice que solo hay un guerrero capaz de igualarle.
"Clan Celeste, ayudadme", imploré. "Un guerrero que iguala a Alma del Desierto. Si me descubren..."
- ¿Y tú?- su voz me sorprendió.- ¿Cómo vivis los gatos sin clan?
Odiaba mentir, pero la situación lo requería.
- Es duro. Tengo que alimentar a mi anciana madre y a mis hermanitos.
- ¿Y qué hace tu padre?
- No lo sé. Nunca he sabido nada de él- había dicho la verdad.
- Ya... En el clan nos respetamos, al menos. Supongo que no tengo una vida tan mala. Por cierto, ¿sabes que tienes nombre de aprendiz?
- No lo sabía- me corroían los remordimientos. -Quizá mi padre fue un gato de clan.
- Entonces tuvo que ser uno muy poco leal, para tener hijos con una proscrita, y luego abandonarlos.
- Seguro- dije, y pensé: "Menuda vida".
Charlamos un rato más, hasta que Arena dijo:
- Oye, Zarpa Negra, tengo que volver ya. ¿Podemos... vernos mañana?
Eso fue un duro golpe. No debería, pero no tenía amigos.
- Sin problemas- mentí una vez más.- Mañana, aquí y a la hora en que nos vimos, ¿vale?
- Está bien.

Cuando se hubo ido, me entristecí al darme cuenta de que para ser su amigo tendría que mentir a dos gatas: a Arena... y a Nublada.
Gracias: Karlsetín
  #4  
18/09/2014
Predeterminado Respuesta: [Historia]El señor del Agua y la Arena
Hostias, la historia mejora, cada vez me sorprende más el número de comentarios, en serio. Animaos a comentar, pensad lo que le ha costado escribir esos tochos, y además bien escritos. Casi son deberes xD
  #5  
18/09/2014
Predeterminado Respuesta: [Historia]El señor del Agua y la Arena
Ah yo me lei todos los libros de Erin Hunter de los gatos guerreros! los tengo todos xD
(hasta el sexto) se ve muuuuuuy interesante
(Yo estoy pensando un fan-fic desde el punto de vista de latigo gris )
  #6  
05/10/2014
Predeterminado Respuesta: [Historia]El señor del Agua y la Arena
Bueno, pues aquí voy. He leído el prólogo y el capítulo uno, no he podido seguir con el dos pero le he dado un vistazo por encima.

Mi impresión general no es mala. Sabes decir las cosas y sabes decir las correctas; el problema es, que aún sin haberme leído la saga, me ha dado la impresión que está basada en ella tanto que podría considerarse un fan-fic. Cuando he entrado esperaba un original, algo nuevo, y me he encontrado con un spin-off de una historia que no conozco. No miento si digo que he perdido el interés en ese momento, y eso es algo que un escritor nunca se puede permitir. Haz que el lector sepa qué va a leer.

Por otra parte, abusas de los diálogos, echo de menos mucha descripción y ambientación. Son capítulos muy cortos y con poco texto, tiene que primar la presentación y el enganchar al lector, hacer que no se sienta perdido. Y la historia no lo consigue. En cuanto a eso: utiliza el guión largo (que con este teclado no puedo insertar, pero viene a ser esto -- sin el hueco blanco xD) y no "-". Da mucha mejor impresión. La trama no me dice nada; nada nuevo, nada interesante, pero tampoco nada malo, lo cual significa que, al menos en mi opinión, tiene potencial y se puede mejorar. Por último, felicitarte por la ortografía, no he encontrado ningún fallo.


Animaos a comentar, pensad lo que le ha costado escribir esos tochos, y además bien escritos. Casi son deberes xD
Y esto ya es un mensaje para Tijeras77. Todo escrito cuesta que salga, no voy a decir nada al respecto, y ya he dicho mi opinión respecto a considerarlo "tocho"... pero el spam nunca ayuda al autor y los relatos, ya sean fan-fics u originales nunca son algo que se hacen por obligación. Siempre salen de uno mismo, o así debería ser bajo mi punto de vista. Es algo que se hace porque se quiere. El feedback siempre es bien recibido, pero no es el fin por el que escribir una historia.


Y esa es mi opinión.
¡Nos leemos!
Gracias: Tyren Sealess
  #7  
07/10/2014
Predeterminado Respuesta: [Historia]El señor del Agua y la Arena
Caeles, muchas gracias por el comentario. Es justo lo que busca un escritor. Para empezar, no voy a usar la raya: se tarda demasiado y puedo citar más de un libro que usa el guión. Respecto a que esto es una fanfic: yo escribo muchas cosas originales, y uso las fanfics para creación y desarrollo de personajes que luego uso en mis historias. Eso también explica los diálogos y la dejadez de la descripción de los lugares (que en originales me encanta). No publicaría esto, que es casi un ejercicio, si no estuviera muy contento con cómo me está quedando. Seguramente, lo próximo que publique será de mi cosecha. Y, a Tijeras77, ¿cómo puedes decir que cada vez es mejor con solo 2 capítulos, ambos de introducción?

Dicho todo esto, pasemos al

capítulo 3

3. Arena


Llegué casi sin aliento tras correr por las calles de Túnez. Ante mí se abría una gran extensión de plantas y árboles asalvajada, por la que me interné hasta dar con un gran agujero en el suelo. Bajé por unas escaleras que había y llegué al hogar del Clan del Desierto. Éste estaba bajo tierra, pero la luz entraba por unos grandes agujeros en la pared, que daba a un barranco.
- ¡Arena!- me llamo mi maestro, Garra de Piedra, un musculoso gato gris.- Tu padre quiere verte.
Resoplé. "¿Qué mosca le habrá picado?"
Bajé otro nivel de escaleras. Si bien el primer piso era espacioso y tenía muchas habitaciones, este era pequeño, y solo había dos espacios: a la derecha, a través de un pequeño agujero, la habitación del líder; a la izquierda, a través de una apertura casi idéntica, el taller-dormitorio del curandero. Inspiré y entré al cubículo de la derecha.

Alma del Desierto estaba de espaldas a la entrada, hablando con Ala de Plata, una gata gris plateada que era algo así como su segunda al mando.
- Creo que ya podemos dar el siguiente paso, Ala de Plata- dijo el líder.- Escoge a algunos guerreros y ve a visitar a Alma de las Olas mañana por la tarde.
- ¿Le hacemos un aviso?- preguntó ella.
- ¡No! No quiero más derramamiento de sangre innecesario- su voz tenía un deje amargo.- Hace diez lunas, aprendí de la peor forma que no debo matar porque sí. Lo que debes haceres decirle a Alma de las Olas que, en dos días, piense si deja que su clan se una al nuestro, o si, por el contrario, tendrá una batalla.
- Le dará igual- respondió la guerrera.- No levanta una zarpa desde que maté a su pareja.
- Tú hazlo. Ya veremos lo que pasa.
El tono con el que lo dijo cortó la conversación. Ala de Plata lo entendió y se encaminó hacia la salida. Yo me aparté para dejarle pasar.
- Buenas tardes, Arena- me saludó al salir.
Yo le devolví el saludo casi instiintivamente, pues todo mi interés estaba puesto en Alma del Desierto.
Cuando se dio la vuelta, intentéfijarme solo en su ojo azul.
- ¿Por dónde has estado, hija?
No me podía haber llamado solo para preguntarme eso.
- Por la Tierra de Nadie.
- ¿Pero tienes alguna idea de lo peligroso que es eso?- me preguntó, alarmado.
- ¿Unos cuantos gatos sin clan?- respondí, pensando en Zarpa Negra.
- No es eso. Sabes bien que se dice que ahí están los gatos del Clan de la Noche que sobrevivieron.
- El Clan de la Noche ya no existe, padre.- "Tú te encargaste de ello".
Al parecer, hacía tiempo mi padre se había arrepentido, o arrepentido a medias, de la Matanza. Ahora no le gustaba que nadie se lo recordara, y se aferraba casi desesperadamente a cualquier rumor que dijera que algunos gatos de ese clan habían escapado y sobrevivido.
- Como sea- zanjó el tema.- Me has oído hablar con Ala de Plata. Quizá tengamos una batalla en algunos días. Si la tenemos, quiero que Espina y tú destaquéis.
- ¿Por qué?- pregunté.- Solo somos aprendices.
- Quizá, pero...- noté un brillo bondadoso en su ojo izquierdo,- ¿no crees que ya sois un poco mayores para eso?
¿Convertirnos en guerreros? ¡Sí! En momentos como ese era cuando mi padre no me parecía un pesado.
- Me voy, padre- me despedí.
- Buenas tardes, Arena.
Antes de irme me fijé un momento en su ojo derecho; era casi imposible no hacerlo. Y, como siempre, me asustó.
Decían que esa herida se la hizo Alma de las Olas, en su intento de darle tiempo al Clan de la Noche para escapar, conteniendo al Clan del Desierto. A la vez, ese ojo fascinaba y amedrentaba. Su iris, o lo que quedaba de él, tenía el color de la sangre. Y su pupila no era una forma redondeada, sino un desgarrón en su ojo, de derecha a izquierda. No se agrandaba en la oscuridad, como era normal. Y yo, como todos los aprendices, había oído las historias: durante varios días, el líder había llorado sangre por ese ojo...
Me sacudí esos pensamientos de la mente como podría sacudirme hojas secas del pelaje y subí las escaleras.
- ¡Espina, Espina!- grité abordando a un aprendiz marrón.
- Arena- se quejó él,- ¿qué pasa?
Se lo expliqué demasiado rápido y en demasiadas pocas palabras. Cuando acabé, él suspiró.
- Así que tu padre quiere hacer una batalla contra el Clan de la Noche, perdón, el del Océano.
Esa equvocación distaba mucho de ser accidental.
- ¡No seas así! ¡Él está arrepentido!
- Claro, y por eso ha decidido ser pacífico para el resto de su vida.
Espina solía ser un buen amigo, pero siempre decía la verdad, aunque fuera la más dolorosa.
- Quizá, pero... al menos no es cruel.
- En eso tienes razón- admitió él mientras salíamos a la superficie.- El Clan del Océano tiene un líder potente, capaz de plantarle cara al nuestro.
Esta vez me enfadé de verdad: no sabía si lo que había dicho era irónico o sincero.
Caminamos por la espesura hasta encontrar una callejuela, y la recorrimos hasta llegar a una casa. La puerta de esa casa tenía un agujero en la parte inferior por el que fácilmente podía entrar un gato. El interior estaba lleno de trozos de madera de las formas más raras en las posiciones más extrañas: la mayoría de ellos eran rectos como edificios, no retorcidos como árboles, y estaban rotos y tirados por el suelo. Si no fuera por el cariño que le tenía al lugar, casi me parecería siniestro. Me acordé del primer día que vine, hacía cinco lunas. Era un invierno crudo, y una lluvia de hielo mojaba las calles. Mi padre y mi maestro habían tenido una discusión enorme sobre mí, y yo, sintiéndome mal, me había escabullido. Conseguí llegar hasta la casa, y, a falta de otro refugio contra la lluvia, me quedé allí. Volví varias veces, y allí conocí a Espina. Esa vez...
- Bueno- dijo mi amigo, devolviéndome a la realidad.- Hemos venido aquí por algo.
Se ocultó de mí entre la madera. Yo hice lo mismo: esa casa era nuestro lugar de entrenamiento secreto. Ahí luchábamos hasta no poder respirar y desarrollábamos técnicas de combate que sorprendían a nuestros mentores, todo por ser guerreros.
Noté un movimiento encima de mí. ¡Maldito Espina! Cayó sobre mí derribándome al suelo, e intentó sujetarme: si me hería, ganaba. Yo me revolví y conseguí empujarle con las patas traseras en la tripa; voló un corto trecho y cayó.
Una vez más, Espina me había recordado que a pesar de tener el pelo desaliñado y el caminar, casi torpe, al cazar y luchar él medía todos sus movimientos, considerando un error de un pelo como demasiado malo. Y de esa manera conseguía ser un gran luchador.
Cayó impulsándose, de modo que nada más tocar tierra, ya saltaba a por mí con las garras extendidas. Me aparté y aproveché el instante de ventaja: él estaba ahora de espaldas a mí. Sin embargo, cuando estaba a punto de hundir mis garras en su lomo, él se apartó, y cuando caí, me mordió casi cariñosamente en el costado.
- Tú ganas- admití.
- Tienes que cuidar más tus movimientos- me aconsejó él.
- ¡Ya lo hago!- protesté.- ¡Pero llegar a tu nivel es imposible!
- No te preocupes por eso- me consoló,- yo valgo por diez guerreros del Clan del Océano. Venga, escondámonos otra vez.
Gracias: Karlsetín

¡Gracias a todos!
No habría recibido estos premios sin:
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¡Gracias, Rata! Se te recuerda... :c
  #8  
23/10/2014
Predeterminado Respuesta: [Historia]El señor del Agua y la Arena
Señores, continúo. Aprovecho para decir que se agradece cualquier tipo de crítica, elogio, ánimo... Vamos, cosas como el comentario de @Caeles .

Capítulo 4

4. Fauces del Mar


Era tan pronto que la escarcha no estaba derretida y las estrellas aun se veían en el cielo. Pronto amanecería, pero de momento el sol aun no había salido. Estaba sentada sobre una azotea cercana al campamento, acabando el plan con Cola de Espuma para derrotar al Clan del Desierto.
- Ten mucho cuidado con la Fortaleza- me advirtió él por enésima vez.
- Ya lo sé, aunque sea tonta- ronronée,- no necesito que me lo digan tantas veces.
- Quizá, pero... una curandera es una curandera.
- Vale, así que subo a la Fortaleza, hablo con la gata, cojo al hijo de mi hermano, se lo llevo y ya está.
- ¡No! Tendrás que negociar con esa gata, probablemente. Además, con lo bien que se llevaba nuestro líder con...
- ¿Interrumpo algo?- preguntó una voz.
Nos congelamos. Era una voz profunda y potente como el mar, acompañada de un pelaje del color del océano nocturno.
- No- me apresuré a contestar.- ¿Qué te trae por aquí, hermano?
- El deseo de mejorarme.
"Pues si quieres mejorar, compórtate como un lñider y no como un anciano", pensé. Pero su siguiente frase me reveló mi equivocación.
- Alma del Desierto quiere conquistar todo Túnez. Y yo pensaba que todo estaba perdido, pero se me olvidaba que para ser el Señor del Agua y la Arena, y para obtener el poder de un dios, debe gobernar todo Túnez. ¡Es lo que quiere, no lo que es! Tus palabras del otro día me abrieron los ojos, hermana. Debo comportarme como un líder, no como un gatito enfurruñado.
Cola de Espuma y yo nos miramos a los ojos, y él me preguntó si seguíamos con el plan. Yo asentí con la cabeza. El cielo ahora era escarlata, y me dispuse a partir.

El camino desde el territorio de mi clan hasta la Fortaleza pasaba por lo que había sido los dominios del Clan de la Noche, pero ahora esas calles solo nutrían la Tierra de Nadie. Corrí durante lo que me parecieron lunas a través de calles desiertas, llenas de hierbas, enredaderas y árboles retorcidos brotando del suelo y las paredes.
"Debería haberme informado mejor", pensé mientras me comía un ratón que había cazado momentos antes. No sabía cómo era la Fortaleza.
Y sin embargo, no hizo falta: era un edificio más alto que los adyacentes, y más bello que el adyacente, igual de alto. Era de una enorme altura, cinco pisos, y gris, con lo que destacaba en la ciudad amarilla. En las ventanas, que habían visto mejores tiempos, había cristales de colores, y alrededor de ellas las piedras lucían bellos grabados hechos de simples líneas. La puerta de madera estaba destrozada, así que entré. El interior estaba ruinoso, y mientras subía sin problemas niveles y niveles de escaleras, fui percibiendo cada vez más cerca un olor, olor de gato pero... ¡Eso es! Diez lunas sin olerlo habían entumecido mi nariz. ¡Era el olor del Clan de la Noche! ¡Y además eran dos gatos!
El último tramo de escaleras moría en un agujero en el techo, a través del cual se veía el cielo, que ya era azul. Subí corriendo. Y cuando llegué arriba, solo entonces, pensé que debería haber sido más precavida.
El golpe en el costado que me derribó fue combustible para ese pensamiento. Una cara me miraba: un pelaje de tonos distintos de gris, ojos azules...
- ¡Tú!- exclamamos las dos a la vez.
Nunca la había visto, ni sabía que se llamaba Nublada, pero mi hermano me había hablado mucho de ella. Siempre me decía lo mismo: que su gran talento como curandera no tenía ni comparación a su conocimiento de la hechicería.
- Eres la hermana de Alma de las Olas, ¿no?
- Sí- me soltó y me levanté.
- Tu hermano me habló mucho de tí- recordó la anciana.
- El sentimiento es mutuo.
- ¿Por qué vienes?
Entonces cogí aire y se lo expliqué todo, desde la ausencia del cadáer en la Matanza hasta la intención de mejorar de mi hermano, un rato antes. Y le conté mi convencimiento de que si le llevaba a su hijo, podría vencer a Alma del Desierto.
- ¿Te has parado a pensar en lo improbable de tu plan?- preguntó la curandera.- Tienes el corazón de grande como el cerebro de pequeño. Deberías haber pensado un poco más.
Muchos me habían dicho eso a menudo.
- Funcionó- repliqué, molesta.
- No- me contradijo.- No te voy a dar a mi aprendiz. Si tu líder estuviera como antes, quizá me lo pensaría, pero ahora solo iré a tu campamento llevándole cuando la situación sea desesperada.
Nublada tenía razón. Un viaje en vano. Debería haber pensado mejor.
- Pero no vienes en vano- su tono ahora era más alegre.- Él no puede estar aislado del mundo. Te dejaré venir a verle siempre que no atraigas miradas indiscretas.
Instantes mas tarde, un gato joven y negro subió a la azotea. Me miró con sorpresa en sus ojos de cielo, soltó las presas que tenía en la boca, y se lanzó a por mí.
"¡Sí que luchan bien estos dos!", pensé cuando me di cuenta de que un gato de un clan muerto podía matarme, y no por primera, sino por segunda vez.
- ¡Déjala!- ordenó la curandera.- Es del Clan del Océano.
El gato negro me dejó de morder la garganta y preguntó:
- ¿Quién es?
- Soy Fauces del Mar.
- ¿Y qué haces aquí?- a pesar del comentario de Nublada, él seguía desconfiando.
- Te lo explicaré...- comencé.
- Decidio meterse donde no la llamaban- me interrumpió la curandera secamente, dedicándome una mirada asesina.
- ¿Y tú quién eres?- desvié la conversación.
- Zarpa Negra- se limitó este a contestar.
Poco después decidí irme; ellos no parecían contentos conmigo. Al regreso cacé para tener una excusa de mi ausencia.
Cuando regresé al campamento, el sol estaba en lo más alto. Dejé mi caza junto con la de los demás y fui a buscar a mi pareja. Mi hermano me llamó y ví que había estado entrenando con una aprendiza cuyo maestro estaba enfermo. Le dije que había estado cazando, y él, aunque parecía incrédulo, no dijo nada.

Aquella tarde fue infernal; todo el clan estaba tumbado en el campamento o refrescándose en el pozo. Pero ese clima de inactividad se rompió en mil pedazos cuando ños gatos que habían estado patrullando las fronteras llegaron antes de tiempo. Traían consigo a tres gatos de Clan del Desierto, erguidos como álamos. Reconocí a la que parecía la cabeza del grupo: Ala de Plata. De ella se decía que era cruel y retorcida, y algunos hasta se atrevían a decir que había plantado la semilla de la Matanza en la mente de su líder.
El campamento se convirtió en un borrón de felinos veloces. Se corrió la voz de que los prisioneros querían ver a Alma de las Olas, e instantáneamente, diez gatos (entre ellos to) fuimos como ratones huyendo a su dormitorio, y le conducimos ante la patrulla en lo que parecía, mas que una escolta, una bola de pelo gigante viva.
- He oído que me reclamabais- empezó mi hermano cuando le dejamos libre.
Todo el clan observaba como se observaría una presa.
- Así es. Alma del Desierto os propone un trato.
- Habla.
Entre el líder de mi clan y la guerrera del otro, en vez de haber un diálogo, se libraba un duelo de miradas petrificantes.
- Al tercer día desde hoy, Alma del Desierto pretende eliminar tu clan.
- Bonito trato.
Los gatos de mi clan ya estaban murmurando algunos, listos para matar otros.
- El trato es este- la gata ignoró la ironía,- :uníos a mi clan o sed exterminados por él.
- Qué bonito y generoso- mi hermano blandía espadas de hielo en cada palabra,- ahora, el asesino da la opción de solo matar la identidad.
- Ese el el trato- si las palabras del gato eran espadas de hielo, las de la gata eran una coraza gélida.- No vinimos a haceros daño. Al segundo día por la noche, vendremos a por vuestra respuesta.
- Un gato sigue siendo amarillo aunque se tizne con carbón. Tengo aquí unos veinte gatos que os despedazarían si digo una sola palabra. Pero eso matar al indefenso, y este clan no es el tuyo; aquí no practicamos eso. Idos, no manchéis más con vuestra presencia este lugar, y si antes o después del segundo día pasáis por aquí...
Mi hermano se pasó el rabo por el cuello: una amenaza directa. Ala de Plata inclino la cabeza cerrando los ojos en una señal de hipocresía disfrazada de respeto y se despidió:
- Gracias por la hospitalidad.
Se fueron. El clan estuvo un rato más en silencio. Entonces, mi hermano lo rompió:
- ¿Qué hacés aquí quietos? ¡Tenemos batalla en tres días! ¡Venga, preparaos!
Gracias: Karlsetín

¡Gracias a todos!
No habría recibido estos premios sin:
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¡Gracias, Rata! Se te recuerda... :c
  #9  
23/10/2014
Predeterminado Respuesta: [Historia]El señor del Agua y la Arena
Me quedo sin palabras solo te digo una cosa ¿Sabes dibujar? si si lo sabes podrias hacer esta historia un manga no tu solo obvio consigues mas gente lo crean y ¡¡¡pamm¡¡¡ podria llegar a hacerse anime jeje la verdad me encantaria tener a un escritor como tu de mi lado... no preguntes xD
  #10  
12/11/2014
Predeterminado Respuesta: [Historia]El señor del Agua y la Arena
Puede que este capítulo os parezca algo mas corto o flojo que los demás, pero es necesario. Como siempre, se agradece cualquier feedback.

Capítulo 5

5. Zarpa Negra


Nublada había calificado una vez la magia como "lo más bello del mundo". Yo era incapaz de apreciar su belleza, pero no su utilidad. La magia servía para dar más potencia a tus músculos, es decir, para cazar, luchar o huir. Además, la magia había hecho que la curandera y yo nos lleváramos mejor. Ella me había confesado que, si era así de dura conmigo, era para enfadarme, porque la magia fluye mejor en un ambiente adverso.
Habíamos conseguido que mi bloqueo desapareciera para la magia implicita, la usada en acciones, en muy poco tiempo, así que ahora mi maestra me enseñaba magia explícita: los hechizos.
- Este se llama Máscara- me explicó Nublada,- y su secreto nunca ha salido del Clan de la Noche. Impide que te reconozcan.
Ocelada murmuró unas antiguas palabras y después calló. Poco a poco, empezó a transformarse ante mis ojos. Y, tras unos segundos, la gata que se sentaba sobre la azotea cambió a una forma concreta, pero difusa. Cada vez que me intentaba fijar en un detalle, este se evaporaba. Era algo imposible, que no encajaba en el mundo, y mi intuicion se negaba a creerlo. Y sin embargo, allí estaba.
Entonces me di cuenta del defecto.
- Dices que ningún otro clan conoce la Máscara. Entonces, si ven a un gato como tú, sabrán de qué clan es.
- Es verdad- me respondió la no-figura con una voz que no era ni masculina ni femenina, ni aguda ni grave; imposible de reconocer,- pero no sabran qué gato eres. A no ser que la ejecutes ante sus ojos, tú y el felino que lleve la Máscara seréis dos gatos, no uno.
Practiqué y practiqué hasta que mi Máscara ocultó incluso mi olor, y entonces Nublada me dejó salir. A tiempo, porqueel día anterior había quedado mas pronto con Arena. Corrí y corrí hasta llegar al sitio donde, dos días atrás, se me había escapado la mejor presa que había visto.
- ¡llegas tarde!- me reprochó mi amiga.
- Lo siento- los remordimientos empezaron a roerme desde dentro,- he tenido que buscar las hierbas necesarias para adormilar a mi hermano enfermo.
- Para eso se cuenta una historia- me dijo ella.
Yo volví a mentir al decirle que no conocía ninguna historia; tenía que mantener mi papel de garo sin clan. Ella me preguntó si conocía la historia del Rey del Invierno, y yo lo negué, a pesar de que era la que Nublada más me contó de pequeño.
- ¡Te la voy a contar!- parecía ilusionada.
- ¡Vale!- dije yo, su felicidad era contagiosa.
- Todo- empezó ella- comenzó hace mil estaciones. Hubo un invierno crudo, como nadie recordaba. Y ese invierno fue demasiado largo, duró muchas estaciones. Y no solo fue eso. En un momento, el mar dejó de moverse; y el cielo se nubló para siempre, ya no había lluvia, sol ni estrellas. Los clanes, tristes, pwnsaban que el mundo iba a ser así para siempre.
"Y en medio de todo eso nació un gato. Dijeron que era hijo del invierno, dijeron que era hijo de la desesperación. Pero sí era hijo de la magia; fluía en él tan abundante como la sangre. Cuando le nombraron guerrero, decidió partir lejos de Túnez para hallar le causa de ese oscuro invierno.
"Muchos pensaron que no volvería, pero volvió, mas fuerte y mas sabio. Entonces se proclamó rey, líder de los cuatro clanes, el Señor del Agua y la arena. Todos le temían, así que, para mostrar que era buen líder, el Clan Celeste bajó a la tierra y le coronó. A partir de entonces, el Rey del Invierno llevó una corona de hierro negro como su pelaje, con seis puntas, con una brillante estrella en cada una. Y la corona le hizo aun mas fuerte. Después, escogió a tres guerreros, y, tras eso, los Cuatro Guerreros fueron juntos a luchar contra el culpable del invierno.
Arena hizo una pausa.
- ¿Y entonces?- pregunté, ansiando el final.
- Nunca se le volvió a ver, pero poco después se despejó el cielo y llegó la primavera. Algunos dicen que murió, y otros, que volvio a Túnez, herido y dolorido, y que ocultó su corona para que el héroe mas grande se la ponga en el momento mas desesperado.
Como siempre, la historia me había dejado temblando de emoción.
- Se te da bien contar historias- la halagué.
- Gracias. Oye, ¿sabes que a lo mejor me nombran guerrera?
- ¿En serio?
- ¡Sí! Mi padre me ha dicho que, si destaco el la batalla que vamos a tener contra el Clan del Océano, ¡me nombrará guerrera!
- ¡Qué bien!- exclamé, aunque en realidad había recibido un duro golpe: Alma del Desierto daba el siguiente paso para conseguir el poder del Rey del Invierno.

Estuvimos hablando un rato mas, y yo tuve que luchar para esconder mis sentimientos. Cuando nos despedimos, yo froté mi cara contra su costado, una muestra de gran afecto.
- ¿Por qué haces eso?- me preguntó Arena.
- Perdona si...
- No, tranquilo, no me importa. Pero, ¿por qué lo haces?
- Quién sabe que puede pasar en la batalla.
Entonces supe que había dicho algo mal: Arena pareció enejecer varias estaciones.
- ¡Perdón!- me apresuré a decir.- No quería herirte.
- No, tienes razón- respòndió ella amargamente lamiéndome el cuello.
- Por cierto... tu padre parece influyente. ¿Quién es?
- Es Alma del Desierto
Nos despedimos, y ella se fue. Pero yo me quedé clavado en el sitio. Solo podía pensar: "¡Mierda, mierda, mierda!


Para los pocos que sigan mi historia: ¡habéis llegado a la mitad! ¡Enhorabuena!
Gracias: Karlsetín

¡Gracias a todos!
No habría recibido estos premios sin:
El Señor del Agua y la Arena | Un Cuento de Madrid | En el Festival de la Victoria | Hijos del Bosque, Hijos del Viento | La Biblioteca Olvidada



¡Gracias, Rata! Se te recuerda... :c
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